Pasa últimamente que me cuesta mucho entender a la gente, ya que antes pretendían hablarme con sinceridad pero ahora aseguran hacerlo con honestidad. De un político todos esperábamos que fuera decente y ahora preferimos que sea honesto. A nuestros héroes les aplaudíamos por su integridad, ahora solo admiramos su honestidad. A nuestros amigos les reclamábamos lealtad y ahora nos conformamos con su honestidad mientras que con nuestras parejas ya solo procuramos ser honestos en lugar de serles fieles. Lo razonable, lo equilibrado y lo justo también pueden calentar banquillo, el titular indiscutible ahora es la honestidad.

Supongo que esta absurda moda nació de la comodidad y despreocupación de algún traductor de poca monta que adoptó y adaptó el honest inglés a lo fonética y gráficamente más parecido en nuestra lengua. Ese tipo de traductores han tenido un gran suceso entre la comunidad de hablantes. Y también éxito ya que la cosa tiene mucha salida.

Al final se ha creado una palabra-contenedor cuyo verdadero significado no les desvelaré aun pero cuyo propósito pareciera ser eliminar todos esos molestos matices que tienen las palabras a las que está consiguiendo reemplazar. Al modo Orwelliano, cuantas menos palabras, menos posibilidades de tener pensamientos impropios, o propios, que no es contradictorio.

Como suele suceder, estas ocurrencias las adoptan rápidamente los comunicadores, ávidos como están de epatar al vulgo con novedosos y sonoros vocablos. Acto seguido la gente lo hace suyo porque nos encanta hablar como lo hacen los profesionales. Sin ir más lejos, cuando yo era joven y me pinchaban para sacarme sangre, me hacían un análisis. Ahora nadie permitiría tal simpleza porque todo hijo de vecino reclama su derecho a que le hagan una analítica, vaya a ser que se dejen algún nivel por revisar.

Total, que estas cosas se acaban extendiendo cual egipciaca plaga para instalarse en todos los ámbitos. El otro día, sin ir más lejos, en un anuncio radiofónico escuché el término “detoxificar”. Me quedé muehto-matao, pensaba que después de “recepcionar” ya lo había escuchado todo. En algún momento nos deberíamos proponer desintoxicarnos de tanta pedantería sonora, va urgiendo una depuración de las meninges.

Tampoco deja de ser paradójico que en la época en la que más renegamos del puritanismo e interpretamos el decoro y el recato para los asuntos íntimos como algo del pasado, es cuando triunfa el puto término. Eso sí, hay que reconocer que los pobres hemos salido ganando porque antes nos conformábamos con ser honrados y ahora podemos aspirar a ser honestos, la democratización de la nada.

Sé que usted preferirá que le sea honesto, pero me voy a dar el lujo de parecer un facha para poder serle franco: cuando usted dice que es honesto, realmente es un gilipollas.

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