Muchos hablan de que ésta es, por encima de todo, la Copa del Mundo de Leo Messi. La narrativa con el argentino es, evidentemente, insuperable. Lo tiene absolutamente todo. Pero la de su compañero, amigo y en su día teórico heredero, Neymar Junior, no le anda muy a la zaga. Porque mañana, hablando en plata, sin rodeos, arranca la que con casi toda probabilidad sea la última oportunidad para que Neymar reine ante todo y ante todos y pueda, por tanto, dejar al menos un recuerdo a la altura de su inmenso talento.

Hay que aceptar ya que por mil motivos y razones diferentes, algunos imputables a Neymar y otros achacables a factores externos, el brasileño nunca va a tener en la historia el espacio que todos pensábamos que iba a tener cuando apareció en Santos. O cuando demostró en Barcelona que nada de lo contado sobre él era una exageración. Neymar, bajo mi punto de vista, ha logrado ser el futbolista que debía ser, pero esto no ha significado lo que debía significar. Es largo y complicado de explicar, pero con recordar sus participaciones en las anteriores Copas del Mundo podemos resumirlo de buena manera.

El primer Mundial al que podía —y debía— ir Neymar fue el de 2010. Ney era todavía muy joven, pero también ya era muy bueno. A Dunga le importó más lo primero que lo segundo y decidió dejarle fuera de una convocatoria en la que calidad escaseaba. Se perdió una oportunidad.

El primer Mundial al que fue Neymar, ya en condición de estrella mundial consagrada, fue el que precisamente se disputaba en Brasil. La forma en la que la canarinha vivió aquella Copa del Mundo daría para estudio sociológico. Ver a los futbolistas llorar antes y después del partido se convirtió en algo normal, en rutina. Y dentro de esa locura, con un equipo al borde de ataque de nervios, Neymar consiguió llevar a Brasil hasta los cuartos gracias a su talento, sus cuatro goles y una asistencia. Sin embargo, la fatalidad le esperaba a la vuelta de la esquina. Una entrada innecesaria y desafortunada por detrás de Juan Camilo Zúñiga le provocó una lesión en las vértebras que le apartó de forma prematura de una cita de la que Brasil se iría entre lágrimas, avergonzada, por los siete goles encajados ante Alemania.

En 2018 la suerte le volvió a ser esquiva. Neymar había decidido abandonar el Fútbol Club Barcelona el verano anterior para tratar de ser el mejor jugador del mundo, algo que con Leo Messi jamás hubiese sido capaz. La decisión, comprensible, chocaba con el destino elegido. El París Saint-Germain aspiraba a reinar y necesitaba un líder que diese la alternativa a un Ibrahimovic que se había quedado corto en Europa, pero marcharse a la Ligue 1 terminó por ser el principio del fin. Sea como fuere, allí fue donde rozó la excelencia, gracias a la libertad y a los galones que tenía. Su fútbol crecía, había explotado. Estaba desatado. Y entonces, la lesión.

Neymar, por culpa de una fractura en un metatarso del pie, se perdió todo el final de temporada y llegó sin rodaje al Mundial de Rusia. Limitado, sin casi poder arrancar y sin confianza para los apoyos, a Neymar le dio para marcar dos goles, dar una asistencia y volver a llevar a Brasil a cuartos de final, pero fue insuficiente. En forma y fondo. Ese debía ser su Mundial. Había tomado la decisión de alejarse de la sombra de Messi para que su talento hablase por sí solo. Buscaba reinar en la Champions, en el Mundial y, como consecuencia, en el Balón de Oro. Pero se quedó sin competir en la primera, no estuvo entre los mejores en lo segundo y en lo tercero apareció en el puesto duodécimo, exactamente por detrás de N’Golo Kanté.

Si el fútbol es lo que pasa entre Mundiales, se podría decir que en la carrera de Neymar estos cuatro años se han pasado en un breve y poco memorable suspiro. Su carrera se ha quedado en stand by. Porque a veces, como decía Karmelo C. Iribarren, pasan los días, pero la vida no sigue.

Ney está a tan solo dos goles de superar a Pelé como máximo goleador de la historia de la selección brasileña, pero si no hay estrella de por medio ese récord sonará a banalidad estadística. Por eso quizás Neymar esté ante su última oportunidad en este Mundial. Es posible que no sea quien más se lo merezca, pero a su vez pienso que somos nosotros, en realidad, los que nos merecemos que Neymar reine. Su talento, diferente y lúdico, natural y salvaje, no puede quedar en una nota a pie de página en los libros de historia.

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