Una de las primeras temporadas de Los Simpsons nos presentaba un episodio en el que Míster Burns va al médico y este le dice que tiene todas las enfermedades posibles, pero que entre ellas parecen pelearse por entrar en su cuerpo. Míster Burns desoye los consejos del médico y se proclama indestructible. Así debe sentirse el gobierno de Qatar, con tal colección de abusos de derechos fundamentales que cuesta ordenarlos por orden de gravedad. Y yo, como el médico de los dibujos animados, tengo tanto que tratar que no sé por dónde empezar. 

No es culpa de los deportistas ni de los aficionados que el Mundial se dispute en Qatar, la Supercopa de España en Arabia Saudí, o que haya grandes premios de Fórmula 1 en ambos países o en Abu Dhabi. Podríamos pedir a los deportistas que se negaran a ir, pero hay que ponerse en la piel de quienes han trabajado toda su carrera para llegar a ese punto y a esa competición. 

Lo que sí podemos es esperar actitudes más combativas. Seguramente contra el consejo de agentes y sponsors, Lewis Hamilton ha dicho muy claramente que si fuera por él no correría en Arabia. Vettel, por su parte, organizó un encuentro público con mujeres saudís haciendo hincapié en que sólo muy recientemente han sido autorizadas a conducir. Es importante que los deportistas se desmarquen de las instituciones cuando ven algo flagrantemente injusto: la selección de Noruega intentó clasificarse para el Mundial, pero saltaban al campo en cada encuentro denunciando la situación de los trabajadores extranjeros en Qatar. 

Kate Mason es periodista en Sky Sports y estuvo un tiempo en Qatar. Cuenta que cada vez que quería salir del país, su jefe le daba el pasaporte sin ningún problema —todos los trabajadores extranjeros deben entregar el pasaporte a un superior— y vivía como cualquier occidental, una vida cómoda.

Los trabajadores en los estadios no tienen ese lujo, ninguno en realidad. Ni sus condiciones de vida cubren los mínimos estándares de Europa. Tampoco reciben su pasaporte cuando lo solicitan. 

La mano de obra en algunos lugares del mundo no es más que un material más. Mientras algunas cifras de trabajadores muertos apuntan a más de 6.000, la organización del Mundial apenas reconoce tres. Las vidas se han convertido en estadística. Recuerden que Boris Johnson dijo públicamente que dejaría que el Covid se cobrase algunas víctimas en el Reino Unido a cambio de lograr la inmunidad de rebaño y no dañar la economía. Habría que preguntar a las familias de las víctimas que opinan de todo esto. 

La FIFA jamás debería haber seleccionado Catar como sede de su Copa del Mundo. En primer lugar porque el país es pequeño y porque ha habido que cambiar el calendario del fútbol mundial. Si se hubiera puesto sobre la mesa la falta de derechos humanos no debería haber existido ni el más mínimo debate. Pero la FIFA sucumbió a su propia corruptibilidad, mucha gente cobró mucho y bien. Lo que le pase a los ciudadanos vuelve a ser una estadística sin alma. 

El París Saint Germain, el Newcastle o el Manchester City se han convertido en vehículos propagandísticos de gobiernos que buscan un lavado de imagen. La culpa no es de los aficionados, que tampoco tienen por qué dejar de lado a un club que han querido toda la vida, sino de quien permite esa compra, en estos casos las ligas y los gobiernos de Francia y el Reino Unido. 

Es difícil saber qué hacer. The Guardian dice que cubrirá el Mundial porque además de cubrir el evento deportivo seguirá su campaña de denuncia. La selección danesa jugará el Mundial pero no hará actos oficiales, ni la selección ni los patrocinadores.

Personalmente no viajaría a Arabia Saudí a ver la Supercopa. No me cuesta nada boicotear el torneo porque no me interesa (como aficionado del Madrid ganar o no hacerlo no cambia el balance de la temporada) y además no lo puedo ver en televisión desde Inglaterra. Respecto al Mundial, no sé si lo veré. Recuerden que se juega casi hasta Navidad y para mí es un periodo intenso de trabajo y familia. Lo que sí tengo claro es que no voy a gastar ni un penique en merchandising del campeonato. 

Qatar sabe que todos sabemos que se pasan los derechos humanos por el arco del triunfo y que la designación fue un acto lleno de corrupción. También lo sabe FIFA, pero pasan de todo y saben que muchos aficionados viajarán a Qatar, verán el torneo por televisión y comprarán artículos relacionados con el torneo. Los aficionados también sabemos que esto será así y el Mundial seguirá adelante. 

Lo que no es tan claro es que el lavado de imagen funcione. Acaso la reacción sea la opuesta. La compra del Newcastle por el gobierno saudí desempolvó noticias que habían caído casi es el olvido, devoradas por la actualidad. El Gran Premio de F1 ha hecho hablar a Hamilton o Vettel. No parece que la imagen se limpie en absoluto, aunque tampoco parece que les importe.

Quizá estemos asistiendo a una batalla de egos entre las familias gobernantes de Qatar, Arabia y los Emiratos Árabes. Gracias a su interminable dinero organizaciones como FIFA, la F1 o la Premier League les han ofrecido un escenario abierto al mundo para su disputa.  

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