Carmen y Gervasio Posadas son los autores de Hoy caviar, mañana sardinas, un libro que ha sido reeditado porque el recuerdo de la madre del clan, Bimba, sigue vivo y porque sus enseñanzas no caducan. Tampoco sus recetas. El género de la obra es difuso. Se articula en torno a un recetario, pero se construye como las mejores biografías sobre testimonios tan directos como el de los hijos que lo vieron y vivieron todo.

—Gervasio, ¿cómo ha llegado la reedición de esta novela después de ocho años?

—GP: Bueno, la verdad es que es una novela que siempre nos ha dado muchas alegrías, porque siempre ha tenido muchos lectores a lo largo del tiempo. Nos apetecía hacer una nueva reedición para llegar a nuevos lectores y aportar algún contenido adicional nuevo. En este caso también hemos querido contar con la colaboración de grandes cocineros para acentuar un poco la parte gastronómica que tiene el libro. Hay mucha gente a la que le gusta recordar las cosas a través de las comidas.

—Carmen, escribir al alimón, ¿es más fácil o más difícil?

—CP: Era bastante fácil porque el libro está narrado desde el punto de vista de nuestra madre. Es imposible detectar, al cabo de los años, qué parte he escrito yo y qué parte ha escrito Gervasio.

—Gervasio, el piso al que llegasteis en Madrid, era un tanto peculiar, había una un ambiente variopinto

—GP: Sí, la verdad es que teníamos vecinos de todo tipo, desde el Ministro de la Gobernación de Franco a Vallejo-Nágera, pasando por los creadores de Campofrío. Teníamos también una vecina que organizaba muchas fiestas flamencas a las que venían Lola Flores y Manolo Caracol… Aquello era un totum revolutum.

—Supongo que a Carmen, entonces de doce años, le debió chocar todavía más aquel nuevo ambiente.

—CP: El Madrid de 1965 no se parece en nada a lo que es ahora. Había muchas cosas que me llamaron la atención. Nosotros vivíamos cerca del estadio Bernabéu y La Castellana era Cañada Real, de modo que todos los domingos pasaban las ovejas por delante del estadio. En la colonia del Viso, que es elegantísima y con unas casas que valen una fortuna, había luz de gas, o sea que por la noche venía un farolero y encendía el gas. Esto me tenía fascinada porque en Uruguay en aquella época no existía algo así. Hay que tener en cuenta que España había sufrido una guerra y estaba pasando muchas penurias. En cambio Uruguay era muy próspero en ese momento. Otra cosa que me llamaba la atención es que había como como dos Españas que coexistían. Estaba por un lado esa España en blanco y negro en la que todo el mundo estaba de luto y en la que la religión tenía un peso enorme. Era muy pacata y muy beatona. Pero, eso sí, por las noches se metamorfoseaba y había unas juergas épicas. Las fiestas duraban hasta altas horas de la madrugada y mis padres, que eran muy juerguistas, nos llevaban con ellos. De manera que nosotros por la mañana íbamos al colegio y por las noches estábamos taconeando y jaleando a Lucero Tena en el Corral de la Morería. Yo tenía 12 años pero Gervasio tenía tres… Creo que ahora a mi madre la multarían por mala madre.

—Habladnos de esos viajes de cuatro días en coche hasta los Alpes para pasar las vacaciones.

—GP: Durante una época veraneamos en la casa de unos amigos de mis padres, en Austria. Entonces ni siquiera había autopistas en Francia. Se tardaba siglos y siglos y siglos en llegar. Nos entreteníamos a pesar de que mi madre se empeñaba en distraernos con conciertos de música clásica, con el Rosario y esas cosas.

—Leo que Bimba decidió un día dejar Zarautz como lugar de veraneo porque había mucha fiesta y mucha droga y eligió un pueblito de nombre Marbella. Allí Carmen se echó un novio que no te gustaba nada, Gervasio…

—GP: Es que es que el novio de Carmen era mayorcísimo. Carmen tenía como 17 años y el novio unos 40, era una cosa totalmente… y aparte era un señor muy serio y muy aburrido. Cuando venía a buscar a Carmen le tirábamos huevos, globos con agua. Una vez intentamos sacarle un ojo con una caña. La verdad que no sé cómo aguantó el pobre.

