Quien vio a Pelé sabe mucho de lo que fue, pero quien lo vivió lo sabe todo. Salvo eruditos que nunca faltan, a los europeos se nos escapa Pelé, mucho más si pertenecemos a otra generación, limitados a resúmenes que son de baja definición y que se nos confunden con otros resúmenes casi tan buenos de jugadores que no han sido prácticamente nada. Highlights, lo llaman ahora. “Ustedes no han visto a Pelé”. Lo afirmó Vanderlei Luxemburgo en una sobremesa con periodistas, alguno de alto rango y gran sapiencia, para zanjar el debate inevitable, quién ha sido el mejor de la historia. Se entiende el mensaje. Para calibrar a un futbolista en su justa medida es necesario haber convivido con él, haber compartido época y fines de semana, esa ventaja tuvimos en España frente a todos los argentinos que dudaban de Messi hasta que dejaron dudar. Por eso nadie sabe tanto de Maradona como los napolitanos. Y nadie tanto de Di Stéfano como los madridistas que pasan de los 70 y frecuentaban el estadio. Con Pelé es lo mismo.

Sin embargo, también es posible medir parte de la grandeza a través del eco, de la marca registrada, de su impacto universal cuando el mundo no era tan pequeño como ahora. Pelé ha sido el primer símbolo global del deporte global, estrella en el campo y en los alrededores, incluyamos el cine y su papel en la que es todavía la mejor película futbolera de todos los tiempos, Evasión o victoria. En su muerte se habla mucho de números, de todo lo que conquistó, y algo menos de cómo fue, de cómo jugaba. Por eso me permito reproducir aquí lo que escribió el periodista argentino Dante Panzeri en 1961 después de ver a Pelé en directo en cancha de Huracán, atónito todavía ante algo extraordinario. 

“Organiza. Realiza. Premedita. Improvisa. Inicia. Concreta. Dribbla. Economiza. Shotea. Cabecea. Ataca. Defiende. Pivotea. Obstruye. Habilidoso. Inteligente. Talentoso. Joven (21 años). Futbolísticamente maduro (“ve” donde pocos ven, tiene “panorama” de lo que pasa donde él no está). Veloz como un sprinter. Pausado como un estratega. Astuto. Recio donde hay que ser recio. Prestidigitador con la pelota. Sutil y malabarista. Duro y chocador cuando hace falta. Estrella excluyente en cualquier equipo que integre, sea el Santos o la selección brasileña. Pero al mismo tiempo generoso para brindarse como peón. Podría jugar muy bien como eje que haga girar a otros. Prefiere hacerlo mejor: es eje y satélite. Las vedettes que como él producen el fútbol de cuando en cuando son blandas; él es vedette siendo duro, yendo “a las brasas” del área, buscando volver a donde encontró rudezas. Soportándolas. Y devolviéndolas también. Porque juega CON GANAS. LO SIENTE.

Todo eso lo reúne Pelé, además de dos piernas y una cabeza diestras y maduras. Hábiles y talentosas. Sincronizadas. Concepción y ejecución. Todo eso es posible para Pelé.

Todo eso es Pelé, el seguramente más extraordinario y completo futbolista del mundo en estos momentos.

Buenos Aires gustó de la delicia de un fútbol así, de un futbolista así de excepcional, la noche del jueves 28 en cancha de Huracán.

Más fácil que decir qué es Pelé, resultó determinar qué le falta a Pelé. Ser blanco, puesto que es negro. De haber sido blanco sólo le faltaría ser negro.

Futbolísticamente lo tiene todo. Lo puede todo.

Pelé en una cancha de fútbol es fútbol hecho placer. Placer de genialidades, que todas son posibles en Pelé, el sin metáfora fenómeno Pelé. La existencia de Edson Arantes do Nascimento en el fútbol es un fenómeno en el capricho de la creación humana para el fútbol. Los hay pocos en el medio siglo del fútbol organizado. Poquísimos: Orth, en Europa Central; Matthews, en las islas británicas. Pedernera, en América del Sur… Pelé para todo el mundo en la actualidad”.

Ahí está todo. Y diría que es mejor releer a Dante e imaginar luego que ponerse a buscar en YouTube. 

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