Mateo 26:34. Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».

En abril de 2010 de la mano de mi querido amigo Marwán pisé por primera vez Buenos Aires para realizar una gira que, a la postre, me cambiaría la vida ya que fue allí dónde conocí a la que sería mi mujer y madre de mi hijo. Faltaban unos meses para que empezara el campeonato y recuerdo que me impresionó cómo la ciudad estaba inundada de propagandas y alusiones directas al Mundial que iba a disputarse en Sudáfrica y que, por primera vez, iba a juntar a Diego Armando Maradona, el Dios del pueblo y técnico en ese momento, con el nuevo astro del fútbol argentino, Lionel Messi. 

Desde ese viaje hasta hoy, 2022, he visitado y habitado con mucha frecuencia los barrios de Capital Federal y he visto evolucionar la relación de la ciudadanía con Leo. El domingo, rodeado de gente querida, salí a celebrar con gran alegría el título de campeones del mundo logrado por la Albiceleste con todo el mérito en un partido muy sufrido contra Francia, y me acordé de la emoción y alegría que viví en julio de 2010 por las calles de Madrid cuando España ganó aquel Mundial de Sudáfrica. El domingo, en Caballito, barrio de Buenos Aires, las muestras de amor a Messi fueron absolutas, similares a las que también viví cuando el F.C. Barcelona ganaba títulos y los fans nos rendíamos a nuestro ídolo.

Las mejores cosas de la vida a menudo son absurdas, y yo, a Leo, tuve que defenderlo muchas veces. Hoy parece imposible, pero esta historia comienza así. Un catalán en Argentina defendiendo a Leo Messi. Como culé, nosotros hemos disfrutado muchos años su mejor versión y el porteño medio no llevaba bien que en la selección no rindiera como ellos esperaban.  

(Yo tras un rato debatiendo en cualquier taxi porteño hace unos años)

—Señor, explicarle porque Messi es buen jugador es cómo tener que explicarle porque Scarlet Johansson está buena, no se puede, es algo evidente. 

—Sí, gallego, pero acá es un pecho frío. Se arruga, no pide la pelota, no hace lo que le vemos hacer en el Barcelona y nos da mucha bronca.

—Ya, pero es que esto es fútbol y allá juega con Xavi e Iniesta detrás y aquí con Mascherano y Bigglia. No está bien rodeado.

—Maradona sin ninguna figura te ganó el campeonato en Italia y el Mundial del 86.

Siempre la comparación con Maradona. Siempre. Por más que El Diego quisiera protegerlo y evitar el conflicto, la prensa y la calle no paraban de potenciarlo. Si ambos eran los mejores del mundo era lógico frustrarse viendo los resultados de uno y otro con la Albiceleste. Sin embargo, para mí, esa comparación es quizás una de las mayores injusticias de la historia.

Maradona ganó a los ingleses en el Mundial 86 a pocos años de la guerra de las Malvinas, que dejó una gran herida en el orgullo nacional argentino, y lo hizo marcando el mejor gol de la historia y el más tramposo en el mismo partido. Maradona, con su personalidad, supo empatizar con el pueblo napolitano y sublimar su orgullo dentro de una Italia que despreciaba al Sur recuperando su prestigio a un nivel que no se va a olvidar en lustros, véase la maravillosa película Fue la mano de Dios de Sorrentino para entenderlo. Maradona fue el héroe caído con una vida con múltiples fallos, pero que supo conectar con la pasión y el alma argentinas como nadie. Ya lo decía el gran escritor Fontanarrosa: “Qué me importa lo que hizo Maradona con su vida, me importa lo que ha hecho con la mía”.

Frente a ese Dios, que se puso a insultar a los italianos que pitaban el himno en la final del Mundial del 90, colocamos a un pibe tímido con la cabeza gacha que habla poco y vocaliza menos y que, para colmo, no cantaba el himno antes de los partidos como sí hacían el resto de sus compañeros. Nunca sabremos porque decidió no cantar, pero sí sé que esa conducta contribuyó a incrementar el muro que le separaba del corazón del pueblo. 

(Yo en otro taxi otro año en la misma conversación)

—Señor, en lo personal, es una comparación absurda. Si Leo entra a un McDonald`s se pone en la fila y espera a que le atiendan, sin embargo, El Diego hace trescientos amigos, cierra el local, lo convierte en una discoteca y terminan todos bailando Cumbia. 

—Tenés razón, gallego, pero uno ve óomo la rompe Messi en España y le da bronca. Seguro que la letra del himno español sí la canta.

Era una batalla perdida que con las derrotas en la final Mundial contra Alemania en 2014 y las tres en la Copa América presagiaban que Messi, coronado como mejor jugador del mundo en todo el planeta, no iba a lograr jamás ser profeta en su tierra. Se le iba a querer, la gente tampoco es que lo odiara, pero sí que la decepción por que no fuera como el Diego había mutado en un afecto paternalista y en cierta resignación. Al menos, por supuesto, esa era mi percepción. 

Y es que, como casi siempre, la subjetividad es lo que da la clave para que nos expliquemos las cosas. Es nuestra habilidad para unir los puntos la que remata el dibujo que hemos imaginado, y lo que os voy a contar ahora es mi manera de explicar que cambió en la relación del argentino medio con Leo.

El 25 de noviembre de 2020 falleció Diego Armando Maradona. Pese a las restricciones pandémicas más de un millón de personas acompañaron en su funeral y el dolor se palpaba en cada esquina. Yo estaba allí y no lo voy a olvidar jamás.

