Tenemos que hablar. Así comienzan las conversaciones cuando alguien quiere dejar de hablar contigo. Todo el mundo sabe lo que significa un “tenemos que hablar”, pero nadie cuánto dura. Unas veces son despedidas que se agotan en la misma frase. Otras se alargan hasta el infinito. Los hombres nos despedimos con pocas palabras y la mayor parte de las veces sin pronunciar ninguna. Hay mujeres, sin embargo, que pretenden que observes todo lo que has roto. Lo esparcen sobre el mantel y se detienen en cada pedazo. Si el destrozo es considerable el inventario puede llevar horas.

Yo tuve una novia que me dejó durante la final del Mundial de Italia 90. La comunicación del abandono comenzó antes, tenemos que hablar, pero se prolongó hasta los últimos minutos del partido. Cuando por fin llegué a casa, mi padre me preguntó si lo había visto y le contesté que sí, que claro, que vaya pena. Debió entender que yo iba con Argentina.

El adiós tuvo lugar en un coche. Cuando eres joven casi todo lo importante sucede en un coche, asientos delanteros o traseros. Los jóvenes viven y mueren en los coches, aman, follan y se rompen el corazón; tener moto empeora las cosas. En este caso yo ocupaba la plaza del conductor y ella me observaba desde el puesto del copiloto, medio girada, es posible que algo desafiante. Para evitar miradas entrometidas, y también para poder llorar a gusto, había aparcado en una calle sin tráfico, en una de esas urbanizaciones a medio construir que tanto abundaban en los ochenta, cuando todavía quedaba mundo por construir.

Debía hacer calor. Lo deduzco porque los cristales estaban bajados y sé que lo estaban porque por las ventanillas abiertas penetraba un hilo de voz, suficiente para reconocer algunas palabras sueltas: Maradona, Alemania, gol. Juro por mi honor que no dejé de atender al alegato en mi contra, al menos en sus líneas más generales; como responsable del estropicio conocía bien las circunstancias. Sin embargo, no podía ignorar el rumor de aquella televisión. Me sentía en mitad de un fuego cruzado. Por un lado, me lanzaban bombas del tamaño de autobuses escolares; por otro, me escupían arroz con la cerbatana de un bolígrafo. Supongo que si te alejas lo suficiente la escena tiene gracia y hasta daría para un gag. Mientras ella le abronca, el tipo se retuerce en el asiento y saca media cabeza por la ventanilla para escuchar mejor el partido. Hasta que la puerta cede y se cae al suelo. La chica ve cómo el tipo vuelve a subir al coche a gatas y, con cierta altivez, le espeta: “No te arrastres, Juan Manuel, no te arrastres”.

El problema es que yo nunca logré alejarme tanto de la escena. Es más, me pareció que había cierta justicia divina en esa laminación futbolístico-sentimental. No me había perdido uno solo de los partidos anteriores y mi glotonería había sido castigada. Si al menos hubiera hecho ayuno en el Colombia-Emiratos Árabes… Tal vez en ese caso me habría abandonado un lunes, que es un día pensado para el crujir y rechinar de dientes. Lo bueno de asistir a un colegio de curas es que no te cuesta encontrar explicaciones a los desastres naturales. Es matemático: pórtate mal y te caerá algo encima, un cagarro de paloma o un piano de cola. Con la edad descubres que no hace falta portarse mal.

Me pregunto ahora, según escribo, si mi novia tendría constancia del partido que se estaba jugando. Hasta ahora había pensado que la ruptura se le fue de tiempo, simplemente. También es posible que me tuviera por una persona adulta, capaz de suspender un momento lúdico por algo verdaderamente importante. Nunca antes hasta ahora había barajado la posibilidad de la tortura. Que ella supiera. Que se alargara a propósito. Que escuchara la transmisión mejor que yo; tenía buen oído y unas orejas bellísimas. En definitiva, que fuera un secuestro planeado al punto de fijar el minuto de mi liberación, el 85, sin margen para llegar a casa o detenerme en un bar.

Me digo que ella me quería demasiado para hacerme eso, pero de inmediato me respondo que cuando llegó aquella tarde ya había dejado de quererme, tenemos que hablar, o sin dejar de quererme había comenzado a odiarme un poco, cabrón, no pensarás marcharte así, tan tranquilo, a ver el fútbol, por lo menos sufre lo mismo que yo. De haber sabido lo que pasaba por su cabeza, de haber conocido antes su versión malvada, rayana con el sadismo, estoy convencido de que la hubiera llamado al día siguiente para volver y estoy seguro de que ella me hubiera dicho que no. Supongo que no hay que buscar tantas explicaciones a las cosas. El rubio Brehme mató a Argentina y una rubia me mató a mí. Fin.

Extracto del libro que todavía le debo a Manuel Montero, el mejor y más paciente editor que han conocido los siglos.

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