Sobre el papel es muy sencillo. Un club tiene un jugador prometedor que no va a poder jugar todo lo necesario y se lo presta a otro club donde podría disputar 30 o 35 partidos. El futbolista juega, el club de origen recibe un jugador mejorado y el club de destino disfruta de alguien que en condiciones normales no podría permitirse, generalmente a un precio de ganga. Toda una película Disney: al final todos felices y comiendo perdices. 

Pero el fútbol no suele seguir los guiones de Hollywood y estas operaciones se complican. Empecemos por el club de destino del jugador: si se hace con un futbolista de gran nivel con el que sus rivales no pueden ni soñar, puede haber quejas porque la competición se desvirtúa. Un equipo obtiene una mejora “artificial” simplemente porque, pongamos por caso, el Madrid o el Atleti le ceden un jugador. 

Eso sí, la competición se desvirtúa aún más con las cláusulas del miedo, esas que no permiten a un futbolista jugar contra su equipo de procedencia, no vaya a ser que nos meta dos goles y se nos quede cara de memos. 

Digamos que hay otra opción aún más maquiavélica: imaginen el escenario en el que un equipo se juega la temporada el último partido ante un equipo en el que tiene a un jugador cedido. El problema es complejo y campo propicio para conspiraciones paranoicas y trolls de las redes sociales: ¿qué se diría si ese jugador no mete la pierna en una jugada defensiva, remata una buena ocasión fuera o hace un penalti, es expulsado o se mete un gol en propia meta? Entonces se pediría que la cláusula del miedo fuera obligatoria… 

Por si esto no fuera poco, queda la opinión del entrenador, que quizá decida que crackinho no es tan bueno como parecía y no está por la labor de darle los minutos que su equipo de origen desearía. No sería la primera vez que un entrenador dijera “yo estoy aquí para cumplir nuestros objetivos, no los de otros clubes”. 

¿Más complicaciones? Por ejemplo, el propio jugador puede llegar con aires de estrella y no encajar en el equipo, o simplemente en la ciudad. También puede que el nuevo equipo le empiece a tirar los tejos y le ponga sobre la mesa un contrato mejor. El club propietario se puede encontrar víctima de un affaire como el de Alfonso y el Betis. Recuerden cómo Lopera presumía de tener un jugador cedido en el Madrid, porque ya había firmado con el Betis para cuando quedara libre. Ya se sabe que esto está prohibido, pero todos los clubes hablan con jugadores o agentes antes de tener permiso del club propietario. 

Parecería normal que, antes de dejar marchar a un jugador cedido, el club contara con todas estas cosas. Pero a veces pesa más en la decisión que el club de origen pague más o menos por el alquiler y el sueldo del jugador que estudiar si el sistema de juego se adecúa a lo que necesita el club propietario, si tiene un puesto fijo en el once o si su posición tiene demasiada competencia, o si la Liga a la que va es competitiva o no. Todas esas cosas se pueden tener en cuenta si uno se quiere sacar de encima un Bale o un Coutinho de la vida, pero no si queremos saber si un sub-21 es bueno. Ahí debería primar lo deportivo y cruzar los dedos para que no se den ninguno de los problemas anteriores. 

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