El domingo 24 fue el día de los grandes derbis de cuatro de las mayores ligas de Europa: Barça-Madrid, Marsella-PSG, Inter-Juve y United-Liverpool. En Inglaterra, naturalmente, el duelo de Old Trafford fue el partido de la jornada. Por si no lo vieron, los resumiré así: el Liverpool fue tan superior que el 0-5 se quedó corto. Pogba se autoexpulsó y Ronaldo pareció intentar lo mismo. No fue el único jugador del United en naufragar; nadie hizo un buen partido. En el rival, todos estuvieron bien o mejor. 

El Liverpool, de proponérselo, pudo haber logrado la goleada de la jornada, la que consiguió el día anterior el Chelsea goleando al Norwich por 7-0. Un resultado que no llama la atención porque la victoria local se esperaba, y nadie la esperaba por menos de 3-0.  No es sólo que el Chelsea sea el campeón de Europa y el Norwich un recién ascendido, además es que cuesta adivinar cuándo ganará el Norwich su primer partido esta temporada. 

El Norwich ascendió con la naturalidad y facilidad con la que descendió el año anterior, y pocas dudas hay sobre su posible descenso a final de temporada, como tampoco las hay de que luego será favorito al ascenso. Es el ejemplo máximo de lo que llamamos club ascensor, en Inglaterra un club yo-yo. El Norwich es demasiado bueno para la segunda categoría y muy malo para la máxima. Está perdido en el limbo. 

En parte es culpa del club. Han mantenido a Daniel Farke en el cargo y él insiste en un juego abierto que funciona muy bien en la segunda división, pero sus jugadores no tienen el nivel para someter a equipos de la Premier ni cuenta con defensas de calidad para momentos de apuro. Quizá Farke no quiere encontrar otra forma de jugar o quizá simplemente no puede. La Premier League no reparte especialmente bien su abundante riqueza y esto hace que las diferencias crezcan. Crecen entre los más ricos y los equipos de media tabla, entre estos y los recién ascendidos, entre ellos, cuando vuelven al Championship, y sus rivales que no pueden ascender. 

Un Norwich-Chelsea, un City-Fulham o un Liverpool-Bournemouth tienen hoy el mismo nivel de incertidumbre que un Alemania-Malta o un Francia-Lituania. No es bueno para una liga que presume de ser competitiva y la mejor del mundo. 

Pueden proponerse distintas soluciones. Pongamos sobre la mesa la amenaza persistente de la Superliga: los grandes se van a jugar con otros grandes y dejan de abusar del resto. Así la competición se iguala por la rebaja del nivel general, pero sólo hasta que el Leicester, el Everton y el West Ham obtengan una posición de dominio igual a la que hoy tienen Liverpool, Chelsea y City. Entonces habrá que buscarles otra Superliga y volver a empezar. 

Otra opción es recortar la cantidad de equipos en las primeras divisiones, algo más lógico desde el punto de vista del calendario. No me parece mala idea, aunque temo que darle cuatro fechas libres al Manchester United, por citar un ejemplo, se traduciría en una gira por Estados Unidos, no en un periodo de descanso para los jugadores. Además, antes o después, habrá otro grupo de clubes yo-yo. 

Creo que la Superliga o la reducción de equipos no solucionan la existencia del limbo porque son respuestas que por sí solas no atacan el problema principal, la distribución de capital entre clubes. Si una liga (la Premier o cualquier otra) quiere ser fuerte como marca, necesita equilibrar más fuerzas entre sus clubes. De lo contrario cada vez veremos más Alemania-Malta en las ligas, y todos estaremos de acuerdo en que un partido con el resultado predeterminado sólo puede interesar a algunos de los aficionados del club ganador. Sin competitividad no habrá espectáculo que vender al consumidor (¿o todavía nos podemos llamar aficionados?)

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