Ganará 22, quizá 23 y por qué no 24. Quedará como el mejor tenista de la historia respaldado por lo inapelable de los números. Pero aceptado ese destino, apetece que llegue lo más tarde posible. Apetece mantener la ensoñación de que la pelea sigue abierta, de que Nadal volverá a por un nuevo Roland Garros y de que Federer querrá despedirse a lo grande en Wimbledon. Por eso yo deseaba su derrota en la final del US Open. Por alargar una esperanza inútil. Y digo inútil porque Djokovic es el mejor. Lo proclamó Medvedev antes de recoger la Copa, tal vez el ruso loco no lo esté tanto. 

Nadie ha jugado tan bonito como Federer (que me perdone McEnroe) y nadie como Rafa ha aportado tanta pasión al juego (que me vuelva a perdonar McEnroe). En el fondo, Djokovic no pudo tener mejores profesores camino de la perfección. La única forma de sobrevivir a los dos gigantes eran encontrar antídotos contra la belleza y la furia. Los halló en la mente y el cuerpo. Cualquier otro se hubiera acomplejado como se acomplejan los niños de ahora. De sus diez primeros partidos contra Federer, Djokovic perdió siete, incluida la final del US Open. De sus diez primeros partidos contra Rafa, Djokovic perdió también siete, incluidas semifinales de Roland Garros y Wimbledon. Por entonces, Djokovic era un jugador inestable, de mala cabeza, sometido anímicamente a la delicadeza de Federer y al poderío de Nadal.

Hasta que se propuso cambiar y cambió. Entre 2011 y 2016, Nole encadenó dos rachas de siete victorias seguidas sobre Rafa, la primera con siete finales ganadas (Indian Wells, Miami, Madrid, Roma, Wimbledon, US Open y Australia). Entre 2014 y 2019, derrotó a Federer en tres finales de Wimbledon. Su cabeza era otra y su cuerpo también. Nadie juega como Djokovic porque nadie entrena como Djokovic y nadie se cuida como él. Su superioridad se basa en la maximización de sus condiciones físicas, de manera que cuando el talento decae se impone el atleta. Así venció a Nadal en las semifinales del pasado Roland Garros. Las esperanzas de sus enemigos se reducen a que reviente algún día. A que supere el límite de velocidad. En lo que va de 2021 ha jugado 50 partidos (44-6) y tal cosa no parece muy recomendable a los 34 años. Tal vez sea la explicación de su derrota ante Medvedev después de una semifinal a cinco sets contra Zverev. Pesan los años.

Pero insisto: cualquier ilusión es vana. En su cabeza pervive la motivación de ser reconocido como el mejor de siempre y no se detendrá hasta tomar suficiente ventaja (22, 23…). Hasta aquí ya es una historia formidable, pero imaginen que Nadal vuelve y que Federer regresa. Supónganlo por un momento. Entonces ya no sería tenis, sería Rocky, entonces ya no estaríamos hablando de la rivalidad más extraordinaria de la historia (nunca hasta ahora habían coincidido los tres mejores de un deporte en el tiempo), sino de algo todavía más grande que sólo admite la objeción de Rod Laver: ¿cuántos títulos hubiera añadido a sus once Grand Slams si no se hubiera perdido 21 grandes entre 1963 y 1968 por ser profesional? Ay.

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