Los precedentes de las semifinales invitaban a pronosticar un partido sin demasiada historia. La apabullante defensa planteada por Jasikevicius, que había sacado al Valencia de la pista en el día previo, parecía un muro demasiado elevado para este nuevo y dubitativo Madrid en período de ensamblaje, sin que ni siquiera resultase indispensable para la derrota que los blancos tuviesen un día tan nefasto desde el triple como contra el Tenerife. La victoria sencilla culé se daba por descontada en las porras de los aficionados. No obstante, el animal competitivo dirigido por Laso tenía otros planes, una vez más.

El encuentro arrancó con ritmo, con un intercambio de canastas que quizá quería corresponder a la vuelta del público a las gradas en una cantidad mínimamente respetable. La fluidez era especialmente destacable en el lado azulgrana, donde hasta jugadores como Oriola, más conocidos por su labor de intendencia, conseguían puntos con facilidad. Por otro lado, Heurtel, objetivo de muchas miradas sabedoras de que la venganza suele constituir un excepcional combustible, se mantuvo sin embargo en un discreto segundo plano; fue Alocén quien agitó un poco el ataque madridista con dos triples, hasta que hubo de volver al banquillo de forma obligada tras un violento choque contra Davies, preocupado por si tenía rota alguna costilla o solo el alma.

Las bajas del Madrid y la tercera falta de Yabusele obligaron a estirar la rotación en el puesto de cuatro con la inclusión de los dos jóvenes canteranos: Vukcevic y Ndiaye. El juego interior acumulaba problemas, con un Tavares absolutamente fuera de forma y cuya segunda personal, dudosa, inició una serie de protestas merengues que se prolongaron durante todo el encuentro y fueron castigadas al menos con dos técnicas. Si bien es cierto que hubo un goteo de decisiones discutibles, el principal problema para los blancos en ese período del final del segundo cuarto e inicio del tercero devino de los galones que Calathes asumió. El Barcelona se encontraba cómodo en la cancha y, como suele cuando el viento sopla a favor, Mirotic hacía daño con acciones de calidad. Yabusele, a pesar de su excepcional dinamismo, no acertaba a puntear los tiros del montenegrino, y el experimento de emparejar a Taylor con Niko salió bastante peor que los que preparan en el Hormiguero.

Burla burlando, el FCB se vio con 19 puntos de ventaja y con la final ganada. Siempre resulta muy complicado establecer los motivos de un cambio de tendencia, pero en este caso parecería injusto acudir al tópico de la relajación; restaría mérito a la exhibición de orgullo demostrada por Llull. Como en los viejos tiempos previos a su lesión, el de Mahón acaudilló una remontada improbable hasta convertirla en el guion del último tercio. Contó con la inestimable ayuda del recuperado Alocén y con los mates y la capacidad reboteadora de Poirier, un pívot que a veces peca de errático y sufre al tirar el balón al suelo, pero cuya envergadura y capacidad de desplazamiento convierte al juego interior del Madrid en uno de los más poderosos del continente.

Jasikevicius vio venir la remontada como una manada de búfalos, mas en cada tiempo muerto cometía el error de tratar de interrumpirla preparando jugadas para Mirotic, menos inspirado cuando la tensión se corta con cuchillo. El contundente 4-19 de los seis últimos minutos dejó una última buena noticia para Laso: a Williams-Goss, aún indescifrable casi todo el tiempo en que pisa el parqué, no le tiembla la mano en los momentos calientes. Aunque la principal bendición se reflejaba en las lágrimas de Llull con el pitido final, emocionado tras haber conseguido un nuevo MVP después de que su rodilla le hiciera pensar que aquellos días habían pasado para siempre. Si Sergi acumula menos desgaste lejos del puesto de base, quizá su impacto en la temporada de la reconstrucción blanca vuelva a tener un carácter decisivo. Sea como fuere, si el Madrid del año pasado demostró que, aun en desventaja, siempre competirá, este nuevo proyecto deja claro que no es suficiente y que quiere ganar. Para los que quieran apostar en contra: ayer, primer aviso. En junio se echarán las cuentas, pero una de las principales labores del cronista consiste en que no lo puedan llamar traidor.    

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