Marcando apenas 2 goles en 5 partidos de Champions League, se necesita poco menos que un milagro para pasar a octavos de final. Y ese milagro tiene nombre y apellidos: ganar al Bayern Múnich en el Allianz Arena. Donde nunca se ha ganado. O uno similar: rezar para que el Benfica no le gane al Dinamo de Kiev. Pero los milagros existen y prueba de ello es el fallo de Seferovich en el descuento del partido que hubiera eliminado a los azulgrana sin esperar a la última jornada. Hubiera sido del todo injusto: los de Xavi merecían llegar vivos al último duelo.

Porque pese a la lluvia torrencial que cayó sobre Barcelona y que impediría cualquier excusa al nuevo míster —no podría decir que el césped estaba seco— utilizando casi los mismos jugadores de los que disponía Q-Man, su propuesta era mucho más atractiva. De nuevo presión adelantada y rondo innegociable. El cambio de técnico parece notarse, con una gran primera mitad del centro del campo y la vieja gloria arropada por niños top: Gavi y Nico fueron el segundo y tercer jugador con más kilómetros recorridos en la primera parte. Por si algún agorero demanda físico o músculo para jugar. Y es que al final, saldrá o no saldrá, pero acaso esto sea la primera milla para ganar un maratón.

Pero la falta de nivel en algunas piezas y de experiencia en otras penaliza demasiado a este equipo. Ver a un imperial Araujo en un lado y a un blando Lenglet en el otro puede ser una de las situaciones de riollorismo más espeluznantes que haya vivido cualquier culé. Igual que  empezar a darse cuenta de que Memphis, a quien la lluvia le sienta como a un gremlin, ya no parece mejor que Barry White. Resulta imposible no acordarse en estos partidos del “inigualable” —sí, el que lleva más goles en la Champions que todo el Barça— cuando se empezaba cada partido con ese 1-0 que habría sido suficiente hoy.

Dos sustos del Benfica en la segunda parte confirmaron que Ter Stegen puede estar de vuelta. Y que la endeblez defensiva sigue intacta. Y que el desgaste físico empezaba a decantar el partido más a lo voluntarioso que a lo futbolístico. Un nuevo quiero y no puedo, acentuado por la salida de DembeLOL. El francés, que aguantó el calentamiento sin lesionarse, revolucionó el partido con su sexta marcha. Lástima que su mente extiende cheques que su fútbol no puede pagar y sus regates y desbordes volvieron a quedar como fuegos de artificio. Ya son cinco años esperando que decida un partido importante. Spoiler: no va a llegar.

El empate final convierte la posibilidad de volver a la Europa League 18 años después en más real que virtual. Y por si el milagro de Múnich no llega, el culé optimista habrá de buscar paralelismos con la historia para consolarse: aquella temporada 2003-04 fue el preludio de algo grande…

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