Érase una vez una mujer que no le tenía miedo a nada. O bueno, tal vez érase una vez una mujer que le tenía miedo a muchas cosas, a esas cosas que la rodeaban, que la perseguían, que la acechaban, que no la dejaban vivir por ser distinta, pero que un día decidió que nunca permitiría que ese miedo se trasluciera para nunca jamás parecer vulnerable, para que nadie se sintiese en el derecho de ordenarle cómo llevar su vida.

Los colores del tiempo, a pesar del nombre, es una novela en blanco y negro que narra la vida de Adela, una mujer de profundas convicciones republicanas y anarquistas, viuda de un anarquista que debe intentar sobrevivir durante la posguerra española como maestra junto a Lucía, la hija que le dejó Enrique, el amor de su vida. Ana Alonso (Tarrasa, 1970) hace en esta novela un magnífico retrato de aquella época oscura y fría en la que los buenos y los malos, los perdedores y los vencedores, se vieron obligados a convivir unos junto a otros. Ana Alonso nos los presenta a todos ellos llenos de matices, mientras va trazando una espléndida metáfora entre el amor que ella perdió, con la guerra que todos ellos perdieron, y mostrándonos las heridas abiertas y las cicatrices que le dejaron a ella ambas derrotas.

Pero Adela no es una mujer derrotada bajo ningún concepto. Adela es una tenaz luchadora que va soportando los embates de unos y otros, sean los que sean, en especial los de Don Marcos, el cura que ha decidido ayudarla y enderezar su vida. Porque para Adela enderezarse significa abominar de todo aquello por lo que ella ha luchado, y eso la hace rechazar todo con tal de mantenerse fiel a unos principios que intenta inculcar a su hija. A veces siente que los buenos no lo son tanto como ella piensa ni los opresores tan malos como imaginaba. Eso la hace navegar entre dos aguas y luchar contra sus propias contradicciones, viendo cómo Lucía se adapta y es feliz con todo lo que ella desprecia.

Los colores del tiempo te habla del frío y del hambre, de las cartillas de racionamiento, de los curas de pueblo y de los maquis, de los colegios de monjas, de las cosas de las que se podían decir en voz alta y de las que no, de la gente de la que te podías fiar y de aquella de la que te podías esperar cualquier cosa. Esta novela habla de todos aquellos que habían perdido la guerra y que tenían que seguir viviendo con el estigma de la derrota. Los blancos y los negros se van difuminando y van apareciendo tenues colores que terminarán por llenarlo todo. La novela te habla de cómo ser mujer, pero no de cualquier manera, sino de cómo ser una mujer completamente sola que sigue caminando pese a todo.

Los colores del tiempo habla de todas las mujeres que intentaban sobrevivir mientras cantaban, cocinaban, escribían a escondidas, enseñaban o leían, sin dejarse ver mucho, intentando pasar desapercibidas ante aquellos hombres empeñados en dirigir sus vidas, tan ciegos que no se daban cuenta de que ellas eran el único color en mitad del blanco y negro.

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