No es normal que Draymond Green salga indemne (salvo una multa de los Warriors de cuantía no revelada) del incidente del puñetazo brutal contra su compañero Jordan Poole. Sí es legítimo y podría explicarse y entenderse que Warriors deduzca que el asunto queda plenamente resuelto y depurado de esta manera y que además esta discreta sentencia sea lo más productivo para la convivencia en el vestuario. Pero la NBA no debería ejercer de Don Tancredo, especialmente una vez revelada públicamente la imagen del puñetazo. Con ese vídeo sufre la marca NBA. En el fondo del asunto podría detectarse, de parte de Warriors, un cuestionamiento de una tradición de allí que casi siempre hemos defendido desde aquí: los partidos de suspensión acarrean un castigo económico correspondiente a la porción de salario que corresponde a cada uno de los 82 encuentros de la temporada. La sanción deportiva siempre suele ir vinculada por tanto a un fuerte castigo económico, especialmente en casos de jugadores de alto caché. Puede que la franquicia de San Francisco prefiera lidiar con una pena flagrantemente tenue antes que tener que prescindir en la pista de un jugador tan importante como Green en los primeros partidos de la temporada. 

Otro asunto. De sobra tenemos asimilado que la NBA es una competición paciente en su gestión. Son habituales por parte de la propia liga y en los mandatos de cada franquicia las dinámicas de prueba-error-cambio, prueba-acierto-permanencia, los análisis y estudios de años a la hora de llevar a cabo un cambio competitivo y esos procesos de reconstrucción de equipos que parecen inspirados por la restauración, conservación y limpieza de la Sagrada Familia. Aun así, no deja de sorprender la coincidencia en la inacción o ese rígido espíritu conservacionista que se ha expandido este verano en varias administraciones.

Si solo se hubiera dado el caso de los Brooklyn Nets, podríamos haber trazado una línea de fe entre su propietario de origen taiwanés y cofundador de Alibaba Joseph Tsai y el concepto taoísta del Wu wei. Esta filosofía básicamente recomienda no actuar. Naturaleza pasiva ante las crisis. Hay que dejar que los problemas se resuelvan solos. La idea se complica cuando estas corrientes confucianas nos explican que el convencimiento de la conveniencia de no hacer nada puede requerir un gran esfuerzo, y eso supone un error en sí mismo. Simplemente hay que dejar fluir el devenir natural de los acontecimientos, como una planta, una flor. 

Pero no solo han sido los Nets. Si nos atenemos a los Sixers o incluso a los Lakers, podemos considerar que el abrazo del gusto Wu wei se ha generalizado. Es una de las mejores maneras de entender que Westbrook, LeBron y Anthony Davis continúen juntos en los Lakers. Después de la falta de acuerdo en Brooklyn para la extensión de contrato de Kyrie Irving, de la petición de traspaso de Durant, de su censura pública al General Manager y al entrenador Steve Nash, los Nets se han quedado intactos en su núcleo principal. En Philadelphia, tras los desencuentros de final de temporada entre el entrenador Doc Rivers y James Harden, el jugador californiano no puso las barbas a remojar y discretamente aceptó una renovación por dos años, por debajo del salario previsto, concediendo de esa manera el margen necesario para que el equipo se haya podido reforzar con jugadores como P. J. Tucker, Danuel House Jr, DeAnthony Melton y Montrezl Harrell.  Así las cosas volverán a salir con un entrenador y un jugador que parecen agua y chocolate, y con una mezcla que tampoco ofreció grandes garantías en el final de la pasada temporada, la de Embiid y el propio Harden.