«Fondo blanco, una crónica sentimental sobre el Real Madrid» es un sueño que necesita tu ayuda para convertirse en realidad. Es un documento de Word que está pendiente de una campaña de crowdfunding para transformarse en un libro.

Mi nombre es Juan Carlos Guerrero. Fui periodista deportivo y me gusta pensar que siempre lo seré aunque ya no me dedico al periodismo. Sin embargo, hay una cosa que no puedo dejar de hacer: escribir sobre fútbol y, especialmente, sobre el Real Madrid. Después de pasar un año en Marca y seis en La Sexta, dejé el periodismo deportivo por problemas de salud ocasionados por el estrés de este mundillo tan insano. La pasión, que se había enfriado al convertirse en trabajo, volvió. Y con ella las ganas de seguir escribiendo sobre el club con el que mantengo la relación amorosa más larga de mi vida. En este tiempo he colaborado con SpheraSports, Diarios de Fútbol, La Galerna y A la Contra.

Y ahora he escrito mi primer libro. Lo publicará, si todo va bien, la editorial Libros.com, que utiliza el método del micromecenazgo para conseguir la financiación de la primera edición. Si compras el libro ahora, ayudas a que se pueda publicar y además pondrán tu nombre en las páginas finales, junto al resto de mecenas que han apoyado el proyecto en esta fase.

En este enlace puedes hacerte mecenas: https://bit.ly/2Xg0gTq

¿Qué encontrarás en el libro? Un repaso personal a la evolución del fútbol (y del Real Madrid) como deporte y como negocio desde que a mediados de los 90 me iba a casa de mi abuelo a ver los partidos en abierto de los sábados por la noche hasta la actualidad. También hay mucha reflexión sobre la profesión de periodista deportivo a raíz de mi experiencia. El libro busca que los nacidos en los 80 y 90 se sientan identificados con el descubrimiento de una pasión común. Seguramente, los madridistas lo harán más, pero no solo ellos porque las emociones son universales. A continuación, puedes leer un fragmento de lo que encontrarás en el libro:

El Madrid es como mis padres: ya estaba ahí antes de cualquier cosa que pueda recordar.

Yo sé que en junio del 94 ya era del Madrid porque en la excursión de fin de curso iba con mi amigo Miguel en el autobús y le dije: «A ver qué tal el año que viene en la UEFA». A las puertas de cumplir siete años ya me comportaba como un adulto que habla sobre cosas que no entiende.

Siempre me pregunto por qué me hice del Madrid y lo que está descartado es que fuera por herencia familiar. Al menos, no  por familia de sangre. A mis padres no les gusta ningún deporte, y con los dos futboleros con los que comparto genes no coincido en colores: mi tío Jesús, por parte de padre, es del Athletic de Bilbao (hay mucho «aficionado athleticzale» en Castilla-La Mancha, algo que yo nunca he entendido por qué alguien se hace de un equipo en el que no le dejarían jugar), y mi abuelo materno (mi yayo) era del Barcelona. Él se hizo culé porque un tío suyo se había ido a vivir a Barcelona y cuando volvía al pueblo le hablaba maravillas de César y después del mítico Kubala. Hacerte de un equipo de oídas quizá tiene más encanto que si lo eliges con los ojos.

Descartado mi árbol genealógico como origen de mi madridismo, tengo que acudir a Valentín, el hijo de unos amigos de mis padres, siete años mayor que yo y que, durante algunos momentos de mi infancia, consideré una especie de hermano mayor: si algo no existe, hay que inventarlo, y nadie mejor que los niños para crear, ya sean ilusiones, miedos o hermanos mayores. Tengo el vago recuerdo de llegar a su casa, entrar en su habitación y ver a través de la televisión esa maravillosa luz blanca que solo el Bernabéu puede desprender, y creo que fue lo único que me pudo gustar en una temporada en la que todo era oscuridad en torno al club: yo me hice del Madrid un año que quedó cuarto en la Liga por detrás de Barça, el Dépor y el Zaragoza. Para que luego digan que la gente es del Madrid porque gana.

