Josep Piqué, de 66 años, fue ministro de Industria y Energía entre 1996 y 2000, portavoz del Gobierno de Aznar entre 1998 y 2000, ministro de Exteriores entre 2000 y 2002 y de Ciencia y Tecnología entre 2002 y 2003. Su actividad política sólo es comparable a su actividad en el mundo de la empresa. Desde esa amplísima perspectiva que da la experiencia en el ámbito público y privado, Piqué echa un vistazo la actualidad nacional e internacional.

—En su intervención en la convención del PP, usted abogó por centrar el partido. Dijo que el populismo se combate con ideas firmes, expuestas con moderación, porque lo que intentan los populistas es que el Ejecutivo se imponga al legislativo y al judicial…

—Me refiero a todos los experimentos populistas que, lamentablemente, hay en todo el mundo occidental, y digo bien el mundo occidental, porque el populismo está en los regímenes políticos autoritarios, o donde la economía está muy dirigida y la sociedad no es una sociedad abierta, sino que está controlada por el poder. El populismo está ahí, seriamente ligado al poder y no permite además ninguna otra expresión política porque estamos hablando de régimenes represivos. En Occidente estamos viendo cómo hay este tipo de movimientos en los dos espectros del arco político.

—Los dos extremos se juntan…

—Sí. Muchas veces coinciden, por ejemplo, en el caso de los populismos europeos. Normalmente coinciden en ser anti europeos. Me preocupa que se intente combatir el populismo con más populismo, o sea, asumiendo el programa de los populistas. Eso es acabar entrando en su terreno y lo que hay que hacer es mantenerse en los principios y los valores que forman una democracia liberal. Y cuando digo liberal no me refiero a una adscripción política determinada, sino a que diversas fuerzas políticas, aceptando las reglas del juego y aceptando la Constitución, presentan diferentes alternativas y las dirimen en elecciones libres. Yo creo que eso hay que hacerlo con convicción. Ahí no hay matices. Creo que siempre es mejor tratar a los ciudadanos como personas maduras.

—¿Qué valoración hace del viaje de Ayuso a los Estados Unidos?

—Como ya no estoy en la actividad política de la vida de partido, solo lo valoro en los aspectos generales. Creo que como presidenta de una comunidad autónoma tan importante como la de Madrid, casi tiene la obligación de vender Madrid fuera como una ciudad atractiva para la inversión y atractiva para visitar. A mí, de entrada, eso me parece bien. Que haya coincidido con la convención del partido puede ser una casualidad, porque estos viajes no se preparan de un día para otro. Así que valoro el esfuerzo de haber anticipado el regreso para participar, además dando su apoyo al actual presidente del partido y candidato a la Presidencia en el Gobierno. Ha habido una manifestación de unidad que descansa sobre el sentido común. No hay que cambiar de caballo a mitad de carrera y el señor Casado tiene ahora su oportunidad y no hay que discutírsela.

—¿Le da a usted la impresión de que Pedro Sánchez acabará la legislatura?

—Sin ninguna duda. Salvo que en un momento determinado crea que las encuestas le son favorables y pueda aprovechar esa coyuntura. Hay dos años largos por delante y deben asumirlo el resto de fuerzas políticas, empezando por el principal partido de la oposición. En algún momento se llegó a pensar que con la inestabilidad parlamentaria y con la crisis derivada de la pandemia,el Gobierno podría tener los días contados. Fue un mal cálculo, un error táctico y estratégico. Hay que contar con una legislatura, completa.

—Pedro Sánchez hace visitas frecuentes al extranjero. ¿Cree que España está recuperando algo del peso internacional que había perdido?

—Ojalá, pero Felipe González y Aznar también viajaban mucho.

—Yo me refería a Mariano Rajoy que no tenía una tendencia a viajar excesiva.

—Mariano Rajoy se centró en resolver una crisis económica que ha sido la peor que hemos sufrido desde la transición democrática. Estuvimos a un metro de precipitarnos por el abismo de la intervención. Pero bueno, cada presidente tiene sus propias querencias. Se suele decir, y es verdad, que en las segundas legislaturas los presidentes del gobierno tienden a ser también ministros de Asuntos Exteriores. Y es importante que así sea. Los temas europeos son temas de política Interior y la proyección y estabilidad de un país europeo como el nuestro, inevitablemente, pasa por Europa.

—¿Hacia dónde está tirando Pedro Sánchez a nivel internacional y hacia dónde cree que debería tirar?

