Lo que duele no es la caída de Valverde (ese dolor lo acapara él, su hombro derecho), sino la posibilidad de que no volvamos a disfrutar del que todavía es el mejor ciclista español, uno de los mejores de siempre. No es lo mismo caerse a los 41 que a los 37 (con esa edad se rompió una rodilla en el Tour) y tampoco es lo mismo afrontar una recuperación cuando quedan años de carrera que cuando faltan meses para concluirla. Valverde anunció en junio que tenía previsto seguir una temporada más, pero quién sabe lo que estará pensando ahora. Eso es lo que duele. La posibilidad de que la etapa haya sido inolvidable en el peor de los sentidos.

Valverde se cayó a 45 kilómetros de meta, justo después de haber encendido la mecha de una jornada altamente inflamable. Digo se cayó y ya estoy mintiendo: fue derribado. Por el destino, por el fatum o por las moiras que controlan nuestro devenir en el cosmos. Una irregularidad del asfalto descontroló su trazada en el descenso y Valverde despareció en una curva después de lijarse un costado. Se precipitó por un terraplén y hay que dar gracias de que no fuera un barranco. También hay que agradecer que no se estrellara contra el quitamiedos. Al próximo que insinúe que tuvo suerte, Valverde le debería arrojar un bidón a la cabeza.

La desgracia de Valverde dejó conmocionado al grupo principal. Fue la reacción instintiva que nos lleva a reducir la velocidad en la proximidad de un accidente. De modo que súbitamente se desactivó lo que parecía un movimiento de gran calado, una operación conjunta Movistar-Ineos. Nadie volvió a atacar hasta la última subida. Valverde, además de un semidiós, es un tipo querido. El último toque de genialidad es la sencillez. El mundo está lleno de genios ampulosos y onanistas.

Si el destino (el fatum, las moiras) tuviera un mínimo aprecio a los finales felices (o casi), Carlos Verona debería haber ganado la etapa. Hubiera sido un justo homenaje al compañero caído, un mínimo consuelo para Movistar y para todos aquellos que apreciando viendo en el equipo la herencia de Reynolds o Banesto. No ocurrió. El Movistar arrastra una maldición digna de estudio. Siempre hay algo que se le interpone y cuando no existe se interponen ellos mismos.

Verona hizo lo posible, incluso más, aunque lo hizo demasiado pronto. Las fuerzas que se dejó en las primeras rampas del Balcón de Alicante fueron los segundos que tomó de ventaja el niño Storer (24 años que parecen 15).  

Entre los mejores sólo falló Landa (ahora a 1:42 en la general), hecho que tampoco abrirá los informativos. El resto siguen en un pañuelo, los nueve primeros en el margen de un minuto, todas las espaldas en alto a excepción de una, la que lleva clavada Valverde en una clavícula. Si vuelve, y si además de volver consigue ser de nuevo el Valverde que conocemos, tal vez entonces podamos decir que, en muchos sentidos, fue el más grande.

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