—CP: Mi madre pensaba que Marbella era un pueblito encantador donde no pasaba nada, pero aquel era el comienzo del Marbella que ahora conocemos y había unas fiestas divertidísimas con la gente más variopinta: Soraya, Fulgencio Batista… Mucho dictador, mucho folclore, actores, actrices, Lola Flores, toreros, absolutamente de todo. Mi madre siempre decía que el arma básica de los diplomáticos es por un lado la comida y por otro, la bebida. Y es que alguien le habló de una bebida de la Legión que se llama la leche de Pantera, que consiste en un bote de leche condensada mezclado con Ginebra y un poco de coñac. Imagínate la bomba atómica que es eso y, además se adorna con pólvora, pero pólvora de verdad. Recuerdo que mi madre, que como te digo se pensaba que las fiestas eran mucho más animadas con un buen cóctel, repartió a todo el mundo leche de pantera y empezaron a pasar cosas espantosas. Al final mi padre acabó con el coche metido dentro de la piscina porque no controlaba los pedales.

—Después de Madrid os vais a la Unión Soviética…

—GP: Mi madre nos metió en un colegio ruso y una parte fundamental de lo que se aprendía allí era la educación para la paz, que en realidad eran como simulacros de juegos de guerra. De repente sonaba una alarma y tenías que ir corriendo a ponerte una máscara antigás. Luego en otro sitio montabas como un Kalashnikov y después tenías que salir corriendo a buscar al enemigo o a cavar trincheras. Era la guerra fría y estaba muy presente un posible ataque preventivo de Estados Unidos. Mi madre decía que aquello no era para tanto, que era la mejor manera de aprender ruso.

—Carmen, cuéntanos aquel incidente de Bimba con Nixon.

—CP: En una de las recepciones diplomáticas se encontró con Nixon, que iba camino de China para mejorar las relaciones entre la China comunista y Estados Unidos. Lo primero que le llamó la atención fue el color de Nixon. Nixon tenía un color naranja que ahora nos parece bastante habitual porque Trump también es naranja, pero en aquella época se suponía que los mandatarios de los países no se maquillaban. Hay que decir que Nixon se empezó a maquillar porque perdió las elecciones presidenciales contra Kennedy por su aspecto. En el primer debate que hubo en televisión Kennedy estaba guapísimo, perfectamente tuneado, y Nixon no sólo estaba sin maquillar, sino que tenía esa media barba de los hombres a las siete de la tarde. Parecía un enterrador. A partir de ese momento fue siempre maquillado con un color ladrillo que le quedaba francamente mal. En un momento dado, en el fragor de estas intervenciones diplomáticas que pueden ser sumamente aburridas, alguien encendió un mechero y mi madre casi ardió en llamas. La cosa no fue a más, pero siempre le pasaban este tipo de aventuras, también tuvo otras con la Reina de Inglaterra…

—Gervasio, ¿cómo recuerdas la relación entre tu madre y tu padre?

—GP: Es verdad que eran dos personas muy muy distintas y es cierto que mi padre era muy reposado, muy lector. Mi madre le sacaba a menudo de su zona de confort. Mi madre tenía ideas que parecían disparatadas pero que luego de repente solían salir bastante bien. Aunque mi padre no estaba de acuerdo en muchas cosas se daba cuenta de que mi madre acertaba a menudo.

—Carmen, mientras ellos están en Moscú tú te casaste con alguien que no le gustaba a tu madre. Pero ella no se interpuso.

