Nico e Iñaki. Iñaki y Nico. Los Williams, en definitiva. Como tantas veces en el salón de su casa. O en las calles de Bilbao. O en las praderas de Lezama. Fueron ellos, especialmente Nico, los que incendiaron la noche en Riad. El Atleti ganaba, casi sin querer, y los leones despertaron con la salida al campo del pequeño de los Williams. En dos zarpazos los de Marcelino se colaron en la final de la Supercopa extendiendo aún más todas las sombras que se ciernen sobre el equipo de Simeone. Lo que antes era un fortín es hoy un páramo. El campeón defenderá su corona ante el Real Madrid.

Pronto el Athletic dio la impresión de tener más ganas de ganar el partido. O al menos las ideas más claras. Y en una llegada de Sancet en los primeros minutos pudo encarrilar el encuentro; por allí se cruzó Kondogbia para barrer el cuero, pero lo que hizo fue pisar el talón de Aquiles del jugador bilbaíno. Ni el colegiado ni el VAR vieron nada punible. Nadie se alteró en la grada. En esto los árabes están tan perdidos como nosotros. También reclamó su penalti Lemar con la misma fortuna que Sancet. Pero más allá de esos sobresaltos iniciales, el juego era plomizo, enredados ambos en la tela de araña defensiva que habían tejido Marcelino y Simeone.

La presión adelantada del Athletic, seña de identidad de los bilbaínos, dificultaba mucho la salida de balón de los colchoneros. Pero los de Marcelino tampoco aceleraban cuando el balón caía en sus pies. El Atleti defendía cómodo e intentaba crecer a través del timón de Koke. El 6 rojiblanco se afanaba por encontrar a Joao Félix para que el luso frotara la lámpara , aunque la mayor certeza rojiblanca en la primera parte fue Carrasco. El belga se marchó una y otra vez de De Marcos pero sus regates eran un oasis en el desierto. Espejismos ante la falta de socios.

Más cómplices encontraba Iker Muniaín, comandante de todos los ataques bilbaínos. El 10 se asociaba con Sancet y proyectaba a Williams. Fue este quien despertó al público con dos arrancadas. En la primera superó incluso con un caño a Giménez. En la siguiente retó a Oblak con un disparo pero ahí se agotó toda la artillería vasca en la primera mitad.

Fue un movimiento llamativo por lo inesperado lo que cambió el rumbo del partido. Lodi reemplazó a Llorente y eso llevó a Carrasco al costado derecho. De repente el Atlético comenzó a atacar de manera más ordenada aunque el gol fue producto de un accidente. Un error grosero y una falta de contundencia flagrante abrieron la puerta al Atleti y Joao Félix se metió hasta la cocina. Lo hizo con un cabezazo más cargado de pillería que de potencia. Unai Simón mostró también a Arabia Saudí su talón de Aquiles: el balón aéreo.

Le tocaba mover pieza al Athletic y Marcelino sacó a un alfil y dos torres. Las torres eran Vesga y Raúl García, pero el partido lo ganó Nico Williams, el alfil. El pequeño de los Williams empezó a voltear el partido asociándose insistentemente con su hermano Iñaki. El Atleti comenzaba a dar pasos hacia atrás y ni siquiera la salida de Luis Suárez alteró el guión. Fue Nico quien provocó el córner que Yeray cabeceó a gol. Otra de las señas de identidad que han perdido los colchoneros es la fortaleza aérea. Cualquier equipo le gana balones por alto al equipo de Simeone.

El 1-2 también llegó tras otro saque de esquina. Lo había vuelto a provocar Nico con un zurriagazo que dobló las manos de Oblak. El pequeño de los Williams se coronó con un golpeo no exento de calidad y pillería. El Athletic consumaba la remontada en apenas cuatro minutos y la madre de los Williams era ya la estrella de la grada.

La impotencia final del Atleti se vio reflejada en la expulsión de Giménez. El charrúa acudió a rematar un balón con la plancha impactando en la cabeza de Íñigo Martínez. Tuvo que chivárselo el VAR pero la acción solo podía ser roja. El encuentro estaba agotado para entonces. Los Williams eran a esa hora los reyes del desierto.

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