Al Real Madrid le funciona todo, incluso la suerte. No hay sombras. Bale se ha llevado la suya en compañía de su enésima lesión y el equipo reluce: Vinicius prosigue, Rodrygo se incorpora y Valverde se parece de nuevo a Steven Gerrard. Hasta Camavinga se ha sumado al impulso general. No es frecuente que un recién llegado se comporte con tanta naturalidad; esa camiseta ha engullido a no pocos jugadores abatidos por lo que podríamos denominar el síndrome Secretario. Este chico es inmune y demuestra que también hay futbolistas, menos que pocos, que se engrandecen cuando visten de blanco.

Ganar en San Siro es una prueba de nivel sean cuales sean las circunstancias. En esta ocasión el mérito fue resistir primero (digan Cortouis seis veces o siete) y crecerse al final, cuando tocaba decidir si había que buscar el triunfo o conformarse con el empate. Otros muchos equipos habrían hecho recuento de los sustos recibidos y hubieran firmado las tablas. Los adultos pensamos que no conviene tentar a la suerte; los niños, no.  El Madrid dio un paso adelante o, para ser más precisos, lo dieron los jóvenes en la sala. Valverde (23), Camavinga (18) y Rodrygo (20) inventaron un gol que no existía y que nació de una jugada alegre y en tres toques, pim, pam, pum. Hacerle eso a la defensa del Inter es como pegar en la espalda del primo de Zumosol un muñeco de inocente.

El Inter murió como más duele después de vivir a lo grande durante la primera mitad. En ese tramo, fue mejor a ratos y mucho mejor casi siempre. Brozovic parecía Napoleón. Más que dirigir al equipo lo transportaba de un lado a otro como batallones sobre un mapa. Tampoco fue menor la aportación de Barella, arquetipo de la estrella del recreo, un futbolista que juega y que da órdenes, que corrige, que anima y que reprende. La condena del Inter fue que Lautaro y Dzeko no estuvieron finos o tal vez Courtois fue demasiado para ellos.

Después de 45 minutos de chaparrón, Ancelotti ajustó líneas y tanto Brozovic como Barella dejaron de mandar tanto. Movido por Modric (despedido entre aplausos), el equipo olió sangre. El resto está contado. Los niños no saben de historia. Desconocen que en la olla de San Siro el Madrid fue cocinado por caníbales entre los que se encontraba Ancelotti. Ignoran que hay campos que son templos y que en los templos no se grita. O sí.

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