Se acabó la carrera de Gerard Piqué como jugador. Grandioso futbolista, central de corte histórico. Su currículum se desborda de glorias y distinciones y lo mejor del asunto es que da la impresión de que se ha dado cuenta de todo, condición indispensable para disfrutar el mientras tanto. Ahora el final se demuestra como la confirmación de su ajustada condición natural para jugar al fútbol. Fue muy bueno y le costó menos que a otros. Se le hizo fácil, como la canción de Agustín Lara que sonaba cantada por Buika en la escena de la película La piel que habito para explicar parte del planteamiento del doctor Ledgard que interpretó Antonio Banderas. 

Piqué venía diferente de fábrica, fuera del ámbito futbolístico. Buena familia, listo, preparado, dotado para poder resolver con sobresaliente varias actividades a la vez en una era donde todavía hay gente que, conduciendo, al cambiar de marcha con la derecha mueve el volante con la izquierda. 

Quizá no planificara demasiado porque todo le salía bien o porque él fuera y todavía va a demasiada velocidad. Y todo le salía bien porque sabía hacer bien todo lo que se proponía. Entrenaba, viajaba a Madrid para asistir a partidos de la Copa Davis que acababan de madrugada, regresaba a Barcelona y volvía a entrenar. Y luego jugaba y no se le notaba. Ya en ese momento, y ahora parece confirmarlo, pareciera que le llenaba más su condición de empresario que su papel como futbolista de élite. Pero de repente se fueron entrecruzando conflictos y cuestiones más delicadas para resolver incluso para alguien de sus cualidades. Llegó un ciclo negativo del Barcelona, produjo un documental sobre Griezmann que acababa mal para los intereses culés, se filtraron sus conversaciones de negocios con el presidente de la RFEF, Luis Rubiales, llegaron inconvenientes familiares, entró en edad complicada para un futbolista de élite y aparecieron las lesiones. Se empezó a contemplar su condición de prescindible y se le comenzó a señalar junto a otros veteranos compañeros por considerar que su contrato no correspondía ya al rendimiento. De un plumazo el mundo que lo admiraba con la boca abierta se le puso de perfil y empezó a desconfiar. Ya no se trató solo del localizado enemigo por rivalidad deportiva, sino algo más importante, la desconfianza del aliado, el desamor con quien de verdad te siguió y te quiso. 

Y aquí llega lo realmente importante. ¿Cómo asimila y/o supera alguien como Piqué esa sucesión de reveses? ¿Son, para él, poco más que manchas de agua en la ropa? De momento aparenta o quiere aparentar eso. Quiso mostrarse fuerte, sin un rasguño, en la entrevista de Ibai Llanos al día siguiente del que podía haber sido su último partido. Un día después de retirarse estaba analizando su carrera con distancia y perspectiva. Si eres joven, guapo y con dinero, ¿qué más quieres, Baldomero? Parece que la frase aparecía en un anuncio publicitario en los años sesenta y Baldomero contestaba que quería una máquina eléctrica de afeitar. No sabemos si Piqué tiene ahora todo lo que quiere o quiere más, pero sí parece que las dificultades de los últimos tiempos han trabado la vida de Gerard Piqué más de lo que nunca vimos o pudimos imaginar. Y que seguramente piense que dar alguna muestra de fragilidad por esto es el primer paso para aumentar la vulnerabilidad. Yo imagino que su inteligencia le permite saber que incluso los monos se caen alguna vez de los árboles. Ni siquiera en soluciones químicas con altas dosis de inteligencia, poder, recursos y experiencia puedes evitar que, si la vida se lo propone, te aprieta el cuello y por lo menos te hace toser. 

Piqué y su ex mujer llegaron finalmente a un acuerdo sobre el régimen de custodia y visitas de sus hijos un lunes. Se confirmó entonces que Milan y Sasha vivirán con su madre en Miami. Cuatro días después Piqué dio a conocer su retirada del fútbol. El viernes lo anunció y el sábado se despedía de su público en el Camp Nou. Toda la prensa que ni siquiera contempló su condición de padre como determinante para las decisiones tomadas especuló en la búsqueda de motivos y explicaciones. Y, en realidad, a primeros de noviembre se llegó a un desenlace que si hubiera sido dos años antes o un año después nos revelaría la misma idea: A Piqué se le ha hecho larga su etapa futbolística, y no por rendimiento o resultados. Sino porque le gustaban otras (etapas, actividades). Porque quiere trascender e influir en otras vertientes. Su relación con el fútbol de verdad no le llenaba tanto, se les rompió ese amor, quizás de tanto usarlo y de usarlo tan bien. 

Piqué tiene prisa, urgencias. Confiesa que quiere hacer cosas importantes cada día. Está capacitado para conseguirlo pero se encontrará con menos facilidad natural y zancadillas más peligrosas. Frenar de vez en cuando para observar humildemente, planificar y mesurar sus ambiciones le ayudará a conseguir de manera sostenible todo aquello que quiere ser de mayor. El célebre psiquiatra de Boston, David Viscott, proclamó aquello de que aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad. Y parece que ni siquiera él fue capaz de aplicárselo. 

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