Hago repaso de derrotas. Con España, me refiero. Lo del Mundial 82 fue un verdadero desastre, pero yo era un niño de elástica cintura y me hice italiano por vía express no sin antes jurar bandera por Brasil. Lo de la Eurocopa 84 dolió como duelen las cobras; parecía que sí y fue que no. En el 86 volvimos a sucumbir por picadura del mismo ofidio cuando ya habíamos proclamado presidente a Butragueño. En el 88 fue Vialli, en el 90 fue Míchel, en el 94 fue Salinas, en el 98 fue Zubi, en el 2000 fue Raúl, en el 2002 fue Al Ghandour y en el 2004 fue Zidane… Siempre había alguien a quien echar la culpa. Hasta que nos cambió la suerte, la generación y la perspectiva. Fue entonces cuando dejamos de considerar las derrotas como maldiciones. Ya no hay culpables, y si los hay dejamos de pegar carteles son su nombre.

Tampoco hay responsables en este caso.

Además, España perdió como menos duele. Con la cabeza alta y con el equipo metido en el área contraria, portero incluido. Fue un dignísimo final a un excelente partido. No sólo contuvimos a Francia, campeona del mundo y candidata a revalidar el título; fuimos capaces de someterla. Y lo hicimos a partir del balón, como es costumbre y consigna en el entrenador que odia a la prensa. No hay duda de que jugamos bien ante los grandes. Más incierto es nuestro rendimiento contra los medianos, pero este no es momento de deslizar sospechas. Es hora de celebrar que hay equipo para competir, cuestión que necesitaba de confirmación después de la desigual Eurocopa. Luis Enrique tenía razón, hasta es posible que la tenga con Eric García. Por supuesto la tiene con Gavi y con Yeremy Pino. Y con su insistencia en el estilo. Nos queda bien ese traje.

Si apetece torturarse por algo recomiendo hacerlo por el gol de Benzema un minuto después de que Oyarzabal nos pusiera por delante. Esa reacción inmediata nos impidió ver cómo sangraba Francia y a ellos les recordó la remontada contra Bélgica. Y no hay cosa peor que un enemigo con fe.

Que luego nos rematara Mbappé, el otro madridista sobre el campo, es una anécdota que algunos convertirán en categoría y titular. Cada uno se entretiene como mejor puede. Lo sobresaliente, a mi modo de ver, es que aquella travesía por el desierto que tanto temimos ha terminado y ya estamos bebiendo agua de los primeros oasis. Eso es mucho más importante que ganar un torneo sin historia que no dejará cicatriz ni en la memoria ni en el corazón.  

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