Ser capaz de lidiar y cumplir con las expectativas de la secuela de uno de los títulos más importantes de la última década no debe ser sencillo. Más bien todo lo contrario. Aquí están los parámetros bajo los que tenía que desenvolverse Santa Mónica Studios a la hora de abordar la continuación de la aventura del icónico Kratos, uno de los rostros más significativos de la marca PlayStation.

Tras los cuatro años que se ha tardado en realizar este blockbuster en toda regla, el interés por averiguar cómo se cerraba el soberbio arco argumental basado en la mitología nórdica estaba absolutamente desbordado y plenamente justificado como os comentaremos a lo largo de esta reseña.

El fin del mundo

Han transcurrido tres años desde los acontecimientos del suave ‘reboot’ que Santa Mónica acometió de la mano de Corey Barlog. Sorprendió a propios y extraños por una apuesta mucho más serena en una narrativa más madura de lo acostumbrado a la saga. Le sentó fenomenal sin permanecer fiel a la fiereza del ‘hack ´n slash’ en el que se movía el protagonista.

El Fimbulwinter, el invierno que se ha adueñado de Midgar y que precede al propio Ragnarok que da nombre a esta segunda entrega, está en pleno apogeo. Tanto Kratos como su hijo Atreus afrontan un momento crucial antes del Final de los Días y en el que asumirán un protagonismo que descubrimos hacia el tramo final del título anterior. 

Sin embargo, la relación paterno-filial que llena la pantalla en cada momento de la historia ha dado un paso al frente respecto a la primera parte. La madurez del estudio a la hora de contar una descomunal aventura en la que se entremezclan tantísimos sentimientos se ve reflejada en los propios personajes, que se ven respaldados por viejos conocidos como Mimir, los enanos Brok y Sindri y otros que entran como un torrente en Ragnarok. Se apela a nuestra fibra sensible como hacía tiempo que no se veía en un videojuego. Si es que alguna vez eso se ha dado.

Atreus ya no es el niño rebelde que veíamos en el anterior God of War sino que es un adolescente (con todo lo que eso conlleva) y que asume el papel que le toca desarrollar. Pero sin desmerecer su evolución el que verdaderamente se lleva todos los honores es un Kratos, que ha crecido inmensamente desde los acontecimientos de aquellos God of War de PlayStation 2. Un personaje encuadrado en la mitología griega con el que no era fácil empatizar a pesar de sus tragedias personales y que podía quedar algo ensombrecido como alguien sediento de venganza en pos de la espectacularidad de los sucesos en los que se veía inmerso.

Aquí es un padre preocupado por lo que les deparará el futuro y especialmente por Atreus, aunque igualmente afectado por todas las vivencias anteriores y a las que hay no pocos guiños en Ragnarok. La interpretación y la sensibilidad que vemos en Kratos de la mano del actor Christopher Judge es algo maravilloso y forma parte indisoluble de una trama de la que no vamos a desvelar absolutamente nada para que disfrutéis de una aventura que no os va a dejar igual después de experimentarla.

Fiel a sus orígenes

No obstante, la descomunal historia en todos los sentidos no es lo único por lo que sobresale Ragnarok. Ese estilo algo más pausado que ya vimos en 2018 alcanza unas cotas de excelencia que le sitúan en la cúspide del género sin renunciar a la ferocidad durante los combates contra unos enemigos que mejoran tanto en su comportamiento como en la variedad. Ese fue uno de los aspectos a evolucionar de la entrega previa.

Imbuido por el poder de su hacha Leviatán y las míticas Espadas del Caos, Kratos procederá a diezmar a las legiones de enemigos que se cruzarán en su camino de cara a cumplir con su destino y el de Atreus frente a los Aesir, con dos inmensos Thor y Odín al frente. Su hijo ofrece un respaldo más que significativo al igual que mejorable como le ocurre a nuestro protagonista, que tendrá que sacar todo el partido a sus crecientes poderes como la capacidad de ‘cargar’ las armas de hielo (Leviatán) o fuego (Espadas del Caos) pulsando el botón triángulo en el mando para unos combos espectaculares más la clásica Furia Espartana sin renunciar a la importancia, más vital que nunca, de los escudos en Ragnarok. 

Kratos va a disponer de distintos modelos con sus características particulares, algunos enfatizando el ‘parry’ en el último momento para realizar un devastador contraataque a continuación o por otros que ofrecen más seguridad, pero una menor relación riesgo-beneficio.

Asimismo, en Ragnarok vamos a ver un mayor componente vertical pese a que seguimos sin poder saltar propiamente dicho y es que Kratos va a usar las Espadas del Caos para agarrarse a determinados puntos del escenario e incluso durante los propios combates, sin renunciar a ellas para acercarse vertiginosamente a los enemigos antes de proceder a las despiadadas ejecuciones propias de la saga. Con todo, la satisfacción lograda junto a una mayor presencia de enemigos, jefes y subjefes respecto al anterior juego es inigualable.

La guinda al pastel

En esta segunda parte por fin vamos a explorar los Nueve Reinos de los que se compone la mitología nórdica como son Midgard, Muspelheim, Helheim, Alfheim, Nilfheim, Jotunheim, Vanaheim, Svartalfheim  y Asgard al contrario de lo que nos pasó previamente. Pero no se trata de un mundo abierto o tan abierto como estamos acostumbrados en los últimos tiempos. God of War Ragnarok nos invita a explorar cada metro del mapa para descubrir secretos que nada tienen que ver con los coleccionables sino con ser un maravilloso complemento a la historia principal.