Juan Rodríguez Briso

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Cada vez que la Selección española se concentra para un Mundial es imposible no acordarse de la peor concentración de la historia, hace ya 42 años. El Mundial de Argentina 78 se recordará siempre por dos motivos: por el fallo de Cardeñosa y por La Martona. En el caso del bético, su estrepitoso error contra Brasil marcó injustamente su carrera. Las instalaciones del club de campo La Martona se ganaron su mala fama a pulso: se han convertido en el símbolo de lo que no debe ser una concentración.

Situémonos en el tiempo: corre el final del año 1977 y tras el sorteo de grupos para el Mundial 78 y la Federación Española busca un lugar donde realizar la concentración mundialista. Visitan algunos establecimientos cercanos a Buenos Aires pero ninguno les termina de convencer. Finalmente el representante de la Federación, Juan Borrajero, y el segundo de Kubala, Gustavo Biosca, optan por una finca cercana a la localidad de Cañuelas, a unos 50 km al suroeste de Buenos Aires, llamada La Martona. La razón principal, el bajo coste: «Si fuimos allí es porque era mucho más barato el alojamiento. Cincuenta dólares diarios por manutención y dormir mientras que otras selecciones pagaron de 115 dólares diarios para arriba», declaraba el entonces presidente de la Federación, Pablo Porta. Evidentemente el refrán de “lo barato sale caro”, no resuena en sus oídos.

El Club de Campo La Martona se acaba de inaugurar como lugar recreativo y es, en esos momentos, el más grande de toda América Latina, tal y como recuerda Germán Hergenrether en infocanuelas.com en un reportaje sobre la experiencia de España en el Mundial 78. El lugar está aún en pañales en lo que a los alojamientos se refiere pero en apenas unos meses, los responsables (descendientes de españoles, probablemente) aceleran la finalización de los apartamentos para alojar a España. El comedor tiene incluso un novedoso sistema con pantalla de proyección que se termina de instalar apenas seis días antes de la llegada de “los gallegos”.

«Las habitaciones o Dormis-House son realmente confortables y totalmente amuebladas. Tienen una ventana mirando al este, por donde se puede ver la salida del sol… En la planta baja están los accesorios de cocina, un hermoso baño, una sala, y en la planta superior se encuentra el dormitorio». Así lo describe la publicidad de la época y el propio gerente comercial, Julio Candra: “Se hará todo lo posible para garantizar la tranquilidad de la delegación. Los socios no concurrirán al club durante todo el mes de junio para evitar la presencia de curiosos“. La Federación, seducida ante los cantos de sirena, reserva 10 habitaciones dobles y 11 simples.

Por su parte, el Ente Autárquico Mundial, organismo creado por la Junta Militar que somete a Argentina en ese momento, dispone cerca de 200 militares y agentes especiales camuflados como campesinos o albañiles para vigilar los alrededores. En la cocina, además del propio personal, hay dos policías disfrazados de cocineros que se ocupan de probar cada bocado. Vivir rodeado de un ejército no parece el entorno más idílico pero, al menos, el resto de comodidades parecen garantizadas.

Artículo de El Mundo Deportivo sobre las bondades de La Martona.

Sin embargo, pronto empiezan los problemas: el Mundial se juega en el hemisferio Sur y nadie parece haber caído en la cuenta de que, en el otro hemisferio, las estaciones están invertidas y en el alojamiento no hay calefacción instalada. El Diario de Burgos en su edición del 2 de junio, da el parte de guerra: «En la estancia La Martona el frío era hoy de apenas un grado sobre cero y los jugadores se lamentan del escaso calor de que disponen con las estufas eléctricas y una chimenea de leña. Y al calorcillo de los leños se pegan los hombres de Kubala en las largas tardes de la campiña que rodea a La Martona después de haber sudado la camiseta por las mañanas». Ese mismo día, el diario Mediterráneo apunta en la misma dirección: «Los jugadores se quejan del frío ya que por las rendijas de las ventanas metálicas entra un viento helado que los tiene moqueando todo el día. San José mejora demasiado lento de su afección gripal y los demás andan tiritando, encogidos y algo encabronadillos contra el jefe, que dice que ese aire y ese frío les curte».

Más problemas: el campo de fútbol del club no tiene las medidas reglamentarias, así que el equipo debe trasladarse para los entrenamientos. Por suerte, en Argentina es bastante habitual que los distintos gremios y sindicatos de los diferentes trabajadores tengan una especie de centro social donde juntarse en familia los fines de semana: el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor cede su campo de fútbol para los entrenamientos de la Selección. Un problema que se convierte, repentinamente, en virtud: los viajes hasta el campo de entrenamiento son el único momento en el que los jugadores pueden salir del lúgubre cobijo. Los Rexach, Migueli, Santillana, Miguel Angel o Marañón ven por la televisión como otras selecciones pasean por la lujosa calle peatonal de la capital argentina mientras ellos permanecen en galeras. Kubala, inflexible, mantiene el encierro monacal.