—CP: Los dos eran muy liberales en ese sentido. Verás, cuando vivíamos en Madrid todas mis amigas tenían unos padres muy, muy estrictos. Si no llegaban a las 10 de la noche las castigaban y cosas por el estilo. Había castigos por hablar en la mesa, porque no saludar a la tía Enriqueta… Mis padres nunca me castigaron. Nunca me dijeron que tuviera que estar a ninguna hora en casa, aunque como yo quería ser igual que todo el mundo decía lo mismo. “No, no tengo que estar en casa a tal hora porque mamá o papá me van a regañar”. Y es verdad. Yo me casé con 19 años, lo que es un infanticidio y no recomiendo a nadie. Ellos no se opusieron, pero cuando llegó el momento de organizar la boda mi madre sí que intervino mucho y consiguió hacer esas cosas que mencionaba antes Gervasio, esas ideas absolutamente peregrinas y locas que luego salían muy bien.

—¿Vosotros siempre habéis tenido conocimiento de esos cuadernos de Bimba y de todas las cosas que ella iba acumulando?

—GP: Mi madre siempre quiso escribir un libro sobre su estadía en Rusia, porque fue la parte que más anécdotas generó de la carrera diplomática de mi padre. Pero nunca se ponía a escribirlo. Lo que hemos hecho nosotros es retomar esa idea en base también a los cuadernos de recetas que tenía mi madre. Tenía millones y ellos anotaba cosas que pasaban durante las cenas, de modo que los cuadernos, de alguna forma, nos han servido como vínculo. Digamos que en cierta forma hemos impostado la voz de nuestra madre uniendo todas esas anécdotas.

—Carmen, ¿cómo fue el encuentro de Mariano Rubio con tu madre?

—CP: No sé cómo Mariano superó la prueba de entrar en casa de mis padres, porque te voy a explicar cómo era la situación cuando él llegó. Se encontró la casa convertida en una película de Tintín. En las casas, normalmente, hay cuadros de un antepasado, de un paisaje bodegón, de la Virgen de Guadalupe, algo así. Pero aquí no. Mi casa la presidía un cuadro del capitán Haddock y otro de la Castafiore. Eso era porque mi hermana había dado una de sus fiestas épicas en Londres y había transformado toda la casa como si fuera el Castillo de Moulinsart. Mariano se lo tomó con bastante buen humor y pasó la prueba de mi madre.

—Venís de Uruguay y después de pasar por Madrid, Moscú o Londres, decidís afincaros en España. ¿Por qué?

—GP: Hemos tenido mucha suerte porque la mayoría de los hijos de diplomáticos acaba cada uno en una punta del mundo. Como Carmen se casó pronto y se quedó aquí, de alguna forma fuimos volviendo a España uno a uno. Yo, en mi caso, a los 17 años estaba en Uruguay y a mi padre le destinaron a Argentina de embajador. En ese momento mi padre me dijo: ‘Mira, no puedo tener una casa en Argentina, otra en Uruguay y una más en Madrid, así que tienes que elegir un destino’. Yo ya estaba ya un poco cansado de dar tumbos por el mundo, había vivido mucho tiempo en España, tenía amigos en España y prefería venir aquí antes de irme a Argentina y empezar otra vez desde cero. Aunque luego viví una temporada en Londres, ya entonces decidí asentarme en España.

—Quisiera saber más sobre el taller de escritura Carmen, algo fantástico, por cierto.

—CP: Esto es una idea de Gervasio. Cuando él escribió su primer libro, porque él se dedicaba antes al mundo de la publicidad, le fue muy bien.

