Juan Rodríguez Briso

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Estaba todo preparado para el debut soñado de Argentina. Plácida y cómoda fase de clasificación. Segunda en el ranking FIFA. Y también en las casas de apuestas como candidata al Mundial. Con Messi como capitán. Y con un, aparentemente, buen bloque secundándolo. A un partido de igualar el record mundial de imbatibilidad de selecciones. Y para hacerlo todo más idílico, el sorteo le regalaba un más que asequible debut ante Arabia Saudita. Fiesta preparada en la que solo faltaban las guirnaldas en forma de goleada. ¿4 a 0? ¿7 a 0 para  empequeñecer el debut de Inglaterra? ¿Por qué no?

Todo seguía poniéndose aún más de cara cuando al poco de empezar el VAR echaba una mano, señalando un penaltito con el que Messi adelantaba a los suyos. Se enfervorizaba aún más la hinchada más apasionada. El gol con el que empezaba la andadura hacia la tercera Copa del Mundo y que no hacía más que seguir confirmando los pronósticos. Porque hubo hasta tres goles argentinos más, todos anulados por fuera de juego, para acrecentar la sensación inicial: un gol más y Argentina podría empezar a pensar a preparar el partido contra México. O eso parecía. Porque el fútbol es especialista en reventar fiestas. Y el regalo de debutar contra los saudíes acabó siendo más envenenado que la manzana de la bruja de Blancanieves.

Porque los del golfo pérsico, pese a la momentánea derrota, nunca bajaron los brazos. Más bien al contrario: los subieron. Y también la cabeza. Y las piernas. Si algo tienen los equipos de Herve Renard es su asombroso despliegue físico. Ya lo hizo con la Zambia campeona de África en 2012 sin ninguna figura. Y con la Costa de Marfil post-Drogba. Y con Marruecos en el último Mundial, donde hizo que España acabase pidiendo la hora en el partido que cerraba la fase de grupos. Sus nuevos jugadores árabes no fueron la excepción. Si Argentina pensaba que esos desconocidos futbolistas vestidos de verde bajarían en algún momento su alta presión y sus continuas ayudas en defensa, se equivocó por completo...

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