Escribí en cierta ocasión que los partidos del Real Madrid son como las películas de James Bond: nadie duda de que el protagonista saldrá bien librado. Digamos que el interés no radica en la supervivencia, sino en la peripecia vital, incluso amorosa, en el nuevo coche o en el último gadget. Todavía sucede. No siempre, y algo menos en Europa, pero sí en una mayoría de los partidos de la temporada. El Madrid es el funambulista que finge perder el equilibrio por un momento y que tal vez lo pierda. Pero el titubeo de un paso no afecta a los siguientes. No existe un equipo con una confianza tan arraigada, tan heredada y tan contagiosa.

La conciencia de que el destino natural es vencer tiene en este caso el refuerzo de un optimista patológico de nombre Vinicius. En mitad de la confianza general, el chico exhibe una confianza personal y expansiva. Los tipos tan seguros de sí mismos suelen ser arrogantes y obsesivos; él, sin embargo, es feliz y extrovertido. Da la impresión de que su cabeza no sabe lo que es un cielo nublado.

Desde el primer instante, el madridismo lo recibió con los brazos abiertos, lo que no es tan raro después de haber pasado diez años con Cristiano. Lo extraordinario es que ni en sus peores momentos (y los hubo muy malos), la afición (una mayoría) abandonó al jugador. Tampoco lo hizo el club, hasta el punto de excluirlo oficialmente de la operación Mbappé. Admiro la fe que tienen algunos en el jugador, aunque no la comparto. Reconozco que es un futbolista con una virtud en extinción, el desborde, desequilibrante e imprevisible. Sin embargo, no creo que pase de ser un recurso para según qué ocasiones. No se puede jugar siempre a toque de corneta.

Dicho esto, si nos restringimos al comienzo del presente curso, el equivocado soy yo y los que aciertan son los espectadores que no le querían soltar cuando se coló en la grada. Vinicius está siendo el impulso del equipo, la cara del póster. Y al entusiasmo, además, añade goles. Nada que objetar, aunque quizá debamos proseguir la conversación un poco más adelante.

Otra de las características cinematográficas del Real Madrid tiene que ver con su capacidad para generar finales felices. Incluso principios. Camavinga se estrenó como sueñan los debutantes. En el primer balón que le llegó mostró solvencia y recibió la ovación del público. Al poco marcó su primer gol de blanco. La jugada perteneció casi por completo a Modric, que penetró y disparó con el exterior del pie, una hermosura de gesto. El portero repelió a duras penas y Camavinga empujó la pelota a la red con tiempo para saborear el caramelo. El público, que todavía es sabio, coreó el nombre de Modric.

Cómo sería la noche de feliz (de nuevo en el Bernabéu y de nuevo con aficionados) que Hazard pareció tan rápido como antaño, al menos en una carrera. Todo encajó con la única excepción de la defensa, lo que tomaremos como el paso en falso del funambulista, esencial para que el público entienda que hay peligro, que abajo espera el vacío y que hasta James Bond es humano.

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