En el que probablemente sea el primer y último partido de Sergi Barjuán en Champions (estadística inmaculada) llegaba el Barça con la necesidad imperiosa de ganar. Se da por descontada la derrota —con o sin goleada, eso está por ver— en Munich en la última jornada por lo que las cuentas eran fáciles: ganar al Dinamo y ganar al Benfica. Para el primer objetivo, salieron los azulgrana (o algo parecido) al Olímpico de Kiev con lo puesto, es decir, los disponibles más el regreso de Ansu y De Jong.

Y con seis jóvenes imberbes en el once inicial el equipo jugó más rápido de lo habitual. Sin arrugarse. Aunque esa rapidez y valentía no se traducían en fútbol propiamente dicho. Más bien parecía un retorno al valverdismo pero sin Messi resolviendo. La consecuencia era, nuevamente, una nulidad en ataque. Pocas llegadas pero suficientes para mostrar la desesperante falta de acierto en el área. Porque bastaba recordar que a este Dinamo le metió dos goles el colista de la liga ucraniana el fin de semana pasado.

El 0 a 0 al descanso era lo previsible entre dos equipos carentes de gol y el miedo azulgrana a que el rival marcase en su primera llegada no tenía ningún fundamento: este Dinamo tiene aún menos gol que este Barça. Si no se ha estrenado en la Champions pese a la autopista que dejaba Jordi Alba en su banda, es porque será el primer equipo de la historia que abandone la competición sin marcar.

Se afrontaban así 45 minutos a cara o cruz. O ganar o a la calle. Los nervios empezaron a adueñarse del culerismo y el (escaso) juego de la primera parte desapareció por completo en la segunda. A falta de ideas, fútbol directo. Traducción: balones a la olla buscando la cabeza de los centrales. Y con Mingueza embutido en el traje de repartidor de melones. Por su físico, es difícil confundirle con Okunowo. Su juego, sin embargo, comienza a evocarlo cada vez más.

Con un Barça puesto en manos de Lenglet en ambas áreas, la salida de DembeLOL sirvió al menos para cambiar el partido: del centrismo se pasó al correcalles, un estilo de juego para el que el francés es un jugador valiosísimo. Razón más que suficiente para que abandone el club el próximo verano.

Cuando el tiempo de juego empezaba a pesar como una losa, la insistencia del Chigrinsky de Santa Perpetua tuvo su premio: su enésimo centro sin sentido al área fue desviado por un defensa. Lo suficiente para evitar el remate de Ousmane a Siberia. Y así el balón llegó a Ansu, muy discreto todo el partido, que chutó con toda su alma. Y es que lo tienes o no lo tienes. Y Ansu lo tiene. Es la plantita que encuentra Wall-E entre las cordilleras de escombro de la tierra postapocalíptica. Un gol para seguir vivos.

El regreso de Ter Stegen a la portería, tras varios meses con su hermano gemelo bajo palos, terminó de salvar el partido y asegurar la primera victoria a domicilio de la temporada. Con angustia. Con fatiga. Aunque el rival fuese un grupo de reservistas del batallón Azov de permiso, este equipo está destinado a sufrir toda la temporada. La travesía, que se prevé larga y dura, continúa.

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