—’El secreto del gazpacho‘, así se llama…

—¿Has leído a Gervasio? ¡Bravo! Cuando él me contó que quería escribir, le dije que necesitaría un profesor, alguien que le fuera orientando. Por suerte vivía todavía el profesor que yo había tenido cuando empecé, Mario Merlino, que era un gran profesor de escritura creativa. Le ayudó mucho y la novela funcionó fenomenal. Ahí fue cuando decidió que hiciéramos un taller de escritura. Antes nos matriculamos en diferentes cursos en Inglaterra y Estados Unidos impartidos por grandes escritores y ahí nos dimos cuenta de que los escritores nunca te dan la receta completa. Son un poco como los cocineros. Siempre se reservan un ingrediente. Y sin el comino, por ejemplo, las cosas no salen igual. Así que decidimos hacer una especie de traición al gremio de los escritores y contar todas las recetas, no solamente la mía y la de Gervasio, sino también la receta Hemingway, la de Dickens, la de Proust. En base a eso se construyó el taller, que es muy interactivo y muy personalizado al mismo tiempo, porque el alumno siempre está en contacto con su profesor y con el resto de los alumnos. Se crea una dinámica de grupo y desde casi la primera lección ya están escribiendo para que pierdan el miedo a la página en blanco.

—Parece que desde la pandemia hay más autores que antes…

—GP: Curiosamente, en España siempre ha habido mucha gente con interés en escribir. Incluso te diría que hay más escritores que lectores. Lo que tiene nuestro taller (yoquieroescribir.com) es que es online y se ha perdido un poco el miedo a la enseñanza online. Durante el confinamiento, hay gente que ha querido aprobar esa asignatura pendiente que tenía, ya fuera escribir un libro o aprender a cocinar bien. Hay mucha gente que se ha animado a escribir y, concretamente, a escribir su autobiografía. Hemos tenido un curso muy grande de alumnos que quieren contar su vida y aprender las herramientas básicas para poder hacerlo con garantías.

—Carmen, ¿se pueden enseñar los procesos creativos?

—CP: Pues mira, si le preguntas a la mayoría de los escritores te van a decir que esto de escribir es un rayo divino que te toca y que solamente algunos privilegiados tienen ese don. Yo creo que es una gran soberbia porque es cierto que escribir, como cualquier otra disciplina, requiere un tanto de talento, pero también mucho de oficios. A nadie se le ocurre, por ejemplo, ser un bailarín sin pasarse horas haciendo barra, o jamás serás un pianista si no estas horas y horas tocando el piano y haciendo escalas, ¿no? Así que hay que tener un pequeño talento, pero luego los rudimentos de escribir se pueden aprender. Nosotros te enseñamos, aparte de escribir, a leer, que parece una tontería porque todos sabemos leer, pero no. Es muy distinto leer como un escritor que leer como un lector; si tú lees como un lector, simplemente te vas a fijar en si Oliver Twist encuentra su mamá o no, y vas a llorar mucho con las aventuras de de Jane Austen. Sin embargo, cuando lees como un escritor, te metes en la tramoya. Es como ver el envés de la trama, cómo se fabrica un personaje, cómo se crea un diálogo. Todo eso se aprende de los maestros.

—¿La forma de escribir ha cambiado en los últimos 20 años?

—GP: Depende un poco del tipo de escritores. La gente que escribe literatura más seria ha intentado acoplarse a los gustos más populares. Escritores como Juan Benet sería más complicado que tuvieran un hueco en el mercado, y no quita que grandes escritores sigan escribiendo muy bien, pero quizás han suavizado un poco sus aristas en algunas cosas. En los años 80 había grandes best sellers, pero también libros literarios que vendían millones de ejemplares. Ahora tenemos casos como el de Aramburu, con Patria, que es un libro literario que ha tenido éxito. Pero los best sellers están más monopolizados por la novela negra o por la novela fantástica, por ese tipo de géneros.

—Carmen, ¿a ti cómo te surgen las historias?

—La inspiración está por todos lados, por eso hay que estar siempre alerta, porque te asalta en los momentos más inesperados. Puede ser un sueño. Los sueños son muy fértiles para la literatura. O puede ser una escena que se te queda en la cabeza y que cuando la ves no te llama la atención, pero que más adelante va creciendo dentro de tu cabeza. Imagínate que estás en el Metro y hay alguien que está parado justo al lado del andén y que se gira violentamente. Eso tú lo ves y no tiene mayor importancia, pero más adelante en tu cabeza empieza a crecer esa idea y tú le vas añadiendo eslabones hasta que se convierte en el germen de una de una novela. También puede surgir en la lectura de un libro. Hay dos cualidades que tiene que tener un escritor. Una es ser un gran lector, eso es fundamental porque si no te pasas la vida descubriendo el Mediterráneo, creyendo que eres un genio y bueno, eso ya lo hizo Homero hace no sé cuántos cientos de años. Otra cualidad es tener curiosidad y siempre estar con el ojo muy abierto, porque las historias están por todas partes.

