Esta no es la leyenda de Bigfoot, ni la del Monstruo del Lago Ness, aunque así la reciban muchos escépticos. Que tantas personas atiendan a las teorías de la conspiración como si fueran cuentos fantásticos es la prueba definitiva del éxito de la mayor operación de encubrimiento de la historia contemporánea. John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos y cuyo asesinato cumple 58 años, no fue víctima de un loco solitario llamado Lee Harvey Oswald, sino de una trama en la que intervinieron la CIA, la Mafia y destacados miembros de ese poder invisible que Eisenhower denominó “el complejo industrial militar”, esa perversa alianza entre los militares y los fabricantes de armas.

“Todo el mundo odiaba a Kennedy menos la gente”. La frase la pronunció Saint John Hunt, hijo de un agente de la CIA vinculado al asesinato que dibujó el esquema de la conspiración poco antes de morir. El suyo es un testimonio que, como tantos otros, fue desacreditado de inmediato porque la propaganda es implacable cuando se mezcla con la autosugestión. Aunque según una encuesta de 2013, el 62% de los estadounidenses creen que existió una conspiración para matar al presidente Kennedy, nadie se ha rebelado ante la sospecha del complot. Si acaso unos pocos excéntricos, como Oliver Stone, director de JFKy por contagio Kevin Costner, protagonista de la película, y que ha vivido durante años tan obsesionado con el caso como lo estuvo el fiscal Jim Garrison, a quien interpretaba. Pero ya saben cómo es la gente de Hollywood. Tan poco fiable como los espías jubilados o los personajes anónimos que solo buscan cinco minutos de fama. Siempre hay una excusa para negar la conspiración y la primera razón es la comodidad. Se duerme mejor imaginando que los gobiernos no matan a sus presidentes.

Podría parecer que la historia del magnicidio no tiene relación con el deporte, ni con el cine o las artes, que son los asuntos de los que hablamos y escribimos en A LA CONTRA. Pero no es cierto. Tiene relación con todo. Su impacto social fue tan enorme, y lo sigue siendo, que hemos querido impregnarnos del recuerdo de aquel mediodía en Dallas.

Lo ocurrido no pertenece a otra época. Cuando llegó a la presidencia, el bravucón Donald Trump anunció que haría públicos todos los expedientes secretos relacionados con el asesinato. Más que por voluntad propia debía hacerlo por imperativo legal. En 1992, el presidente George W. Bush firmó el compromiso de revelar en 2017 los archivos clasificados. Cuando llegó el momento, Trump desclasificó 2.891 archivos, pero, por recomendación de la CIA y el FBI, impidió que otros 200 fueran de dominio público y aplazó su descubrimiento a 2021. La excusa oficial aludió a “razones de seguridad de nacional”. La pregunta es obvia: ¿Qué riesgo puede correr la seguridad de Estados Unidos medio siglo después del asesinato?

Pero no teman, en 2021 tampoco se han revelado los misteriosos archivos. En una nota publicada el pasado mes de octubre, desde la Casa Blanca se anunció que la revelación se retrasará debido al Covid-19. Según se indicó, la Administración Nacional de Archivos y Registros ha llegado a la conclusión de que, debido a la pandemia, se requiere tiempo adicional para consultar con las agencias gubernamentales para determinar cuánta más información sobre el asesinato de 1963 se puede divulgar. «Tomar estas decisiones es un asunto que requiere de un proceso profesional, erudito y ordenado; no decisiones o comunicados hechos apresuradamente». En resumen, la divulgación de los archivos se pospone hasta el 15 de diciembre de 2022, si bien ciertas informaciones no peligrosas podrían ser reveladas el 15 de diciembre del presente año.

Algo parece claro: si Oswald hubiera sido el asesino el caso estaría más que cerrado. Pero es muy posible que Oswald ni siquiera disparara. Era un pésimo tirador y había que serlo muy bueno para hacer diana con un rifle tan arcaico como el Mannlicher-Carcano M91 de fabricación italiana, más aún si pensamos que el rifle que se atribuyó a Oswald tenía la mira descentrada.

Kennedy no tenía escapatoria. Pudieron asesinarlo antes en Chicago, en Miami o en Tampa, planes había para ello, y habría muerto en cualquier otro lugar si aquella mañana no hubiera lucido el sol en Dallas, lo que facilitó que la limusina presidencial hiciera su recorrido sin capota. Antes de Dallas siempre falló algo: o los ejecutores o el chivo expiatorio. La víctima, sin embargo, siempre estuvo en el mismo sitio, cabalgando sobre el tigre.

JFK no acertó ni con los aliados ni con los enemigos. Cuando a los 43 años se convirtió en el presidente más joven de la historia de Estados Unidos (todavía lo es) lo hizo con la ayuda del diablo. Joe Kennedy, su padre, se manejaba bien en las tinieblas. Había hecho su fortuna con el contrabando de alcohol en los años de la Ley Seca. Como embajador estadounidense en Londres (1938-40), no ocultó sus simpatías hacia los nazis. Como político y hombre de negocios tuvo contactos con la Mafia y no dudó en apoyarse en los gángsteres conocidos para que su hijo fuera presidente. Y conste que John no era el elegido. Sólo fue el sucesor en los sueños del patriarca cuando el primogénito, Joseph, murió en la Segunda Guerra Mundial; su avión desapareció en una misión secreta. La familia y las brumas eternas.