Juan Rodríguez Briso

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Algo cambió en el Barça respecto a los últimos partidos. No en la costumbre de conceder una ocasión clara nada más comenzar el partido, que eso ya corre por cuenta de la casa, pero sí en el juego del equipo. Sacudido ese susto inicial gracias a la gran parada de Iñaki Peña y aguantado el arreón local que solo duró el primer cuarto de hora, los de Xavi, encabezados por un excelente De Jong empezaron a tomar las riendas del partido. Por primera vez en mucho tiempo, se jugaba a lo que pretendía el Barça y no el rival y las llegadas y ocasiones azulgrana comenzaron a llegar con cierta frecuencia.

 

Pero fue ahí donde los de Xavi comenzaron a chocarse una y otra vez. Con los largos brazos de Mamardashivili en unas ocasiones. Y con la falta de calidad propia en otras. Y en el fútbol, la diferencia siempre se ha marcado en las áreas. Una calidad diferencial que, actualmente, el Barça no tiene en ataque. Porque Dugarrowski, llamado a ser la estrella, apenas lleva 9 goles cuando se está a dos partidos del ecuador de la temporada. Y no marca fuera de casa desde septiembre. Porque NadinhaAbsolutinha es un jugador que aporta en defensa, en intensidad y que siempre lo intenta, pero los albañiles también trabajan duro en la obra y no son jugadores titulares del Barça. La exhibición de ocasiones claras desperdiciadas por el brasileño en Mestalla fue de las que hacen época. Si va a Brasil a celebrar las navidades, el club debería plantearse su vuelta.

 

Párrafo aparte merece Juan Infeliz. El problema del portugués es, principalmente, mental. Su ego, digno de un porteño subido a la punta del Obelisco de la Avenida 9 de Julio, le hace creerse una reencarnación de Messi. Piensa que, como muchas veces hacía el D10S del fútbol, puede pasarse todo el partido andando y sin entrar en juego porque en cualquier momento una genialidad suya resolverá el partido. Spoiler: No es Messi. Ni siquiera es la uña del dedo meñique de Messi. No está ni cerca de ser la mugre que se quedaba en el dedo meñique de la uña del pie derecho de Messi. A cambio, dio un recital de balones perdidos, malos controles y decisiones equivocadas, mezcladas con pasotismo y desentendimiento. Todo ello a partes iguales. Ni siquiera su gol a puerta vacía, rematando un pase de Raphinha a 20 centímetros de la línea de gol puede salvar su irritante actuación. Un gol que habría marcado incluso Dugarry. Es cierto, tampoco hay que exagerar: nunca está de más recordar que el francés es el único delantero de la historia del Barça que se fue del club sin marcar un solo gol. Eterno Christophe.

 

Tras el gol del Infeliz, llegaron los mejores minutos de los azulgrana. El equipo no se echó atrás para conservar la ventaja y buscó el segundo. Algo novedoso lo de no apostar por el unocerismo. Y las claras ocasiones parecían presagiar la primera victoria por más de un gol en tres meses. Pero de nuevo las paradas del georgiano y los fallos garrafales en ataque mantenían el partido con vida. Y así, cuanto peor se veía el Valencia, un globo con nieve cayó cerca del área visitante, y ni Araujo ni Cancelo se acordaron de despejar. Una sucesión de fallos digna de partido de alevines con una alarmante falta de concentración para la colección de la casa de los horrores. Guillamón aprovechó el regalo para clavar un derechazo a la escuadra.

 

Y volvieron a llegar las prisas. A veinte minutos del final, la liga ya se veía más lejos que Tombuctú. La salida de Yerrán sirvió para seguir encumbrando a Giorgi Mamardashvili y confirmar que O Tiburão do Foios tampoco debería lucir la camiseta azulgrana tras las navidades. El toque de corneta para la épica volvió a fallar –nuevamente– porque vivir continuamente en el alambre hace que unos días ganes sin merecerlo (Anoeta) y otros no ganes aunque lo merezcas. Como hoy mismo. Abriendo los ojos a la realidad, es hora de mirar más hacia abajo –el 5º clasificado está a 3 puntos– que hacia arriba: porque tal vez el lunes el liderato quede a 9.

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