Un gesto. Benzema marca el tercero y convoca a sus compañeros con autoridad de padre escolapio. Vengan. Y van. Se abrazan al capitán y entre ellos. Proliferan las sonrisas, como es habitual. No me quito de la cabeza que la complicidad es la principal virtud del equipo. Se los ve contentos. No se advierten egos desaforados. Ignoro si serán amigos, porque la palabra es gorda, pero apuesto a que hablan mucho. También de fútbol. De matices al sistema general, de cómo ayudarse, te cubro la espalda, de desmarques recurrentes; ni mires, allí estaré yo.

La consecuencia es que el Madrid juega bien, concepto evanescente, pero sobre el que nos ponemos de acuerdo cuando los equipos mueven el balón con rapidez y avanzan, cuando el dominio daña al contrario, cuando los jugadores se ofrecen.

Y conste que no era noche para filigranas. Sobre el papel, al menos. Viaje largo, lugar sin cajeros automáticos y enemigo motivadísimo. Con algunos jugadores interesantes, que nadie los tome por membrillos. No lo fueron en el Bernabéu y esta vez tampoco quisieron serlo. Su problema fue el Madrid, su estatura, su aplomo de equipo grande. No tuvo opción el Sheriff. Corrió mucho y se desordenó poco, pero eso no vale nada cuando Kroos y Modric se sienten a gusto, cuando Casemiro se limpia el óxido y cuando Benzema es él mismo. Añadamos en este caso a Rodrygo. De pronto recordamos por qué decíamos que entiende mejor el juego que Vinicius.

El primer gol lo marcó Alaba con un tiro de falta algo afortunado. De los futbolistas que forman las barreras se debería decir lo mismo que de los mirones en el mus: son de piedra y dan tabaco. El jugador que abrió una pierna y desvió el balón no debe ser musolari.

El segundo lo marcó Kroos para poner fin a una jugada esplendorosa. Cada pase mejoraba el anterior. El remate (siempre con el interior) golpeó en el larguero; la tecnología de gol tuvo que confirmar que la pelota había entrado en la portería. Cada vez que esto ocurre, Míchel sufre un pinzamiento lumbar.  

El tercero lo hizo Benzema, a su estilo. Control y chut en el mismo latigazo. Imposible para una inmensidad de anatomías humanas.

Otro gesto, el último. Finalizado el partido, Benzema se quitó la camiseta para corresponder a la petición del guardameta del Sheriff. Dicen que los porteros están locos, pero es mentira.

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