—Gervasio, ¿cualquiera puede escribir?

—GP: Depende de a qué llamemos a escribir. Puedes escribir relatos, puedes escribir una autobiografía, pero creo que una novela es como correr una maratón. ¿Y todo el mundo puede correr una maratón? Pues hombre, más o menos. Al final es verdad que hace falta ese punto de talento y de poso, de conocimientos y de haber leído. No estoy diciendo de que sea un tema complicadísimo, pero sí hacen falta esas condiciones mínimas. Sin esas condiciones mínimas es complicado, pero hay que descubrirlas.

—¿La autoedición es una bendición o una maldición?

—CP: Yo creo que es una bendición. Además, las redes sociales han abierto la puerta a una cantidad de autores que antes eran víctimas de la pescadilla que se muerde la cola. Como no me conocen, no me publican. Y como no me publican, no me conocen. Salir de ahí era muy difícil. Ahora es bastante frecuente el caso de gente que manda su novela a una editorial, se la rechazan, la cuelga en la red y de repente empieza a tener visitas, visitas y visitas. Y de repente se convierte en un fenómeno mundial. El caso más notorio de este fenómeno son las 50 sombras de Grey, que no es mi novela favorita, pero que ha vendido millones y millones de ejemplares. Fue así. Ella quería hacerle un homenaje a la saga Crepúsculo, de la que era muy fan, y decidió cambiar los vampiros y ponerlos en Wall Street y hacer como una novela de vampiros en Wall Street. Y mira lo que le salió. Ha sido un éxito cósmico. Hay muchos ejemplos de gente que cuelga su novela en Internet y empieza a tener muchas visitas hasta convertirse en un fenómeno editorial.

—¿Vuestra casona de Uruguay todavía existe?

—GP: La casa en la que nacimos tanto Carmen como yo, y que aparece en Hoy caviar, mañana sardinas, sigue existiendo, lo que pasa es que ya no es propiedad de mi familia. Aparte, está dentro de una especie de conjunto de edificios que se llama el parque Posadas, que son edificios de apartamentos en los que vive gente. La casa ha quedado como el Centro Cultural de esa especie de condominio. Sigue en pie, aunque está en un contexto muy distinto del parque que había cuando nosotros éramos pequeños.

—¿Cómo valorais la influencia que han adquirido las redes sociales?

—Las redes sociales son un instrumento y los instrumentos se pueden usar tanto para el bien como para el mal. ¿Un cuchillo es malo? Pues no. Un cuchillo sirve para cortar el filete y también para pegarte una puñalada. Las redes nos han traído cosas maravillosas, como esta conversación que estamos manteniendo nosotros. Tú estás en Málaga, Gervasio en su casa y yo en la mía, y estamos charlando como si fuéramos tres amigos sentados en un bar. Hay cosas extraordinarias, pero también es cierto que agudizan mucho los rasgos peores del ser humano. Sobre todo por el anonimato. Tú puedes cometer todas las tropelías que se te ocurran y quedar impune. También puede crear un fenómeno de imitación llevado completamente al absurdo. Alguien tiene muchos likes porque se ha comido 40 huevos fritos y entonces llega otro y dice que va a tener muchos más likes porque se va a comer 60 huevos fritos. Entonces se produce algún efecto de imitación de cosas completamente imbéciles. Y luego está el fenómeno de los influencers. Antes los niños querían ser bomberos, astronautas, o querían ser médicos o enfermeras, cualquier cosa, pero ahora todos quieren ser influencers porque sin hacer nada más que bobadas puedes ganar mucho dinero.

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