Ha querido el destino que el final del periplo como entrenador del Barça de Ronald Koeman, apodado Tintín, se haya parecido más bien a un cómic de Mortadelo y Filemón. Si hasta ayer el conjunto de su accidentada travesía en el banquillo culé ya poseía tintes absolutamente esperpénticos, el desenlace apresurado y en caliente en el avión de vuelta a Barcelona ha aportado el inconfundible aroma de los tebeos de Ibáñez. Solo faltó que Laporta, iracundo como el superintendente Vicente, pulsara el botón de eyección del asiento del técnico y el pobre acabase en las Quimbambas. Cuidado con despachar el comentario como un mero exceso de socarronería: conociendo el historial de los directivos azulgranas en los vuelos y los aeropuertos, yo me aseguraría de abrocharme bien el cinturón antes de cada expedición.

Bromas aparte, la marcha de Koeman apena a la mayoría de los que la contemplamos desde el otro bando. En mi caso particular, no solo por el evidente estancamiento en el que se hallaba inmerso el Barcelona, sino por un agradabilísimo ejercicio de regresión a la infancia. Quienes tenemos entre nuestros primeros recuerdos futboleros el de un Barça presidido por Gaspart y dirigido —es un decir— por Van Gaal, Serra Ferrer o Rexach, estas últimas temporadas han constituido una deliciosa magdalena de Proust. De repente, nos encontrábamos de nuevo en aquellos felices años previos al terrible paréntesis de Ronaldinho, Guardiola y Messi. No de manera totalmente figurada: el último triunfo del Rayo Vallecano contra el FCB databa exactamente de 2002. Aquella Liga el Barcelona terminó en sexta posición, fuera de la Liga de Campeones, en una postal que evoca el paraíso perdido de Milton o el mundo sin abogados tal y como lo describía Lionel Hutz, quédese cada uno con el referente cultural que más le plazca. Se desconocen las consecuencias que tendrá el despido del holandés; estos puntos de inflexión resultan verdaderamente impredecibles. Pero no es el miedo al hipotético despertar del ogro culé lo que nos turba: simplemente jamás se desea despertar de un sueño apacible. Cuando cada derrota siempre es la penúltima, uno no quisiera marchar nunca del garito. Camarero, pónganos otra.

No obstante, un análisis más frío puede hacernos concluir que, en efecto, la situación se había tornado insostenible. Es cierto que la plantilla adolece gravemente de falta de calidad, mas las ideas y el orden transmitidos desde la banda distaban de solventar las carencias. Además, en ausencia de resultados que ofrecer para apaciguar a las masas, cuestionar la idoneidad actual de la filosofía del juego de posición mientras se está liderando a una entidad tan habituada a verse bellísima en el espejo del relato demostraba una audacia rompedora que a la postre ha resultado suicida. Por otro lado, el único ADN Barça al que Koeman parecía permanecer fiel era al de la eterna queja en la rueda de prensa tras la menor jugada polémica, costumbre que en la era Pep pareció desterrada y que afortunadamente ha vuelto para regocijo de los amantes de las tradiciones. Demasiado poco para justificar una continuidad: suena muy duro, pero si el finiquito no llegó antes se debió a una cuestión puramente pecuniaria.

Personalmente, confieso que le deseo lo mejor. Imagino que, pese a la frustración inmediata inevitable, cuando reflexione acerca de la losa que se ha quitado de encima, descansará. Quizá hasta esboce una sonrisa idéntica a la de Ernesto Valverde montado en el coche el día de su adiós, hale, ahí os quedáis. Existe en el ambiente una expectación acerca de la motivación que pueda traer al vestuario culé la salida de Koeman: alguno ya se ve incluso cerca del triplete si el sustituto se llama Xavi —desde luego, no el jardinero del Camp Nou, en un tris de coger la baja por estrés de confirmarse esa noticia—. Puestos a fabular, a mí me interesa más una posible reunión en un karaoke del Txingurri¸Quique Setién y Ronald, camaradas compartiendo experiencias apoyados en la barra, escuchando a Joaquín Sabina entre resignados y relajados, quién sabe si celebrando con el rabillo del ojo los goles del rival que se enfrente al Barça. Y tarareando con énfasis el estribillo: “Para decirte adiós, a los dos nos sobran los motivos”. 

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