Hay tres referencias verdes en la noche: el logo del Mercadona, la cruz de la farmacia y la pantalla de una terraza en la que siempre se puede ver el césped de un partido de fútbol. Casi todas las necesidades básicas quedan cubiertas en el barrio: falta la cruz de la parroquia, apagada, pero es que Dios ya no está para hacer horas extras. El que sienta el impulso de emigrar por esta tristeza noruega que ha traído el cambio de hora, se lo tiene que pensar dos veces.

Es inevitable que en esa terraza se emitan partidos antiguos, porque no se produce tanto fútbol fresco y hay que echar mano de la nevera. Pero tampoco vamos a ponernos exquisitos: muchas cenas de pequeños nos las salvaron los San Jacobos congelados que nos freían en aceite ya usado y aquí estamos. ¿Cómo nos va a echar atrás un partido de hace unos años?

Esa vuelta al pasado es, además, beneficiosa para todos. Cuanto más intrascendente sea el partido, mucho mejor. Un partido en el que los tres puntos se hayan quedado olvidados en la taquilla del vestuario. Un partido sin entrada en la Wikipedia. Un partido en el que, en el descanso, los jugadores miren al entrenador en busca de una razón para salir de nuevo al campo.

Y es comprensible. Hay partidos a las cuatro de la tarde, bajo inmensas nubes grises que esconden naves alienígenas, a los que vas porque nadie de los que has llamado ha querido tu abono. Los mismos que habrían salido del velatorio de un pariente para ir a un partido de Champions te dicen ahora que si el frío, que si van a pintar el cuarto de invitados, que si a ver si empiezan de una vez En busca del tiempo perdido. Vas tú, pues, porque no usar el abono es como hacerte una pizza en el microondas cuando Natalie Portman puede estar esperándote para cenar en un restaurante.

Así que acudes con cierta desgana, sabiendo que ir a partidos así son los que te definen como buen hincha. Lo único que le pides al partido es que no llueva.

Sin embargo, en ningún momento se te pasa por la cabeza que los jugadores puedan compartir contigo tu estado anímico. A ellos se les supone inmunizados contra todo por esa vacuna de varios ceros que inyectan en su cuenta corriente cada mes. Ese dinero, puedes afirmarlo, porque tú te levantas una hora antes el mes de la paga extra, debería darles una cantidad infinita de energía y una predisposición constante a saltar al campo con el firme propósito de meter los goles de dos en dos. En la cabeza de un futbolista rico las nubes de la depresión no se asoman ante un sol sonriente como el de los Teletubbies. Y por eso les exiges todo.

Pero el dinero no lo puede todo y es posible que, como tú, en el descanso los jugadores se quiten las botas como el que desactiva una bomba y se pregunten si merece la pena salir a jugar el segundo tiempo. Tú mismo has pensado que se podría dar por cerrado el partido para volver a casa con Proust o con Netflix, según se dé. Pero ese pensamiento no se lo permites a los jugadores. No.

Te imaginas a Enrique V entrando en el vestuario, eh, chavales, y soltando un discurso de esos que te animan combatir, aunque toques a cinco enemigos por cabeza, que cinco enemigos no son nada, y que la gloria y que happy few y tal. Dicho lo cual, se bajará de la nevera portátil, se abrirá una cerveza sin alcohol y, después de bebérsela de un trago, se marchará con urgencia, como si hubiera dejado el caballo sin tique en zona verde.

Pero lo cierto es que el entrenador, más que parecerse a Kenneth Branagh, esta tarde recuerda al Houllebecq en albornoz de Thalasso, película que se le hace bola al propio seguidor de Filmin, fumando lentamente sin saber muy bien qué decir. Sentado en el vestuario, mira el humo del cigarrillo mientras mentalmente ensaya algunas frases: “Somos lo que hacemos” o “El artista cuida la parte de su obra que no va a ver nadie” o “Hoy toca jugar para uno mismo”. Frases que al principio brillan pero que una vez expuestas, como la tela de un comerciante tramposo, pierden todo el color y se quedan en mensajes para la taza de desayuno.

El míster querría estar en casa, los jugadores también, el árbitro, que se ha venido abajo al comprobar que nadie reclama las faltas y que todos parecen jugar esperando que llegue la roja que los salve, sueña con aplicar una prórroga negativa y tú, también tú, sabes que esos cuarenta y cinco minutos que quedan no van a sacar ningún brote de una planta muerta.

Con estas cartas, los jugadores salen a jugar en la segunda parte porque temen que si se dejan llevar por la apatía acaben como Houllebecq. Y Houllebecq se limita a cambiar a los dos que se niegan a salir. Y ahí la prensa verá una gran decisión táctica, igual que tú. Y volverás a tener fe en los descansos y en los grandes discursos, que si Elvis sigue vivo, por qué no habría de estarlo Churchill animando a los jugadores ahí donde Kenneth Branagh, sin caballo porque se lo ha llevado la grúa, no puede llegar.

Y así llegamos a esta noche en el barrio. Con este partido en la pantalla y con uno de esos jugadores que se negaron a salir tomándose una cerveza de incógnito con el Bugatti subido en la acera, las gafas de sol puestas y la modelo rusa jugando con desgana al Tetris en su móvil de oro. El jugador identifica el partido y se queda mirando. No daban ganas de jugar, pero lo que ve de ese segundo tiempo merece la pena. Merece la pena. Parecía que no iba a quedar nada, pero algo perdura en el tiempo. De todos los que están en la terraza, él es el único que sigue con atención lo que pasa en la pantalla. A su lado, como si hubiera cogido el metro en sentido contrario, alguien se ve obligado a decirle el resultado del partido para traerlo al presente. Ante esa intromisión, la rusa levanta la vista del móvil y suelta una frase en un tono que obligaría a un oso a volver a su cueva a seguir hibernando.

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