España lo bordó en términos generales. Tuvimos lo que nos falta: pegada. Lucimos lo que nos sobra: toque. Es posible que también contáramos con algo de suerte, la necesaria. Del mismo modo podemos afirmar que Italia fue mezquina en términos generales. Entregó campo y balón, en San Siro, y lo fio todo a un contragolpe improbable porque robaba demasiado lejos y demasiado poco.

Los niños, bien, gracias. Tanto Gavi como Yeremi Pino se manejaron con la soltura de los jugadores grandes, aunque aún es pronto para medirles la talla. Sé que en estos casos apetece emocionarse y nombrarlos herederos de algo o de alguien, pero hacen falta más partidos, más pruebas, otros rivales. Ese camino ya lo ha recorrido Ferrán. En su caso no hay debate. Sabe dónde está el gol, lo que no significa que sea un goleador para todos los días. Si tiene olfato es porque lo tiene todo: regate, velocidad, carácter, golpeo y compresión lectora (del juego, se entiende).

No resulta extraño que haga buenas migas con Oyarzabal, que es otro futbolista total y además zurdo. Cada gol fue una obra mancomunada, tan apreciables los pases como los remates. Sin olvidar la aportación de Marcos Alonso, ideólogo desde la banda izquierda de las mejores acciones de ataque. Con ustedes otro jugador completo, más listo que hábil. Es incomprensible que le hayamos prestado tan poca atención en los últimos cinco años.

Italia acusó el primer gol como una daga en el costado. Podía imaginar un gol en contra, pero no tenía prevista tanta impotencia. Bonucci clavó otro puñal al sacar un codo a pasear, un acto inconsciente si eres central italiano, pero temerario si ya has visto una tarjeta. El árbitro, más halcón que paloma, no se lo pensó y dejó al anfitrión con diez futbolistas y en pleno estado de confusión. Fue entonces cuando llegó el segundo de España, en el añadido de la primera mitad. Tres navajazos son mucho como para seguir creyendo.

No hubo segundo parte. O mejor dicho: no la hubo hasta que el gol de Pellegrini en el minuto 82. Antes, Italia hizo una memorable exhibición de cobardía: alineó tres centrales y volvió a ceder el campo a España, que tocó y se tocó. Los italianos se limitaban a dar patadas y a provocar, más atentos a forzar una expulsión que a conseguir un gol. Cuando lo hicieron salió lo mejor de la Selección española. Controlar el juego con los italianos en zafarrancho de combate no era una cosa menor y el equipo estuvo espléndido. No exagero si digo que la circulación estuvo a la altura del mejor tiqui-taca. Tan imponente como la capacidad técnica para burlar italianos enfurecidos fue la personalidad de los jugadores, sin pizca de miedo, confiados y hasta ligeramente altivos. Si el carácter estromboliano de Luis Enrique sirve para esto, no hay duda, que siga echando lava.

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