Por más que ser del Real Madrid ayude mucho al respecto, hay que reconocer que no resulta necesario pertenecer a la hinchada blanca para darle un barniz épico y literario al fútbol. De modo que, una vez finalizado el culebrón de Mbappé, los ufanos aficionados del PSG están en su derecho de juguetear con Alejandro Dumas y referirse a su imponente delantera como los tres mosqueteros. Ahora bien, si por falta de lecturas se quedan en el mero apodo superficial, deberán asumir que los rivales podamos vengarnos estirando el chicle alegórico para repartir los papeles como más nos convenga. Así, Neymar sería Athos, soldado fallecido de pura tristeza, encamado tras perder la ilusión —¿acaso no hay melancolía en una carrera tirada a la basura?—, Messi se identificaría con Porthos, que al final de Los tres mosqueteros abandona el servicio y se casa con una viuda riquísima —las ochocientas mil libras de la novela equivaldrían perfectamente al nuevo contrato del argentino—, y a Mbappé le correspondería el papel de Aramis, no en vano al final de la trilogía es el único superviviente al exiliarse en España —ejem—, donde triunfa y consigue ser nombrado Duque de la Alameda —Dumas no especifica el emplazamiento de los álamos, urge que Almeida mande jardineros a Padre Damián—. Por no hablar del resto de posibilidades metafóricas, con Nasser y Leonardo en dura competición por erigirse como el Richelieu de nuestros días o la conversión del propio club, aprovechando la trama del Vizconde de Braguelonne, en el Prisión Saint Germain.

Ya más en serio resulta evidente que estas chanzas apenas constituyen un leve desahogo para el bando derrotado en el pulso del fichaje. Pero son lo único que le queda al madridismo hasta que en los próximos meses se produzca la revancha, ya sea en una mesa de negociación o en el césped, así de caprichosos son los hados. Por otro lado, el caso Mbappé no ha sido el único de este mercado, por más que comprensiblemente atrajese todos los focos. Su compatriota Griezmann ha protagonizado un inesperado retorno al Atlético de Madrid, mucho más improvisado y acelerado que su partida al Barcelona, narrada y filmada en varios actos para “deleite” del respetable. Imagino que el pobre Antoine andará nervioso por el recibimiento de la parroquia rojiblanca, poco dada a las medias tintas. Habida cuenta de su gusto por el canto, si en algún momento ha pasado por su mente la idea de pedir disculpas yo le recomendaría que se presentase en el Metropolitano al son de Perdóname, del Dúo Dinámico. Al fin y al cabo, y sintiéndolo mucho por Sabina, Leiva y toda la hipsterada india que suele definirse como bohemia, Arcusa y De la Calva forman el grupo musical que mejor se identifica con la capacidad de resiliencia los colchoneros: al lado de lo que ha aguantado el Atleti, ríase usted del mérito del junco ese que se doblaba sin romperse. Y en última instancia, si la afición no se convence y la situación torna de nuevo en insostenible, al bueno de Grizzy siempre le quedaría su viejo sueño de vestir de blanco. El Madrid no debería abstenerse a la hora de servirle de refugio. Total, en la sección de baloncesto un francés más no iba ni a notarse.     

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