Después de 560 días, que se nos han hecho como si hubieran sido 560 años por mor del SARS-CoV-2, el más venerado templo del fútbol mundial volvió a abrir sus puertas al público y lo hizo tal como se despidiera un año y medio atrás: con victoria local y gol decisivo de Vinicius que encarrilaba el encuentro. Un nostálgico “Como decíamos ayer” parecía reverberar en el vetusto graderío, hoy cosido por un esqueleto de hierro que ha de rejuvenecerle y ser soporte del nuevo Bernabéu, como si se tratase de la universidad de Salamanca en pleno siglo XVI y el bueno de Junior estuviese haciendo las veces de Fray Luís de León. No hay nada como vestir de rutinario lo excepcional para poder retornar sin traumas a la normalidad, ya sea nueva o vieja, tras un largo cautiverio.

Nunca sabremos si el destino decidió jugar así, calcando acontecimientos en espacios temporales disjuntos para aliviarnos de tan larga espera o, precisamente, para que nuestro recuerdo ahonde más, si es que es posible, en el abismo de todas las desgracias acontecidas durante este agujero temporal. En cualquier caso, vaya desde estas líneas un sentido recuerdo para Don Lorenzo Sanz, presidente que nos devolvió a la senda de la gloria en Europa y que ahora contempla a su equipo, desde el más alto anfiteatro posible, junto a otros ilustres madridistas que nos han ido abandonando por el camino. Suyo fue el momento más solemne de la noche en la reapertura del estadio al público y así se lo reconoció el club en un bello y sencillo homenaje.

En lo que respecta al juego en sí, cabe destacar, aunque haya dejado de ser destacable, que Vinicius y Benzema volvieron a sobresalir por encima de sus compañeros, lo cual está dejando de ser anécdota y empieza a ser costumbre; como costumbre son los reiterativos despistes defensivos del equipo. No hay equipo perfecto, como tampoco amor inmaculado. También asistimos al debut del joven Camavinga, gol incluido. No pudo caer con mejor pie el chaval sobre el recién plantado césped del Bernabéu; su cara de felicidad lo resumía todo. Esa sonrisa Profident, seña de identidad del que se sabe elegido, nos va a permitir identificarlo más allá del color de su traje. No hay nada como tener dieciocho años y que la chica que te gusta te guiñe un ojo, te sonría y luego te acoja en su seno para sentirte inmune a todo, incluso al runrún del viejo Bernabéu cuando se fallan dos pases seguidos; porque hay cosas que nunca han de cambiar, ni aún con la nueva normalidad.

La anécdota del partido la puso también el bueno de Vinicius que está tanto para despedirse de las defensas contrarias con arranques explosivos de brioso corcel, dándoles plantón con un lacónico “ahí te quedas”, cual novia despechada, como para dar la bienvenida al público de nuevo al estadio repartiendo abrazos por doquier. En su enésima arrancada por banda fue habilitado magistralmente por Benzema y se plantó sólo ante Dituro, resolviendo, de forma inesperada y para sorpresa de muchos, con la naturalidad y sencillez que sólo tienen los depredadores del gol; pero lo que aconteció después fue, si cabe, más sorprendente aún. Junior corrió hacia la banda y, cuando todos esperábamos que frenase su carrera y celebrase el gol brazos en alto festejando con la grada cual torero ofreciendo sus trofeos desde el albero al tendido de sol, pero sin marcar taleguilla, continuó con su trotecillo y, con la misma facilidad con que segundos antes se había deshecho del defensa celtiña, se escabulló de la seguridad, franqueó las protecciones que separan el graderío del terreno de juego y, abalanzándose sobre la muchedumbre, repartió besos y abrazos a todo aquel que necesitaba de uno con la misma efusividad de quién se reencuentra con su tía-abuela del pueblo, que vive en soledad, después de años sin poder acercarse a ella.

La comunión entre público y jugador alcanzó tal grado de perfección y densidad que, de haber sucedido en Catalunya, sobre la piña que se montó, se podría haber descargado fácilmente un “tres de déu amb folre i manilles”. Sólo hubiera sido necesario el soniquete de una gralla de fondo para que algunos osados, en pleno momento de euforia, se hubieran atrevido a cargar el Castell para goce el madridismo que habita territorio comanche. Uno y otros quedaron adheridos como recorte de hostia de misa de doce al cielo de la boca, aunque sólo quien en su tiempo de zagal haya sido monaguillo de iglesia de pueblo o profundamente creyente acierte a saber a qué me refiero; hay sectas que no te abrazan con tanta fuerza. Tanto fue así que se hizo necesaria la intervención del personal de seguridad del estadio, suponemos que empujados por la envidia del resto del respetable que no tenía opción alguna de unirse al abrazo comunitario, para poder rescatar a Junior de entre la turba y retornarlo al césped; la entrada al fútbol es ya lo suficientemente cara como para que encima te secuestren a uno de los actores principales y tú sin poder si quiera fundirte con él en un apechusque de amor.

