Quien dijo (con acento uruguayo o argentino) que un cero a cero equivale a dos bostezos hizo una buena frase pero inexacta. Empatar a cero no siempre es empatar a nada. Hay igualadas sin goles que llenan más que un marcador hipercalórico. Hay buenos partidos vacíos de celebraciones en los que no bostezaría un insomne. Hay flirteos meritorios que se limitan a oler un perfume. El Real Madrid-Villarreal fue de esa clase. Como pudo ganar cualquiera, no ganó nadie. Los eruditos me llevarán la contraria y harán repaso de un sinfín errores técnico-tácticos, primero de uno y luego de otro, explicación científica de la nadería. Este tipo de análisis forenses, muy respetables, son como levantar la tapa de la hamburguesa antes del primer mordisco, o mejor aún, como comentar la fiesta en función de las colillas en el suelo y los vasos rotos. Personalmente, prefiero hacer balance del sabor y la emoción. Y hubo de ambas cosas en suficiente cantidad.

Tan cierto es que el Villarreal pudo sentenciar en la primera mitad como que el Madrid se repuso y fue dueño del último asedio, no queda claro si por superioridad física o mental (no descartemos las opciones combinadas). Hay una expresión boxística fascinante, “rope a dope”, que describe una posición defensiva que consiste, básicamente, en dejarse golpear. Balanceado contra las cuerdas, el boxeador zurrado utiliza la elasticidad de las cuerdas para no comerse toda la energía de los golpes recibidos.

Si ponemos el relato por delante de la realidad (con acento uruguayo o argentino), diremos que el Madrid se echó contra las cuerdas esperando a que el Villarreal se cansara de golpear en balde. Es una posibilidad hermosa, pero remota. El Madrid sufrió como ante el Inter o el Valencia, como parece sufrir ante los equipos de cierto nivel, los que le igualan o superan en el mediocampo. En su descargo hay que reconocer que tras los consiguientes sofocones, el Madrid se rehace, corregido por el entrenador (Camavinga por Rodrygo) e impulsado por una fe inquebrantable.

Quien dijo que el partido perfecto es un 0-0 en el que nadie comete errores se olvidó de los delanteros. Y quizá con razón. Los delanteros perfectos escasean. El duelo terminó sin goles porque nadie llegó más allá del perfume. Danjuma pudo hacerlo. Y Nacho, de no haber sido interceptado por Albiol en una jugada que fue la mitad de un penalti. A esa mínima distancia se quedaron de levantar los brazos.

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