El principal dilema de Laso durante este eterno invierno que supone la fase regular de la Euroliga se halla entre la necesidad de construir un equipo que integre las nuevas y viejas piezas y la inevitable tentación de ahorro de minutos para que los jugadores estén frescos en la primavera, cuando se decidirá todo. La mala experiencia de otros años, con puntales derrengados en el momento clave, constituye un recordatorio perenne similar a aquel esclavo que le susurraba al general romano victorioso cuando desfilaba triunfal en cuadriga. Memento mori. Sin duda Laso escucharía el consejo de buen grado, pero la irregularidad y las bajas impiden al entrenador vitoriano proteger la reserva de energía de sus muchachos tanto como quisiera, ni siquiera cuando el rival es el Zalgiris.

Porque este flojo Zalgiris, por más que muchos analistas hayan subrayado inexplicablemente el interés de algunos de sus integrantes —con la especialización hay gente que encuentra fascinante cualquier cosa, hasta los deportes de motor—, dista mucho de hacer honor a una entidad histórica del baloncesto europeo. No ya a aquel mítico equipo liderado por Sabonis en los ochenta, sino también al reciente grupo que, dirigido por Jasikevicius, se coló con el cuchillo entre los dientes en la Final Four del 2018 y que tan cara vendió su piel. Y sin embargo, a pesar de las innegables carencias lituanas, Laso no terminó de verlo claro: el Madrid salió con los titulares, dispuesto a dejar las rotaciones para cuando los deberes estuviesen hechos.

Los blancos comenzaron más voluntariosos que acertados, con un parcial inicial obtenido a partir de una serie de jugadas más fruto de las ganas que de la claridad. Heurtel continuaba alternando sus genialidades con malas lecturas de la situación, si bien tras cada pérdida o fallo en el pase asentía mirando al banquillo con rictus comprensivo, no en vano desde que llegó ha querido suprimir cualquier imagen que lo etiquetase como divo; el base francés pretende demostrar que sus errores dependen de las dificultades en el encaje antes que de una supuesta falta de actitud. Por otro lado, su compatriota Yabusele, quien está protagonizando un excepcional arranque de temporada —gran imprudencia la de permitir a los ojeadores NBA sentarse en el Palacio en lugar de recibirlos con una escopeta—, acumulaba números sin tampoco demostrar el mejor tacto. El primer verdadero despegue en el marcador ocurrió en el segundo cuarto y vino con Rudy y Llull en la pista, gracias a la rebaja del precio en el kilo de mandarinas menorquinas. El Zalgiris quiso aferrarse al encuentro y atacó las comprensibles debilidades físicas del joven Vukcevic en el puesto de cuatro, consiguiendo llegar al descanso con una honrosísima desventaja de solo seis puntos.

Tras la vuelta desde el vestuario Heurtel tomó de nuevo las riendas, anotando con facilidad gracias a su talento ofensivo pero dejando un hueco en defensa que aprovechaba sistemáticamente Lekavicius. El encuentro tenía un ritmo cada vez más alto, tan escaso en interrupciones que por momentos casi adquiría pequeños tintes de correcalles. El tiro exterior lituano, no siempre ortodoxo en su mecánica, mantenía a los de Zdovc en el electrónico como un molesto chicle adherido a una suela. Harto de los espacios concedidos en la propia canasta, Laso sentó a Thomas por Llull a falta de otro base sano de dotes más defensivas. Poca variación se consiguió, y el Madrid inició el último cuarto con un peligroso 75-70 en el marcador, con los triples de Cavanaugh y los puntos de Giffey metiendo un poco el miedo en el cuerpo a la grada.

En el último período, Pablo recurrió una vez más a la arriesgada apuesta de cuatro pequeños simultáneos en el parqué, en un dibujo que reduce los futuros años de vida de Rudy al colocarlo en el puesto de ala-pívot. No obstante, el sacrificio mereció la pena: ese ímprobo esfuerzo por parte del mallorquín, unido al marcaje de Causeur sobre Lekavicius, los aciertos de Llull en la transición y el infinito caudal de rebotes de Poirier permitieron la ruptura definitiva y el final feliz al que la parroquia madridista se halla acostumbrada. Es muy posible que los trece de diferencia dejen una idea equivocada al hincha que descubra el resultado hojeando el periódico de la mañana siguiente. Pero a Laso no le hará falta ningún esclavo murmurante para asumir lo que ya sabe: en esta Euroliga ya no quedan bálsamos.  

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