A veces, en estos viajes literarios, recorriendo rincones  o vastas planicies, por aquí y por allá, de un mundo a otro, de pronto te encuentras algo que te zarandea y que de un solo zarpazo te devuelve a la cruda realidad. Crimen tras la muerte es la historia de un asesino en serie en una pequeña ciudad de provincias y de la caza que intenta llevar a cabo una inusual inspectora de policía llamada Clara Demente, un nombre deliberadamente ambiguo que apunta directamente a la locura, aunque que si lo lees despacio, también habla de la brillantez mental, es decir, que habla de lo mejor y de lo peor, de la luz y la oscuridad.

Desde la primera a la última página, esta novela, en la que apenas hay secundarios, trata sobre Clara en medio de todo lo que la rodea y nos la va mostrando en su soledad, porque ella está sola, completamente sola, viviendo a espaldas del mundo. Clara es alta, delgada y atractiva, pero no le importa, ni quiere serlo. Su única compañía es un basset llamado Clyde, como el gánster, con el que convive en su piso, junto con el alcohol, el tabaco y un satisfyer casero hecho con un cepillo de dientes eléctrico. En ese piso donde llega a perder la conciencia de lo que es y de quién es vive rodeada de fantasmas que únicamente ve ella, porque J. C. Santiago, su autor, no cuenta cómo ha llegado a eso. Clara es una demente en su casa aferrada al alcohol y el tabaco hasta que cae inconsciente, pero en la calle resulta clara de mente, viendo lo que nadie ve, intentando adelantarse a un asesino con sus notas tomadas a mano.

Y tras cada tarde o cada noche de alcohol encerrada en su guarida, al salir a la calle, en bicicleta o caminando, porque no tiene coche, Clara recupera todo su aplomo frente al mundo, con su vestimenta informal y descuidada, y conforme pasan las horas los efectos de la ducha fría matutina van perdiendo su efecto. Clara es una antiheroína obsesionada con un asesino en serie, atípica y asocial, que no tiene un contrapeso ni un compañero que deje entrever una tensión sexual no resuelta o un final de campanas y boda. Clara no tiene nada. Solo es la Demente a la que el psicópata le va dejando un rastro macabro para que lo persiga, en un juego del gato y el ratón en el que los cadáveres son los juguetes.

Y todo esto pasa durante la pandemia, con mascarillas, sanitarios agotados, calles vacías y desiertas y morgues repletas de bolsas de plástico negras con cadáveres de gente que tuvo que morir sola, como vive Clara Demente, bolsas llenas de personas despersonalizadas, esas que han dejado las calles vacías y desiertas. Clara es una metáfora de la pandemia, de lo distintos que somos dentro de casa y fuera, de nuestra parte oscura y de la soledad y de nuestras debilidades, pero también de todo lo que podemos llegar a hacer si un fantasma nos empuja. Aunque solo lo veamos nosotros.

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