La Opera Buffa surge a principios del siglo XVIII en Nápoles como un intento de acercar al pueblo llano la ópera tradicional. En contraposición a la llamada «ópera seria», aborda temáticas de tipo jocoso, con tramas más sencillas. Al tiempo, incorpora partes habladas o recitadas más extensas, en el lenguaje del pueblo, con el fin de hacer las obras más entendibles y populares. En principio se incorporaron como piezas únicas, representadas en los intermedios o descansos de las grandes obras. Posteriormente pasaron a constituir un género que fue languideciendo hasta prácticamente desaparecer a finales del siglo XIX.

En un intento por emular a los promotores del mentado género musical, y tratando de revitalizar una competición que según pasan los años tiene menos adeptos —me refiero, ya lo habrán adivinado, a la Copa de Su Majestad el Rey—, la Real Federación Española de Fútbol importó un sucedáneo de formato de la Copa inglesa. Allí, como saben, las eliminatorias se disputan a un único partido y por sorteo. Sin embargo, no se tuvo en cuenta que lo que puede ser bueno en el extranjero no tiene por qué ser necesariamente bueno para el consumidor nacional. ¿Quién sería capaz de sustituir el fish and chips por un plato de jamón ibérico o una buena tortilla de patata, con o sin cebolla, según su gusto? Con objeto de contentar a unos y otros se estableció que el único partido a disputar se jugase en el campo del club de menor categoría. El sistema satisface a los pequeños, porque tienen la onírica sensación de poder prosperar en el campeonato al disponer de un único asalto —David frente a Goliat— y porque aseguran una taquilla suculenta. Poco apetece ir a un campo de fútbol en pleno invierno, a horas intempestivas, cuando además no hay posibilidades de salvar la eliminatoria. Por otro lado, también satisface a los grandes descargándoles el calendario.

Nos vendieron la intención de potenciar la competición y equilibrar las fuerzas entre débiles y poderosos. No obstante, como ocurre con el Falstaff de Verdi, la realidad que subyace no es el amor verdadero, en este caso por la competición en sí misma, sino un interés pecuniario. Hay que seducir a los seguidores de unos y otros porque les va el dinero de las televisiones en ello. Poco importa que el torneo en sí mismo se haya convertido en un sucedáneo de espectáculo de relleno del espacio entre competiciones tradicionales: Liga, torneos internacionales o de selecciones. De esta forma, ¿a quién le importa la parcialidad arbitral manifiesta (hacia los grandes, por supuesto), el desinterés de los propios implicados (de los grandes, por supuesto) o los espectáculos soporíferos que a menudo nos ofrecen (los grandes, por supuesto)?

Esta semana asistimos a una jornada de ópera bufa con el inicio de la eliminatoria de treintaidosavos de final de la Copa, dónde ya intervenían los equipos de Primera que habían quedado exentos de las rondas previas por disputar competiciones internacionales. Para no defraudar y seguir fieles a lo que hemos visto en las últimas temporadas, el espectáculo del que disfrutamos estuvo más próximo a una retahíla de sainetes que a la práctica del balompié propiamente dicho.

En el primer acto el Barça salió a ejercer de equipo superior infravalorando al contrincante, pero al verse sorprendido por el Linares no tuvo más remedio que tirar de los de siempre, los buenos. Concesiones arbitrales a parte (ese gol sólo podían anulárselo al conjunto de Linares), la película es la de todos los años: amagar y no dar. Sonrojo inicial, primeras espadas al campo y a otra cosa.

En el segundo acto, con el Real Madrid sobre el césped, vimos más de lo mismo: jugadores de primer nivel sin querer exponerse lo más mínimo y árbitros obviando penaltitos. El interés lo puso el desatino del conjunto merengue y la posibilidad de la rememoración de la eliminatoria del año pasado, cuando a un gol inicial de Militao en las postrimerías del primer tiempo le sucedió el empate del Alcoyano y la zozobra del equipo de Ancelotti durante bastantes minutos (más de los necesarios). Y eso que el Madrid, al igual que ocurrió la temporada pasada, salía casi con el equipo de gala. El conjunto de Alcoy, como no podía ser de otra forma, cogió moral, se vino arriba, se vio con posibilidades de repetir gesta ante su gente y empezó a dedicarse a jugar y a repartir, no precisamente regalos que hubiera sido lo más idóneo para una noche de Reyes. El caso es que pusieron a los de Rigoletto, digo Carletto, contra las cuerdas, tanto literal, como figuradamente.

Un segundo gol de rebote, cuando buitres negros sobrevolaban la cabeza del conjunto blanco, esta vez de verde, y un tercero circense, a tres bandas o más, devolvió el aliento a la hinchada madridista que a esas alturas no las tenía todas consigo. Este tercer gol (si no lo han visto, les recomiendo que lo vean) es un resumen de lo que es la competición en sí misma: todo un despropósito. Valga destacar, no obstante, que el bueno de José Juan consiguió en un partido oficial lo que alguna vez intentaron Higuita, Campos o el Manito Hugo Sánchez sin tanta fortuna: marcar el gol del escorpión. Lástima que fuese en propia puerta.

El análisis del planteamiento de Ancelotti, el desarrollo del juego y los cambios se lo dejo a mi compañero Lucas, que de esto sabe mucho. Sí me gustaría señalar que dentro del género de ópera bufa del fútbol actual podríamos decir que el estilo de Carletto constituye un subgénero en sí mismo. Da para risas y más, aunque contrariamente a lo que perseguía la ópera bufa, no hay quién lo entienda.

No me digan que esta Copa de Su Majestad el Rey no merece estar a la altura de las obras de un genio como de Giuseppe Verdi. Y abríguense si salen a la calle que hace frío…

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