Por no faltar, no faltó de nada, pues el abrazo colectivo también tuvo sus daños colaterales. Un enardecido aficionado madridista corrió desde tres filas de asiento más allá como sólo corren los enamorados a recibir a su prometida al bajar del tren, cometiendo la torpeza de unirse al grupo con la mascarilla por debajo de la nariz y eso, señores, más allá de burbujas y pompas de jabón de colores, es pecado mortal. En los tiempos que corren, jamás habíamos visto que una prenda a medio subir, o medio bajar, hubiera generado tanta provocación desde nuestra lejana pubertad, las revistas multicolor y las instantáneas de señoritas en paños menores. Para sosiego de muchos, científicos incluidos, hay que decir que el ínclito provocador fue amablemente invitado a abandonar el estadio impidiéndole continuar con el disfrute del espectáculo por el que generosamente había pagado; ni el bueno de Gabo tuvo el atrevimiento de punir de tal forma una historia de amor aún en los tiempos del Cólera.

Pero volviendo a la acción de marras, y tras escuchar las declaraciones de Agustín Caro, socio madridista que, en su cincuenta aniversario como socio, acaparó todas las portadas al constituirse en epicentro del abrazo, diciendo que Vinicius “pese a estar sudoroso, olía bien”, no cabe duda de que aquello, más que una celebración deportiva, constituyó un episodio de profundo amor, pues sólo durante el acto de amor más apasionado es uno capaz de confundir con un perfume el cante de un alerón. No obstante, vista así la impronta, uno no puede menos que acordarse, salvando las distancias, de Jean-Baptiste Grenouille siendo despellejado en apoteósico colofón a una historia sin par por una muchedumbre enajenada, víctima del embriagante aroma que éste desprendía. Contrariamente, si para Grenouille supuso el final, el abrazo multitudinario de Vinicius, con intercambio de aromas incluido, parece suponer el principio de algo, aunque aún no sepamos bien de qué; como si Nolan estuviese guionizando su particular versión del director sobre la novela de Süskind. De todas formas, aunque hubieran intentado despellejar al chico como al pérfido Jean-Baptiste, no habría sido nada nuevo para él. Acostumbrado está ya a ser despellejado en plaza pública domingo sí, domingo no, desde que recalara en el club blanco siendo un niño.

Lo que sí parece cierto es que, independientemente del perfume que desprenda Vinicus, su puesta en escena en lo que va de curso tiene aroma a gestación de alta alcurnia dónde el gestado empieza a dar sus primeras pataditas, para goce de sus progenitores, tras un embarazo controvertido pero en el vientre adecuado. Donde esté el embarazo convencional, que se quite el subrogado. Veremos si todo culmina en un alumbramiento estelar o, por el contrario, se transforma en el parto de los dolores. En todo caso, sus últimas actuaciones empiezan a ser sobresalientes con asiduidad para júbilo del madridismo y desespero de los otrora adoradores de Ficticius, el falso profeta, a los que empieza a borrárseles la sonrisa burlona por momentos como Mona Lisa exhibida en cualquier chiringuito de tres al cuarto, dibujándose en su faz únicamente una cómica mueca de dolor.

Para regocijo del madridismo, no es sólo Vinicius el que desprende un agradable perfume. La camada de jóvenes que está empezando a asomar la cabeza, como champiñones cuidadosamente sembrados en una cava, así como las cerchas hoy desnudas que cruzan el estadio de norte a sur y de este a oeste y que habrán de cobijar el mejor escenario conocido para la práctica del balompié y cualquier otro espectáculo, nos aventuran cosas muy buenas que están por venir a poco tardar. Acérquense al Bernabéu e inspiren profundamente. Aún medio en ruinas,… ¿perciben ese perfume a nuevo y a gloria? Es la nueva normalidad que, para no chocar con la antigua, nos va a traer un Real Madrid victorioso, Vinicius mediante, y nuevo Bernabéu que seguirá siendo el mayor templo del fútbol mundial por mucho tiempo. Por cierto, abrazos y perfumes a parte, el Real Madrid volvió a ganar de forma holgada y por momentos con un fútbol entretenido e, incluso, a ráfagas, interesante. Bienvenidos a la normalidad. La de siempre. La buena.

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