Aquella temporada para olvidar tuvo dos momentos que se me quedaron grabados. Con seis años entendí que lo que veía en los dibujos de Oliver y Benji estaba basado en hechos reales, porque José Luis Morales marcó un gol de chilena al Dépor en el Bernabéu. No fue tan espectacular pero, desde entonces, llevo esperando a que alguien se atreva con la catapulta infernal. Aquel gol me pilló cenando en casa de mis vecinos un sábado por la noche e inauguró mi inútil capacidad para recordar dónde estaba yo en momentos importantes o intrascendentes de la historia del Madrid.

El otro hito que llegó hasta el futuro de aquella temporada fue la bronca de Benito Floro en Lleida y su apología del pito para follar, que, pensándolo ahora, vaya obviedades decía Floro. Aquello se escuchó en el programa El día después, de Canal Plus, cita obligada para los futboleros cada lunes por la noche. Yo, normalmente, solo veía la primera parte del programa porque a las nueve había que poner las noticias por orden de mi padre, que solía soltar una de las frases menos ciertas de su vida: «Esto no te va a dar de comer». En su descargo hay que decir que yo pensaba lo mismo en aquella época porque aspiraba a ser panadero. Aunque lo descarté pronto cuando me enteré de los horarios intempestivos que había que cumplir, supongo que en aquella idea se reflejaba un rasgo de mi personalidad: la necesidad de ver resultados pronto. Siempre he necesitado ver frutos a corto plazo; posiblemente sea el único requisito que cumplo para poder ser presidente del Madrid.

Todo el mundo dice que el primer fútbol que vio es el mejor de todos los tiempos, y yo no voy a ser una excepción. Ese fútbol de los 90 al que yo llegué era mejor que el de ahora. No hablo del juego, sino de todo lo demás. El fútbol no es solo un deporte, es un negocio, una industria del espectáculo, pero también, como prefiero verlo yo, un compendio de historias. Programas como El día después nos regalaron una serie de imágenes y anécdotas que hoy serían imposibles. El fútbol se ha vuelto tan profesional, y a la vez tan serio, que ha perdido la sonrisa de las historias periféricas. Ya es imposible que las cámaras se acerquen a los jugadores mientras dan un paseo por el césped en la previa del partido, que se coloquen junto al banquillo para escuchar los gritos del entrenador y, en algunos estadios, incluso que graben a la grada durante el partido. A mí me enviaron al Bernabéu en 2013 a cubrir un Real Madrid-Valladolid, le dije al cámara con el que iba que grabara a unos tipos que creí que podían darnos material para un reportaje, y rápidamente vino la seguridad del club a decirnos que estaba prohibido apuntar hacia el público. De volver a ver a un árbitro con un micrófono durante un partido, ni hablamos.

El negocio quiere tenerlo todo controlado y acaba por fabricar un producto con aroma artificial, como los yogures con sabor a frutas. Ni siquiera se les puede preguntar a los jugadores por otra cosa que no sea el partido que acaban de disputar si no quieres que te sancione el «Gran Hermano». Los clubes se bunkerizan tras tres anillos de seguridad; ver a unas monjas acosando a Butragueño a la salida de un entrenamiento como a principios de los 90 son imágenes extinguidas, y no solo porque ahora haya menos monjas.

No toda la culpa es de los actores futbolísticos, también la tienen los medios, viendo rajadas y polémicas en cualquier suspiro. Pero ya habrá tiempo de hablar de estos temas sobre mi etapa como periodista en medios nacionales y deportivos entre 2008 y 2015. Tal y como le ocurrió al madridista Rubén de la Red del fútbol, un problema de corazón me retiró del periodismo antes de los 30 años.

Muchas gracias por vuestro apoyo.

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