Juan Rodríguez Briso

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Del todo a la nada en un minuto. Concretamente el que va del 30 de la primera parte al 31. Del minuto en el que el Oporto, mejor plantado sobre el terreno de juego hasta ese momento –vaya novedad– se adelanta por medio de Pepe al minuto en el que Joao Cancelo se disfraza de Alves a pierna cambiada y empata el partido. En esos sesenta eternos segundos se visualizaron nuevamente imágenes de partidos en los fríos jueves de Febrero contra rivales de medio pelo en la Europa League. Debacle. Horror. Fracaso. Por poner titulares suaves.  

Pero fue ese empate fulgurante el que lo cambió todo. El lateral portugués, aparentemente motivadísimo ante su “eterno rival” portugués, completó un tremendo partido en el lateral izquierdo. Lástima de su irregularidad y anarquía táctica, porque él solo se echó el equipo a la espalda y casi todo el peligro que creaba el Barça se iniciaba en su banda.

Su gol cambió la dinámica de un partido que hasta ese momento se ponía al borde del abismo. Pasado el tremendo susto en el vestuario, salieron los de Xavi con mejor actitud y aptitud. Tras unos minutos de control, el partido mutó a un intercambio de golpes donde tan cerca estuvo el 1-2 como el 2-1. Y en esos momentos puntuales que cambian los partidos, aparecieron quienes menos se esperaban. Por un lado, Iñaki Peña, cuestionado sin haber jugado y que salvó a su equipo con algunas intervenciones de mérito. Y por otro, Juan Infeliz, cuestionado por haber jugado (mal) y que marcó el segundo de su equipo con un buen remate a pase de su tocayo portugués quien culminaba con una gran asistencia su tremendo partido.

Con media hora por delante, continuó el toma y daca. Pudo sentenciar el Barça tanto como lo pudo empatar el Oporto. No lo sentenciaron los locales por obra y gracia de la falta de calidad de Raphinha y por un Lewandowski aquejado por un viejazo colosal. El polaco dio una master class en cuanto a controles fallidos, regates nulos y mala actitud. Completó los 90 minutos sin que nadie supiera muy bien sus méritos para seguir en el campo.

Y no lo empataron los lusos por una nueva exhibición defensiva del capitán azulgrana. Tiene solo 24 años y se llama Ronald Araujo. El uruguayo volvió a dejar pinceladas de jugador defensivo de época, si las lesiones no se lo impiden. A su lado, Koundé volvió a confirmar que sus desconexiones mentales le costarán más pronto que tarde un serio disgusto a su equipo. El 2-1 final confirmaba la clasificación para octavos. Y, si nada extrañísimo sucede, como primero de grupo. Algo que fue rutinario en su día, se celebra como algo extraordinario tras dos años de desengaños.

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