No, no, que la cosa no va por ahí. Que ya estarán ustedes pensando en que la liberación de una madre es convertirse en padre, y ya les digo yo que no, que yerran como Tezanos contabilizando inquietudes. No. La cosa va por otros derroteros; va de esa sapiencia infusa de la que gozaban las madres de antes, y que tanto ha ayudado a formar y a forjar a hombres y mujeres de generaciones venideras. Desconozco si las de ahora la mantienen, si esa genética se transmite de generación en generación, pero no creo que hubiese mejor noticia.

Y no exagero con lo de la ciencia infusa. Verán, nuestras madres desconocían los vericuetos de la sintaxis, nunca habían ido a clases de yoga y expresión corporal y, por supuesto, no tenían la más mínima idea acerca de aerodinámica. Sin embargo, todas ellas sin excepción eran de verbo fácil, sabían poner una mirada inquisitorial y eran especialistas en trayectoria con la famosa zapatilla volandera.No me negarán ustedes que no han sido esos los tres pilares básicos en la educación en este país y lo que tantos éxitos nos ha permitido cosechar.

La primera era fascinante. Nunca, ningún hijo en la historia de España puede decir que le ganase una discusión a su madre. Toda madre, sin haber leído ni a Heráclito ni a Platón, manejaba las bases de la retórica y de la dialéctica en grado sumo. Cualquier cosa que dijésemos la rebatían una y otra vez. Aunque el momento culmen era ese en el que, viéndose acorraladas y con una astucia tan maravillosa como innegable, en un golpe simple pero a la vez maestro, le cambiaban el género a la última palabra que dijeses… ¿En qué momento una madre pensó que cambiarle el género a una palabra se convertía en un argumento de peso para zanjar una discusión? Tú le decías “mamá, ¿me compras una consola?” y ella, mirándote de soslayo, te respondía: “Te voy a comprar un consolo». Sin haberte dicho que no, te dejaba tocado y hundido. No dirán que no es sublime.

La cara seria acompañada de mirada inquisitorial era un recurso bárbaro, solo al alcance de ellas, de las elegidas. La cara seria, aún sin mirarte, era un negro presagio de que algo andaba mal, de que la mar se estaba encrespando y de que una furiosa tormenta se cernía sobre ti. Judicialmente significaba que estabas siendo investigado, y ya se sabe que si hay investigación es que hay indicios y si hay indicios, es que probablemente ha habido delito. La mirada inquisitorial era inmediatamente posterior y era ya una acusación formal aunque sin palabras, sin tener que abrir la boca. Era una mirada elocuente por demás. Era la petición de la Fiscalía ante un delito comprobado. En su descargo diremos que si lo hacían así era simplemente para que no se enterase el progenitor, cuya pena era siempre la misma independientemente del delito: fusilamiento al amanecer sin vendas en los ojos.

Lo de la zapatilla volandera, si bien no causaba un daño físico, no es menos cierto que era un golpe psicológico indefendible. Era el recurso definitivo ante lo que viene siendo un intento de fuga o intento de sustraerte al peso de la Ley. Esa zapatilla de paño de cuadros con suela de goma gruesa volando hacia tí en ágiles cabriolas era un hasta aquí hemos llegado, un como te muevas de ahí, te vas a enterar, un se te han terminado ya las tonterías. Ese simple gesto, convertido en vuelo cuan Juan Salvador Gaviota, te introducía en un estado de introspección en tu cuarto que te permitía replantearte la idiotez que hubieras estado a punto de hacer o arrepentirte, para nunca más caer, de la estupidez que hubieses cometido, reconduciéndote, en definitiva, por la senda del bien.

Por eso las queremos tanto, porque, con tan poco, fueron capaces de darnos todo. Con esos pequeños e inofensivos gestos, fueron capaces de abrirnos a la vida y de enseñarnos las cosas tal y cómo eran. Para que empezásemos a asumir nuestras responsabilidades sin miedo. Para convertirnos, en definitiva, en personas.

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