—Verá. Ha habido siempre tres ejes de la posición internacional de España de manera tradicional, y uno de ellos ha sido Europa. Pero ahora tenemos que asumir del todo que Europa ya no es un tema de producción internacional, sino que es una cuestión de política interna. Nosotros no solo estamos en Europa para que Europa nos diga lo que tenemos que hacer, sino que estamos en Europa para decir qué es lo que nosotros pensamos que Europa debería hacer. Debemos ser positivos y proactivos.

—La percepción de la ciudadanía es que tenemos poco peso internacional…

—España tiene que aspirar a ser más ambiciosa en su proyección exterior. De hecho, ya hemos conseguido en las etapas de los presidentes González y Aznar que nuestro peso en Europa haya ido creciendo progresivamente y siendo más importante. Y volviendo a la pregunta que me había hecho anteriormente, el segundo eje tendría relación con nuestro peso en el Mediterráneo, donde nuestra política exterior tradicional siempre ha sido muy proactiva y muy intensa, habrá que ver cómo gestionamos ahora nuestra relación entre Argelia y Marruecos. El tercer eje es América Latina, donde hay que hacer un trabajo de recuperación. Y yo creo que aún hay dos ejes más… En mi etapa al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, veinte años atrás, intenté hacer ver que el centro de gravedad está en Asia, en Asia Pacífico, y ahora en lo que se llama Indopacífico. Ahí es donde se está situando el centro del mundo… Además, hay que mantener la mejor relación posible con Estados Unidos. En mi época se consiguió, pero eso después se rompió por razones que todo el mundo recordará. Hay que hacer un esfuerzo por recuperar aquella relación. Me consta que el nuevo Ministro de Asuntos Exteriores este tema lo tiene muy claro.

—¿Se estabilizado ya la relación con Marruecos?

—Con Marruecos siempre vamos a tener una relación difícil y eso tiene una explicación clara: el proyecto nacional para la integración del Sáhara Occidental a la plena soberanía marroquí es un tema controvertido. La solución tiene que venir a través de Naciones Unidas. Todos sabemos que en ese proyecto nacional, además de la incorporación del Sáhara Occidental, están también Ceuta y Melilla en un horizonte a largo plazo. Ahí es donde España, evidentemente, no tiene ningún margen de maniobra. Al mismo tiempo, está nuestra relación en materias tan sensibles como la inmigración ilegal o la lucha antiterrorista. Tenemos tantas cosas que nos incumben que nos conviene entendernos. Hay algunos países que no sienten el tema de del Sáhara cómo lo sentimos nosotros, que hemos sido potencia administradora hasta 1975 y seguimos teniendo unas responsabilidades acordes con el Derecho internacional. Tampoco pueden tener la misma sensibilidad respecto a Ceuta y Melilla. La actitud de Gran Bretaña (un cable submarino le proporcionará energía desde el Sáhara) tampoco es muy distinta de la que ha tenido históricamente Francia. Otra cosa es que en la crisis migratoria de Ceuta haya sido un socio leal de España, como Unión Europea, porque eso constituía una clara violación de las fronteras comunitarias. Ahí no ha habido fisuras. Hay otros casos, claro. Cuando ya acababa su mandato, la Administración Trump, a cambio del reconocimiento de Israel, reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara en un trueque que tiene poco que ver con el Derecho internacional.

—Y ahora Biden no sabe qué hacer con esa patata caliente…

—Bueno, vamos a ver. Sí que ha hecho porque a veces no hacer nada es hacer. Podría haber revocado esa decisión y no lo ha hecho porque a Estados Unidos le interesa más su estrategia de política exterior. Le interesa que se vaya ampliando el reconocimiento internacional de Israel, particularmente en el mundo árabe. Es lo que se ha conseguido por los llamados acuerdos de Abraham. Les interesa más que Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Sudán o Marruecos reconozcan a Israel que la situación del Sáhara. Lo único que pide España es encontrar una solución en el marco de Naciones Unidas, porque forma parte de nuestras obligaciones como potencia administradora. En un proceso de descolonización los criterios los marca la ONU.

—¿No le parece que hemos perdido una oportunidad enorme con Gibraltar?

—La relación todavía está abierta… yo, como una opinión personal, hubiera sido mucho más exigente… La posición fue facilitar en la medida de lo posible un proceso tan complejo como el Brexit y salvaguardar los derechos de los trabajadores españoles en Gibraltar. Yo en su momento avance muchísimo con el Reino Unido en la llamada cosoberanía y se estuvo cerca de llegar a un acuerdo. Después, por una serie de razones no se materializó. El ministro Margallo recuperó ese concepto y yo lo hubiera intentado aprovechar ahora: hay que aprovechar las fortalezas de cada momento y las debilidades de los adversarios ¿Por qué el Reino Unido está en Gibraltar? Pues porque en los últimos tres siglos, el Reino Unido ha sido más fuerte de España. Esta vez la posición fuerte la teníamos nosotros.

