Lucas 15: 21-24

Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

A falta de un comunicado oficial que ratifique lo que ya es vox populi —siempre hay que tener extremo cuidado para no convertirse en el periodista de la curva: “En ese fleco me maté yo”—, Gabriel Deck estaría a escasas horas de convertirse en la última incorporación de la plantilla madridista. Algo que, unido al excepcional movimiento que supone la renovación de Yabusele, consolida la apuesta firme por parte de la sección blanca en pos de recuperar el cetro del baloncesto, momentáneamente arrebatado el año pasado por el Barcelona. El plantel quedaría casi redondo, a expensas del acierto en esa última pieza deseada, ese exterior anotador que se intuye llegará el próximo verano —suena el nombre de Okobo, acaso atraído por el carácter galófilo reciente—.  

Deportivamente su fichaje tiene poca discusión. En los duelos directos contra el Barça, su físico sin duda ayudará a contrarrestar el estajanovismo de los muchachos de Saras. Quizá no sea capaz del décimo tercer trabajo de Hércules, secar a este Mirotic, pero desde luego formará parte de la solución: tanto en el marcaje directo como en el desgaste que provoque al hispano-montenegrino cuando juegue al poste o ataque el aro culé. Por no hablar del poder destructor que tendría una buena compenetración con Tavares y Poirier, y de la presión de la que dispensa al apenas restablecido Randolph, aún recuperando sensaciones en muchos movimientos, quien podría acomodarse en un rol más cómodo basado en el lanzamiento.

Sin embargo, y a pesar de que un amplísimo sector del madridismo desea su retorno con los brazos abiertos, hay algunas voces críticas sueltas. Las de aquellos que consideran que su marcha en el instante menos oportuno constituye un agravio suficiente como para rechazar el postrero regalo de Reyes. Es decir, no esgrimen razones deportivas, sino que señalan, como el hermano del hijo pródigo de la parábola cristiana, que la lealtad resulta un valor principal en el grupo de Laso y que los actos deben tener consecuencias, con la boca repleta de metáforas navales acerca de los barcos y la honra. Existe un perfil de aficionado merengue que, acostumbrado a que su club siempre se erija como la cima más elevada, lleva fatal que la mayoría de los jugadores releguen al baloncesto europeo a un papel secundario en comparación con la NBA. Y, dado que esa tendencia no cambiará salvo inclusión de los blancos en la liga americana, prefieren que la actitud a seguir con los retornados se resuma en otro episodio bíblico, esta vez correspondiente a Sansón: muera yo con los filisteos.

Por más que esta posición demuestre una absoluta falta de pragmatismo, no conviene desdeñar el espíritu que la avala. Al fin y al cabo, en incontables ocasiones el orgullo —no siempre bien entendido— ha supuesto el inesperado combustible que ha llevado al Madrid a obtener la gloria; muchas veces, incluso desde la manifiesta inferioridad. De modo que, en lugar de despreciar a los hinchas más dolidos con una mirada de prosaica soberbia, quizá quepa hacer un esfuerzo didáctico, a la manera del padre de la parábola, y convencerlos de que no hay desdoro en la generosidad ni deshonra en asumir las limitaciones competitivas. Más bien al contrario, es posible defender el acto del perdón no solo como un mero ejercicio de lucidez, sino como una de las mayores fortalezas. 

Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

Bienvenido de vuelta, Deck.      

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