Arranca el Mundial de Qatar, que no pasará a la historia sólo por sus resultados deportivos ni por lo extraño de sus fechas. Las violaciones flagrantes de los derechos humanos en este país, donde las mujeres carecen de derechos y se persigue a los homosexuales, formarán también parte de la memoria del Mundial y de la imagen del deporte que más pasiones despierta en todo el planeta.

Qatar es una monarquía absoluta gobernada por la familia Al Thani, que se adscribe al wahabismo, una corriente religiosa islámica integrista. Gracias a que es el tercer productor de gas a nivel mundial, solo por detrás de Rusia e Irán, y el primero de gas licuado, Qatar es uno de los países más ricos del mundo con una renta per capita de 83.000 dólares, según datos del Fondo Monetario Internacional. Pero la enorme riqueza del país no está repartida entre sus habitantes; su clase obrera procedente de la India, Bangladesh, Indonesia, Nepal, Pakistán, Filipinas y Sri Lanka padece un cruel sistema de apartheid. Los trabajadores que hacen funcionar el país y que han construido las instalaciones del Mundial no pueden organizarse en sindicatos (están prohibidos) ni pueden hacer huelga. Se pueden imaginar ustedes cómo son sus condiciones de trabajo y de alojamiento. 

Según el periódico británico The Guardian, cerca de 6.500 obreros han muerto desde 2010 trabajando en la construcción de las infraestructuras del Mundial debido a la ausencia total de normas de seguridad. Dicen los arqueólogos que en la construcción de las pirámides de Egipto habrían muerto unas 10.000 personas antes de que naciera Cristo; casi como en Qatar en el siglo XXI.

Human Rights Watch ha pedido a la FIFA y al Estado qatarí que indemnicen a los familiares de los trabajadores muertos en las obras del Mundial pero no parece que esto vaya a ocurrir. En su informe denuncian las condiciones de explotación laboral que padecían los trabajadores, el impago de salarios, el endeudamiento al que tenían que hacer frente para pagar su estancia en Qatar e incluso la muerte de muchos de ellos por pura inanición. Amnistía Internacional ha denunciado también los abusos sufridos por emigrantes keniatas obligados a trabajar forzosamente en las infraestructuras del Mundial. Esta organización internacional ha denunciado además la situación de las mujeres qatarís, que no puedan casarse, estudiar, trabajar, viajar al extranjero o recibir algunos servicios de salud reproductiva sin el permiso de su tutor varón. El colectivo LGTBI es perseguido salvajemente en Qatar y las relaciones homosexuales están penadas con la cárcel. Como es evidente, la población de Qatar no disfruta de ningún tipo de derecho civil y no hay libertad de prensa.

¿Tiene sentido que el mundo del fútbol mire para otro lado? ¿Es aceptable que los millares de periodistas que han llegado a Qatar para informar sobre el Mundial se desentiendan de la situación que viven allí los periodistas? ¿Es razonable que los aficionados que lleguen para asistir a los partidos se desentiendan de la situación que padecen los ciudadanos del país?

En un gesto de mínima decencia, la selección de Dinamarca decidió acudir a los entrenamientos del Mundial con una camiseta con el lema “Derechos humanos para todos”. La FIFA se lo ha prohibido y ha defendido que  sus reglamentos prohíben que los equipos muestren cualquier tipo de eslogan político en sus equipaciones. Es evidente que el fútbol es un negocio pero la ausencia absoluta de estándares éticos produce un enorme daño social que compromete el prestigio internacional de la democracia.

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