Ninguna conclusión. Sólo la sensación de que Luis Enrique sigue empeñado en ser original. Como si su principal objetivo fuera burlar las previsiones de los periodistas, hacer un equipo de autor, demostrar que él tiene razón aunque no lo parezca. Está bien apostar por los jóvenes, quién puede decir lo contrario, pero nadie debería olvidar, tampoco el seleccionador, que el Mundial se juega dentro de un año, caso de que nos clasifiquemos. Y dentro de un año, Iago Aspas seguirá siendo mejor delantero que Abel Ruiz. Por citar un caso. Quien no esté listo ahora no lo estará entonces.

Los que quieran ilusionarse con el 4-0 a Georgia están en su perfecto derecho, pero no significa nada. Podríamos imaginar media docena de selecciones españolas que lograrían el mismo resultado. Tal vez algunas más. El rival era menor y no tuvo mejor ocurrencia que guarecerse, como si fuera a llover en Badajoz. Además, ya se sabe lo que sucede con los perros flacos y las pulgas. A los cuatro minutos, Gayá abrió el marcador con la ayuda inestimable de un defensa enemigo; meter la pata es esto. Desde ese momento jugamos cuesta abajo.

Tampoco hizo falta esperar mucho para detectar que a día de hoy Marcos Llorente es el jugador más importante del equipo. En términos físicos, es nuestro único futbolista moderno. Suyas fueron las asistencias que propiciaron los siguientes goles, Soler y Ferrán, siempre pases hacia atrás cuando se le terminaba el campo (pronto). Sigo pensando que recluirlo en una banda es restringir a la mitad su capacidad de acción. Llorente debería tener libertad para aparecer en cualquier posición, enfocado su juego en romper líneas y en rematar segundas ocasiones. Sospecho que sigue pesando sobre él una fama incierta de jugador desordenado. El tiempo que se tarde en entender que es un centrocampista será tiempo perdido. Obviamente no es un mediocentro posicional, sino un pulmón (o siete) con capacidad para el despliegue y el repliegue.

Georgia sólo jugó al fútbol cuando se supo perdida y demostró cierto aseo, nada más. Luis Enrique se lo podía permitir todo y se aplicó a la tarea. Retiró a Unai para dar entrada a Robert Sánchez, otra de sus originalidades. Fornals exploró la banda zurda y asistió a Sarabia para el cuarto y definitivo. Nada que reprochar, salvo el futuro. Imaginar que seremos los mismos cuando lluevan piedras resulta cuando menos inquietante. No, no olvidó lo que pasó en la Eurocopa. Aunque a veces pienso que sería bueno olvidarlo.

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