Desde hace tiempo mantengo una teoría sobre nuestro país y sus gentes. Si la mitad del talento y el ingenio que derrochamos para escaquearnos, trampear, engañar, evitar cumplir las normas o ir de listos, lo empleáramos en asuntos generadores de productividad y en favor del bienestar general habríamos dejado a Alemania tirada hace tiempo.

Esta capacidad parece, sin embargo, que está de excedencia indefinida en las distribuidoras cinematográficas. En estos lugares, con la excusa peregrina de llegar a más público, se han “adaptado” en numerosas ocasiones los títulos de las películas extranjeras, tomando unas licencias creativas absolutamente fuera de lugar y muchas veces sonrojantes.

La lista de desmanes es interminable y algunos son ya clásicos del disparate. Uno de los casos más sonados fue la película de Disney Ice princess. Parecía fácil, sin juegos de palabras anglosajones complicados de trasladar, traducción inmediata, sin problema aparente.

No, amigos. En la filial española encargada de comercializar el producto no eran de la misma opinión. Se rumoreó que en la reunión circuló un sapo bufo entre los participantes, porque el resultado final fue Soñando, soñando, triunfé patinando. Ni una mente lúcida que evitara el despropósito.

Míticas son también las saga como puedas. Aterriza, espía, agarra, empodera, implementa…

Otro ingrediente muy usado en este menester es el destripe que arruina cualquier atisbo de sorpresa en la proyección. Rosemary’s baby.

—¿Mantenemos el suspense sobre el retoño o llamamos a la película La semilla del diablo?

—La B…

Groundoug’s Day. ¿Qué pasará el día de la marmota?

—Tranquilo, alguien se queda Atrapado en el tiempo, ya te lo vamos adelantando.

Alien. Hasta ahí, perfecto. Pero En España siempre rizamos el rizo, no se confía en que el espectador pueda ir descubriendo las claves de la historia. Vamos a añadir El octavo pasajero. A poco espabilado que sea uno cuenta siete tripulantes en la nave. Si ata cabos…

Yo aquí quiero destapar desbarres menos conocidos, joyas escondidas que reflejan fielmente la idiosincrasia del ejecutivo cuñado que va de listo, valga la redundancia, y que aniquila toda intención artística de los creadores de las cintas para estampar su sello, su impronta, su gilipollez.

Hay una corriente que está claramente infectada por el daltonismo y/o la dislexia. ¿Por qué una película cuyo título original es White Heat pasa a ser Al rojo vivo o The big sky se convierte en Ríos de sangre? Misterios sin resolver.

Lust for life se transformó en El loco del pelo rojo. Yo hubiera preferido “Se coge antes a un mentiroso que a un rojo”, que ya puestos a desvariar a mí me parece más divertido.

Some like it hot es una de mis cintas favoritas de siempre y reconozco que tiene un título complicado de traducir, con varias interpretaciones. Preguntado Billy Wilder por su significado contestó, con su cinismo habitual, que una película con Marilyn Monroe y la palabra hot en el titulo era un caballo ganador. Otra versión se inclina por la versión musical del término. En jazz se denomina “hot” al momento en el que los instrumentistas improvisan y realizan sus solos guiándose únicamente por la inspiración del momento y su técnica.

Lo que no es de recibo es, ante la dificultad, rendirse y titular esta maravilla Con faldas y a lo loco. La explicación al desatino es que en el momento del estreno hacía furor la canción A lo loco popularizada por Luisa Linares y los Galindos, unos hermanos que NO tenían un aire a Brad Pitt. El tema fue recuperado por Javier Fesser para El milagro de P. Tinto  (The red 3,1416 miracle, supongo…).

Si se estrenara hoy podría ser peor, “Con faldas tra tra” o “Algunos lo prefieren despacito”.

Avanti! es otra de mis favoritas y también fue profanada sin piedad por ejecutivos ejecutables. Los diez primeros minutos son una lección de cine. Sin una sola palabra nos enteramos de toda la trama, de la personalidad del protagonista, del choque cultural que se avecina, etc. Para contrarrestar todo ese esfuerzo del director por crear esta obra maestra, llega el botarate de turno y decide que Avanti! sólo no es suficiente, vamos a añadir Qué ocurrió entre tu padre y mi madre. Y seguro que puede votar en las elecciones, poco nos pasa.

En una de las escenas, Jack Lemmon pregunta al director del hotel (en Ischia, isla turística al sur de Italia.) 

—Carlucci, ¿usted cuando duerme?

El genial Clive Revill, que borda el personaje, contesta:

—En invierno.

Hay términos que actúan de comodín. Cuando no se encuentra un título adecuado se vende el alma al diablo, que es malo, pero socorrido. Ejemplos de ello: Duel, el debut de Steven Spielberg, fue El diablo sobre ruedas.

Heaven can wait, otro clasicazo que se dio a conocer aquí como El diablo dijo no.The savage innocents fue en traducción libre Los dientes del diablo. Más cambios infernales: Becoming fue La marca del diablo. Para Problem Child el título perfecto está claro: Este chico es un demonio. El taquillazo está asegurado.

Pero no acaba aquí el sindiós, no; la película Devil nos tiene reservado un giro final inverosímil. Aquí se llamó… ¡La trampa del mal! 

En algunos casos, el cambio lleva aparejado un espíritu creativo y poético digno de mención. The searchers dejó paso a Centauros del desierto. Hay que reconocer que está bien “traído”.

Para el final he dejado la corriente que se dedica a poner nombres muy largos, aún más estúpidos que largos, casi siempre numerando y tratando de hacer una gracia que no tiene nada que ver con la idea original.

Seguro que algún directivo y su ego habrán estado esperando la llamada de los directores para darles las gracias. Ahí siguen.

Up the creek no dice nada, pero si lo cambiamos por Los albóndigas en remojo nos salimos.

Twins, vaya nombre más soso. ¿No sería mejor Los gemelos golpean dos veces? Es usted un genio jefe, poco le pagan.

Con The great outdoors no hace falta ni pensar: Dos cuñados desenfrenados. ¿Quién no querría ver esa película?

Funny farm. Muy corto, falta gancho. Aventuras y desventuras de un yuppie en el campo. Ahora sí lo veo.

Hay miles de ejemplos de esta costumbre tan prescindible, pero mi favorito sigue siendo un film de terror (idea inicial) y cómico (resultado final) rodado en Hong Kong, cuyo nombre original es We’re going to eat you. Aquí, la manera de llegar a un mayor número de espectadores traspasó todas las líneas. Humor grueso, estereotipos racistas y vergüenza al mismo nivel que el talento en la mente pensante que se decidió por… ¡¡Cole, cole, que te como!!

Menos mal que The shop around the corner es de 1940. A ello debe su traducción, libre pero inofensiva: El bazar de las sorpresas. Hoy sería para alguno de estos iluminados “El puto chino”.

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