Alguien debería dedicarle más espacio y talento a escribir sobre toda la gente que camina hacia el estadio poco antes de que empiece un partido. Se ha dicho muchas veces que el que acude al fútbol pretende unirse al grupo porque así se siente parte de algo que lo supera y que lo protege, olvidándose de su vulnerable individualidad. Y así es, efectivamente, solo que lo que antes podía parecer un acto de rendición es ahora un ejercicio de salud mental.

Ir al fútbol no es sólo pasarse por el estadio a ver si el equipo tiene ganas de jugar y nos sorprende con alguna combinación nueva. Si no, nos despediríamos de la familia a las tres de la tarde del sábado diciendo, “marcho a ver al Madrid” en vez de “voy al fútbol”. Ir al fútbol, en su generosa imprecisión, también incluye el viaje hasta el campo y, cuando el terreno ha sido fértil y la cosecha en goles abundante y generosa, el satisfecho regreso a casa en un vagón de metro con gente feliz como ganaderos después de una buena feria.

Y en ese ir al fútbol, la incorporación a ese enjambre que rodea al campo como abejas alrededor de una fruta madura es una rutina que, como decía antes, resulta mentalmente sana. Antes la individualidad era propia, mal combinada, sí, como cuando uno escoge la ropa a oscuras para no despertar a nadie y descubre tarde lo que se ha puesto, pero propia. El resultado nunca lucía bien frente al espejo, si bien siempre quedaba la esperanza de arreglar algo. Ahora llega desde fuera: es una individualidad política en la que, como si fueras un carnero en una granja, te van distribuyendo etiquetas para poder identificarte mejor desde lejos y hacerte saber cuál es ese pequeño rebaño al que perteneces y en el que te van a cuidar o del que te van a salvar.

Todas esas banderillas políticas van cayendo una a una conforme te introduces en ese grupo inquieto en el que cada persona es un meteorito que te ves obligado a esquivar para llegar a la puerta 39. No importa tu género, ni tu sexo, ni si sabes diferenciar entre ambos, ni el idioma que hablas, ni dónde has nacido, ni el color de tu piel, ni tu acento ni la falta de él, ni la ropa que llevas, ni si tu coche es de gasolina o eléctrico, ni si tu casa está en una ciudad dormitorio o en Malasaña, ni si pasas las vacaciones en el pueblo plantando tomates o coges un avión o dos o tres, ni si ya sabes el color de la bolsa en la que tienes que echar la cáscara del plátano, ni si tu contribución al CO2 es tolerable o no, ni si derribarías estatuas o no, ni si prefieres tu mascota a tu vecino, ni si a una hamburguesa vegetal la sigues llamando hamburguesa o no.  

Mientras caminas entre el resto de madridistas que hoy acuden como tú a ver al Madrid contra el Rayo, ese murmullo político va alejándose. Su rumor va siendo sustituido por el de toda esta gente que se mueve en pequeños grupos, con ese optimismo del que, en el fondo, que sabe que lo importante es volver a juntarse para echarse unas risas, porque resulta raro, por muy importante que pueda ser un partido, ver a alguien serio, salvo que sea el becario de auditoría que ha hecho horas extras y va camino de casa a ver cómo distribuir el fondo de comercio de un grupo consolidado.

Conviene ir con tiempo al partido para disfrutar de ese proceso de limpieza mental. Se aconseja no ir directamente de la salida del metro en Santiago Bernabéu hasta la puerta 39, sino rodear el campo, al menos, una vez, ahí donde las obras lo permitan. Si pueden ser dos veces, mejor. El ejercicio, sencillo y fácil de seguir, como la recomendación de beber agua en ayunas, es efectivo. Las multitudes, no vamos a negarlo, históricamente han manchado bastante, pero esta limpia.

Caminas entre gente con la que, fuera de este entorno, es bastante probable que discutieras con unos argumentos que no son del todo tuyos, sino prestados por esos tramoyistas de la política que en cualquier escenario ven la excusa para una obra dramática en la que, ya lo sabemos, el conflicto es ese fuego que lo alimenta todo. Aquí no importa: el acuerdo tácito es dejar todo eso fuera y eliminar los símbolos ajenos al fútbol, dejando que el que quiera sentirse diferente lo haga por llevar el 5 de Zidane a la espalda o el 7 de Juanito.

Si se cumplen las reglas básicas y se hace ese recorrido con un mínimo de atención, hay ciertas partes del cerebro y del carácter que se vuelven más esponjosas al dejar de sentir esa presión que le hacía cantar a Battiato el anhelo de Un’Altra Vita. A Battitato también lo dejamos fuera (momentáneamente, claro) porque esta realidad de ahora nos gusta, con el partido a punto de empezar y el speaker anunciando ya el nombre de los jugadores del Rayo con la distancia del que lee los ingredientes de unas lentejas.

Y al contrario de esas muchedumbres que se esparcen por una ciudad para mostrar su poder, esta se cierra voluntariamente en un estadio para disfrutar de un partido. Sí, como meter un Lamborghini en el garaje cuando su motor pide kilómetros de carretera. Pero a nosotros nos basta con este inmenso garaje todavía en obras, con este brillo del césped, con esta repetición del rito. 

El Rayo es un equipo que nos obliga a pedir con urgencia el final del partido porque lo vemos capaz de empatar. Un equipo así se gana el respeto. Es la guindilla que le ha dado al plato el picante que eres capaz de soportar. Un poco más fuerte y las lágrimas habrían empezado a caerte por las mejillas y tu lengua habría perdido el conocimiento. Y no es cuestión de volver con la lengua así a casa un sábado por la noche.

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