No sé si lo hacía de forma premeditada, pero creo que si hubo algo en lo que se equivocó Luis Enrique, incluso cuando ganábamos, fue en anular cualquier extremo de atención que no fueran él y sus decisiones. Actuaba como si pensara que para ser buen seleccionador tenía que conseguir no dejar indiferente a nadie, bien porque lo quisieran, bien por todo lo contrario. Alguien que ocupa un puesto tan importante en España como el que ha tenido, no debe buscar el camino del éxito en la confrontación con una parte de la opinión pública, porque la selección, incluso él en tanto que seleccionador, debe ser patrimonio de una atronadora mayoría de españoles. 

Ahora hay quien puede decir que el balón salió en el segundo gol de Japón, aunque el ojo de halcón del fútbol nos mostró que por pocos milímetros se quedó dentro del campo. Pero ese no fue el problema: perdimos porque fuimos incapaces de generar el juego suficiente para marcar un gol que nos permitiera empatar. Fallamos los penaltis contra Marruecos, pero ese tampoco fue el problema. La razón de que nos eliminaran en octavos de final estuvo en que después de 120 minutos no habíamos marcado. 

En este campeonato del mundo, mientras estuvimos vivos, ganamos en posesión, siempre lo hacemos; ganamos en número de pases dados, como nos ocurre cada vez que jugamos; pero en el fútbol ganas si metes más goles de los que el contrario te marca a ti. Como en las elecciones, lo que cuenta es el número de votos, no cuántos mítines hayas dado, o el número de propuestas que contenga tu programa electoral. Lo que cuenta es el número de papeletas de tu candidatura que haya en las urnas, no se mide otra cosa, no se valoran otras magnitudes.

Puede que haya a quien le resulte muy fácil hacer leña del árbol caído y cuestionar nuestra manera de jugar o hablar mal de Luis Enrique, pero creo que nos equivocaríamos si nos centráramos solo en eso. Desde Luis Aragonés, la selección española atesoró una personalísima manera de entender este deporte, somos reconocibles, porque jugamos bien, pero las probabilidades de ganar son mayores solo cuando nuestra vocación de control del balón hasta la extenuación tiene un sentido: el que nos permite acercarnos a la portería del contrario para meter gol, más allá de robar el balón después de la presión tras pérdida. Es cierto que en todo interviene un factor suerte muy importante, pero la velocidad y la verticalidad tienen que ser determinantes para que las largas posesiones tengan lógica. En caso contrario, todo se convierte en una ceremonia que se hace bola, aburrida, pastosa e inoperante.

Posiblemente, eso es lo que no ha podido resolver Luis Enrique en este Mundial, más allá de que se pueda discutir si faltó tal o cual jugador en la convocatoria o si sus formas son las adecuadas. Alguien que representa tanto, debiera haber supuesto que el éxito está más cerca si se selecciona y entrena para resolver nuestros déficits y destacar nuestras virtudes y se aleja cuando no estás centrado solo en eso, aunque sea inconscientemente. 

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