Juan Rodríguez Briso

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Ousmane Dembelé fue el gran protagonista del partido. Desbordante, incisivo, trabajador, voluntarioso. Hasta marcó el gol que decidía la eliminatoria. Solo ha tardado seis temporadas y 177 partidos en hacer una gran actuación ante un rival de enjundia y marcar la diferencia, por encima de cualquier otro jugador sobre el terreno de juego. Pero tampoco hay que fliparse. No estamos hablando de que marcó un hat-trick y dio dos asistencias. Su gol tuvo la ayuda de Remiro y tampoco acertó, más por demerito de sus compañeros, a firmar ningún pase de gol. Si lo de ayer lo hubiera hecho en la mitad de los encuentros que ha jugado vestido de azulgrana, tampoco estaría en el pódium del Balón de Oro. Tampoco valdría lo que se pagó por él. Aunque la sensación de estafa que planea cada vez que perpetra uno de sus partidos urkelianos sería menor. Solo queda pensar que, tal vez, quizá, acaso, a lo mejor, es el principio de un nuevo jugador. Ese que, parece haber visto Xavi bajo una capa de granito.

Y aupado a sus veloces piernas, el Barça salió casi con la misma decisión que el francés dispuesto a dar el salto a las semifinales. En el primer partido de Copa en el Camp Nou desde antes de la pandemia, Xavi apostó por el que parece ser su once de gala para las grandes ocasiones. Y el equipo respondió con media hora de dominio casi aplastante, aunque, cierto es, no generando demasiadas ocasiones. La Real, con algunas bajas significativas, no parecía dar la talla esperada y, cuando a poco antes del descanso, Brais Mendes se autoexpulsaba con un plantillazo a Busquets, parecía una simple cuestión de tiempo que el partido decantase del lado azulgrana. Sin embargo, sucedió casi todo lo contrario. Acaso por exceso de confianza en su, hasta ese momento, buen juego y la inferioridad numérica rival, empezó a dar la sensación de que los de Xavi volvían a las andadas: sesteo, contemporización del juego, exceso de circulación de balón sin ninguna profundidad y, consecuentemente, invitación al rival a entrar en el partido.

El gol de DembeLOL, recién iniciada la segunda parte, corroboró las malas sensaciones. Y la Real agradeció la invitación local a pelear por estar en la semifinal y suyas fueron las mejores ocasiones hasta el final del partido. Por momentos, no estaba claro cual de los dos equipos estaba jugando con uno menos. Y cuando Kubo dio un pase de gol para que Sorloth rematase a puerta vacía, a menos de un metro de la portería, no quedó más remedio que recurrir al esoterismo: Xavi invocó al fantasma de Dugarry que en cuestión de milésimas de segundo se apoderó del cuerpo del noruego. Sin saber muy bien cómo, éste remató por encima del larguero. Grande Christophe haciendo un último servicio al que fue su club. Por suerte para el Barça, no le hizo falta volver a recurrir a él porque “Sansón” Ter Stegen volvió a hacer gala de su excelente momento de forma con varias intervenciones de mérito para volver a dejar su portería a cero y sellar el pase a las semifinales de un equipo con dos caras. Capaz de lo mejor y de lo peor. Un equipo cada vez más parecido a su referencia, o al menos a la que Xavi dice que es. Un equipo dembelesco.

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