Crecer es, en parte, tomar consciencia de lo efímero de las cosas de la vida, y la muerte de Diego cambió al país. Lo hizo más consciente de que su Dios viviría en sus corazones para siempre, pero ya no iba a estar para explicarles qué le faltaba a la selección para ser ganadora como lo fue la que él lideró. Diego era un Dios en vida, no necesitó morirse para ver cómo se le loaba, bastaba un viaje en coche por las calles de cualquier ciudad del país para ver murales con su cara que llevaban ahí muchos años, pero su muerte lo cambió todo.

Conversando con mi querido amigo Zambayonny, argentino y futbolero como pocos, me protestó el titular con un argumento freudiano indiscutible: “El padre más difícil de matar es el que ya murió”. Tiene toda la razón, si Diego era un Dios antes, imagínate ahora después de muerto, pero yo apuntaba a otro lado. La muerte de Maradona hizo tomar consciencia a la sociedad de que los ídolos son finitos, y de que Messi, pasados ya los treinta, no va a estar siempre para jugar con la camiseta de la selección, y eso debe aprovecharse. Ocurre cuando fallece algún familiar y tomas consciencia de que es bonito y urgente aprovechar el tiempo con el viudo o la viuda que le sobrevive, porque la realidad te ha dejado una pequeña muestra de lo efímero que es todo.

Argentina dejó de exigir y comparar y empezó a querer a Leo. En ese contexto toma la selección un tipo al que nadie le tenía nada de Fe por su nula experiencia profesional como técnico, otro Lionel, Scaloni. Encima, convoca a muchos jugadores jóvenes, algunos, como a la postre nuevo ídolo local el Dibu Martínez, que apenas jugaron en Argentina.

El foco de la desconfianza se amplía y pasa de solo estar centrado en Messi, a ser algo compartido por un grupo. 

Scaloni empieza a apuntar en una dirección más que correcta para dar tranquilidad al equipo: esto es fútbol, y al fútbol no se gana solo con huevos sino jugando mejor.

Creo que esto también es clave para entender lo que ha pasado en estos años con la selección argentina. En la vida todo tiene sus reversos y la pasión con la que se anima aquí, alentar cómo lo llaman ellos, es algo que no tiene punto de comparación con nada. No sólo ocurre en el fútbol, yo soy músico y cualquiera que toque en Argentina te dice que como público son espectaculares. 

No obstante, en lo que se refiere a la selección, eso, a veces, da la vuelta y se convierte en presión. Aquí cada vez que se jugaba un partido, la prensa, los relatores, las propagandas y todo el ecosistema apelaba a lo que cada jugador lleva detrás: “Muchachos, tienen a 45 millones de personas detrás”. Se entiende la buena intención, pero si lo piensas bien, es mucho. Imagínate tú en tu trabajo y que antes de un evento importante te dijeran que toda tu familia y tus amigos dependen de ti para ser felices. Too much. Cada declaración del nuevo entrenador potenciaba esa idea de sacar presión. “Esto solo es fútbol. Lo dejaremos todo por la camiseta, pero hemos de centrarnos en jugar bien”.

El documental de Netflix Sean eternos que mi hijo Martín de 8 años me hizo ver con él explica muy bien cómo la selección preparó la última Copa América en un contexto enrarecido por la pandemia que les obligó a estar más aislados que nunca. El protagonista absoluto es Leo y ahí puedes ver la buena armonía del grupo, cómo pudieron hacer piña centrándose solo en jugar bien a fútbol y cómo un nuevo liderazgo florecía, el de un Messi más maduro, menos ansioso, rodeado de gente más joven que le admira desde que eran niños. Un Messi que, ahora sí, canta el himno.

Ganaron la final contra Brasil con gol de Di María en el Maracaná.

Por fin algo se rompió y al ganar esa copa se allanó un camino que culminó en Qatar, donde Argentina después de 36 años salió campeona del mundo elevando a Leonel Messi al lugar más alto de la historia del fútbol, porque al atómico historial de trofeos colectivos y personales logrados en Europa en su carrera deportiva sumó la coronación con la Albiceleste entrando para siempre en el corazón argentino. Y es que no solo ha ganado la copa, ha liderado al equipo y ha sido clave en cada partido. El final soñado.

Hoy, más de 12 años después de mi primera visita y repasando aquellas charlas con los que le negaban, no puedo sacar pecho como debería porque yo mismo le he negado las dos últimas temporadas. Su salida del F.C. Barcelona y su fichaje por el PSG me dolió mucho más de lo que supe prever. Muchos culés entendieron que era una consecuencia de la pésima gestión del antiguo y pésimo presidente de la entidad, Bartomeu, que arruinó el club, pero yo no pude ni quise entenderlo racionalmente.  Yo le quería, carajo. Leo debería haberse quedado. Me hirió en lo más profundo cuando anunció que quería irse con un Burofax y me dio la puntilla el año siguiente cuando decidió fichar por el club que más nos ha herido últimamente. 

Yo, que había sido uno de sus máximos defensores en Argentina, dejé de quererlo hasta este Mundial en que he vuelto a amarlo y a emocionarme con su fútbol como cuando los marcaba para mi equipo. 

(Yo en un Uber estos últimos años)

—Messi es un fenómeno. 

—No sé, yo desde que juega en el PSG no le veo feliz ni jugando bien.

—Pero, en la selección la rompe.

—Me bajo acá, gracias.

Empecé esta reflexión con una cita bíblica, cosa curiosa siendo agnóstico practicante, pero creo que sirve para entender la moraleja que yo extraigo de esta historia exagerada, emocional y subjetiva que os acabo de contar.

En estos años Argentina aprendió a amar a Messi, yo aprendí a ser un poco argentino y Messi aprendió a ser Dios quizás porque Dios había muerto. 

Viva el fútbol.

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