—Lo cierto es que no se percibe una Unión Europea realmente unida…

—Hay que asumir una mayor coordinación a la hora de expresarnos de cara al exterior porque si no Europa jamás va a aparecer como un auténtico actor político en la esfera internacional, porque se ve una división interna. Es evidente que hay intereses muy distintos entre los diferentes países, un ejemplo es la presencia empresarial alemana en China. No obstante, hay un cierto consenso para abordar el tema de China desde una perspectiva europea. China puede ser un socio comercial y económico, pero también puede ser un competidor. Es lo mismo que con Estados Unidos. Algunos han defendido la equidistancia de Europa en relación a Estados Unidos-China, pero yo tengo que ser muy claro: siempre estaremos mucho más cerca de Estados Unidos, aunque sea desde el respeto a unos valores democráticos que en China  no se practican.

—¿Ve a Biden más cercano a la Unión Europea que Trump?

—Trump ya había identificado a China como principal adversario para contestar la hegemonía de los Estados Unidos. en ese sentido, quizá pensaba que sus aliados eran una carga más que una ayuda. Biden lo hace de una manera distinta. Lo que expresa es que frente a China, que es una amenaza sistémica para todos, es mejor ir juntos. Biden vino a Europa y se reunió con las instituciones europeas y con la OTAN. Ahora bien, para que Estados Unidos se tome en serio a Europa desde el punto de vista de la seguridad y de la defensa, primero nos tenemos que tomar en serio a nosotros mismos. Si no somos capaces de responsabilizarnos más de nuestra seguridad y de nuestra defensa, es lógico que no nos tengan muy en cuenta. Este es un juego en el que todo el mundo tiene que ocupar su lugar y lo que no vale con Estados Unidos es esperar que nos proteja de cualquier agresión y ponga además el dinero. Hay que empezar a ser conscientes de que defender la soberanía y la seguridad pasa por tener capacidades propias en materia de defensa.

—El socialista Antonio Miguel Carmona ha sido nombrado vicepresidente de Iberdrola. Se habla otra vez de puertas giratorias. ¿Qué debe hacer un político cuando deja de ejercer? Margallo nos dijo que la política es una máquina de triturar carne…

—La política quema y tritura porque estás muy expuesto a la opinión pública, a la oposición, a los medios de comunicación, y eso acaba representando un coste. Yo plantearía otra pregunta: ¿Es bueno que nuestros políticos se dediquen solo la política y no sepan continuar luego con otra actividad más allá de la política? Mi respuesta es no, no es bueno. ¿Es bueno que los políticos tengan una experiencia previa en el mundo privado, en la realidad de la calle, y que cuando dejan su actividad política vuelvan de donde habían venido? Mi respuesta es sí. La experiencia acumulada vale para enriquecer la profesión del sector público respecto a lo que necesita sector privado, y para entender mucho mejor las cosas y los procesos de toma de decisiones. A mí me perturban las puertas giratorias en el sentido de que alguien que solo está en la política y no se le conocen especiales habilidades para otra cosa sea recolocado en un puesto determinado. Me parece perfecto, en cambio, que un político deje la política y se gane la vida en otra cosa si sabe cómo hacerlo.

—¿Cómo puede plantearse entrar en política un ejecutivo que gana entre 90.000 y 200.000 al año si como diputado ganaría 60.000?

—Es muy complicado, máxime si después se encuentra con una política que tritura, como decía Margallo ¿Para que me voy a meter yo en eso? Yo no me quiero poner como ejemplo personal de nada, pero pasé a ganar muchísimo menos cuando me dediqué a la política. ¿Y por qué lo hice? Pues porque veía una oportunidad para prestar un servicio a mi país, que además podía ser una experiencia enriquecedora para mí. Aprendí muchísimo durante mi actividad política, sabiendo que una vez la dejara podía volver a la actividad empresarial que había ejercido con anterioridad. La Transición no la hicieron políticos profesionales, entre otras cosas porque Franco no dejaba que hubiera políticos profesionales. Mucha gente pensó que el objetivo de construir una democracia homologable con Europa valía la pena y estuvo dispuesta a sacrificar unos años de su vida. O sea, que poder, se puede. A veces digo en broma que algún día habría que dinamitar las juventudes de los partidos porque no me gusta nada esa idea de que alguien integrado en el partido desde muy joven acabe siendo concejal de su pueblo y a partir de ahí que ya no deje la política… A todos nos vienen muchos ejemplos a la cabeza.

—Advertía Willy Brandt de que los verdaderos enemigos son los del propio partido…

—Algo parecido decía otro gran político de la Transición: cuerpo a tierra que vienen los nuestros.

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