Juan Rodríguez Briso

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Partiendo de la base de que el Rayo es un equipo incómodo no en vano es el único equipo que ha puntuado este año en el Bernabeula realidad es que cualquier equipo medianamente conjuntado ya es incómodo de salida para este Barça. Se suponía que el parón de selecciones debía servir para recuperar sensaciones pero, nuevamente, más que el mal resultado lo preocupante fue el juego. El mal juego. El ser un equipo más. El no visualizar un estilo. El no tener una idea clara de juego. De un tiempo a esta parte cualquier rival del Barça parece más trabajado y acaba imponiendo su propuesta sobre el campo.

Se le sumó que De Jong notó su larga inactividad en su regreso. Que Tractoriol sigue sin aportar nada más que buena voluntad –parece un buen tipo, eso sí–. Que Pedri ha sido sustituido por su hermano gemelo. Que Lewandowski sigue mentalmente en Qatar. Que Ferrán solo queda para sacar faltas y corners. O que Lamine pase cada partido de manera más intrascendente, casi coutinhica. La consecuencia fue regalar –otra vez– toda una primera parte donde ni se tiró con un mínimo de peligro a puerta ni se construyeron jugadas de ataque. Al Rayo, mucho mejor plantado, le bastó aprovechar un disparo lejano de Unai López y la zubizarreteada de Iñaki Pena para irse al descanso por delante en el marcador. Justamente, se podría añadir.

Se hacía difícil pensar que con otros 45 minutos andando y sin tirar a puerta, el equipo pudiera remontar. Pero al menos esta vez Xavi no esperó al minuto 70 para intentar cambiar la dinámica del equipo. Las entradas de Gundogan y Juan Infeliz le dieron algo más de velocidad a la circulación de balón y, así, empezaron a llegar las primeras ocasiones dignas de calificarse como tal. Con el lógico bajón local y las incorporaciones de los animosos Fermín y Raphinha, un tiro al palo del brasileño fue el preludio del gol del empate. Tanto le cuesta a este Barça hacerle un gol al Rayo que tuvo que ser un defensa rayista, acaso primo lejano de Lenglet, quien rematase en su propia portería un buen centro –el único del partido– de un Balde con prestaciones cada vez más reducidas.

La épica de última hora para culminar la remontada no funcionó. Porque ese no puede ser ningún estilo de juego ni un plan con el que salir cada partido. No ganar ni un partido de cinco jugados contra el Rayo ya es clara señal de que la Xavineta está mutando en Valverdismo 2.0. El mal juego ya es una constante y, con él, los pinchazos llegan y seguirán llegando. Uno más el próximo martes en la Champions y ya se empezará a visionar en el horizonte otro ridículo europeo frente a un ogro en octavos. 

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