Así definió el partido el presidenciable. Y tenía razón porque si sudó el Bayern para ganar en el Camp Nou fue solo por culpa del tremendo calor y humedad que reinaba en Barcelona. A nivel futbolístico los alemanes eran tan conscientes de su enorme superioridad que sabían que bastaría con apretar el acelerador en momentos puntuales para ganar el partido sin sobresaltos. Por momentos, parecía estar jugando en Ipurúa contra el Eibar. Aunque los armeros, al menos, son más fieles al diseño de su casaca blaugrana. Cierto es que la idea de Nike de hacer jugar al equipo con una camiseta con la que no se identifique al club no era mala: si el Bayern volvía a golear, se podría decir que ese equipo no era el Barça. Spoiler: no funcionó.

El 2-8 aún estaba fresco en la memoria, lógico, dado que se tardará unos 30 años en que no entren escalofríos al recordarlo. Por ello, más de un culé firmaba un honroso 1-3 al final del partido. El primero, el propio Q-Man. El hombre que dice que apuesta por los jóvenes volvía a confiar en los cuatro jinetes del apocalipsis azulgrana en un once titular con cinco defensas. Maguregui aplaudía desde el otro barrio. Pero ver a un lado al hermano mayor de Jordi Alba y por el otro a Marqué-un-gol-al-PSG no auguraba nada bueno. Y la excusa de las bajas no colaba: pocos dudan que si el holandés hubiera tenido a toda la plantilla disponible la alineación podría haber sido la misma salvo, quizá, la entrada de Ansu Fati por De Tronk. Del debut del ariete (ambos de madera) nada que reprocharle al holandés nacido en Suiza: históricamente, los 9 grandotes nunca han triunfado de azulgrana. El último que lo hizo fue Quini y ya han pasado más de 40 años de aquello. Luuk no mejorará ni a Kodro ni a la Gashina López, la fuerza tampoco está con él.

Y así, con el Barça jugando a no perder cual equipo pequeño, la insistencia en ataque del Bayern tuvo su lógico premio: Müller marcó con la colaboración involuntaria de Eric Garcia. El plan de Q-Man saltaba por los aires: se jugaba a no perder y ya perdía. Cuando el insaciable Lewandoski hacía el segundo, aún quedaba tiempo para esperar lo peor con un equipo en plena alegoría de la impotencia, físicamente muertos y pidiendo piedad para no ser goleado. El 0-2 ya era lo de menos: la presión constante, las ayudas, las paredes, el juego al primer toque… No era por cuánto ganaba el Bayern sino por cómo ganaba.

Con todo perdido, llegó el único movimiento táctico acertado de Q-Man en toda la noche. Su timing para sacar a los jóvenes era perfecto: había dejado que se quemaran las vacas sagradas, demostrando que en estos partidos ya solo pueden aguantar el resultado durante un rato. Dentro los chavales. Si llegaba la goleada, nadie les culparía. Ver a Balde luchando cada balón, dejaba en evidencia a quienes no han querido aceptar que ya no pertenecen a la élite del futbol. Los “nuevos” solo perdieron por 1-0 en el tiempo que estuvieron. Mejoraron a sus mayores. Lástima que al holandés se le borrará la memoria en unos días y en Lisboa volverán los clásicos.

Tiene sus razones: así su Barça bate records. Tercera goleada consecutiva en casa tras el 0-3 con la Juventus y el 1-4 del PSG. Y por primera vez en toda la historia del club en la Champions termina un partido sin tirar a puerta. La única noticia positiva llegaba desde Kiev: empate entre los dos rivales del grupo por eludir la Europa League.  

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