Como cada final de agosto, el sorteo de la Liga de Campeones acude puntual a su cita para tratar de combatir la amargura de los últimos días del verano. La promesa de una sucesión próxima de encuentros emocionantes pretende aliviar la dolorosa vuelta a la rutina; de algún modo, el bombo podría considerarse el antídoto de aquellos traumáticos anuncios de la vuelta al cole, inexplicablemente tolerados por el defensor del menor. Este año, sin embargo, la sucesión de giros argumentales que ofrece la operación Mbappé acapara de manera comprensible todos los focos del mundillo futbolístico. El duelo entre los dos gigantes, uno de ellos respaldado nada menos que por un emirato del golfo Pérsico, opaca cualquier otro tema de conversación, incluyendo las habituales chanzas acerca de las bolas calientes. De modo que, si ni siquiera el tradicional bálsamo puede aspirar a restarle protagonismo al culebrón, resulta inevitable que otras noticias mucho más humildes, como el debut en la máxima competición del Sheriff Tiraspol, pasen a priori completamente desapercibidas.  

La primera vez que oí hablar de Transnistria fue en el libro sobre Eduard Limónov, del escritor francés Emmanuel Carrère. Limónov, personaje indescriptible cuya biografía abarca Moscú, Nueva York, París, los Balcanes y la cárcel, combatió como guerrillero en la guerra civil que pretendía la separación de ese territorio, de influencia rusa, del resto de Moldavia, más próximo cultural y socialmente a Rumanía. La inestabilidad en la región había comenzado con la disolución de la URSS: en el año 90 Transnistria había declarado unilateralmente su independencia, temerosa de acabar fusionada con Rumanía si permanecía integrada en Moldavia para cuando estos dieran el paso de distanciarse de la órbita soviética. No obstante, su proclamación no fue reconocida y, con la posterior independencia de Moldavia en 1991, las tensiones entre moldavos y transnistrios se recrudecieron. El conflicto cesó con un alto el fuego en el 92, sin que el estatus jurídico se haya resuelto desde entonces. Transnistria no es internacionalmente reconocida, pero al mismo tiempo actúa de facto como un Estado independiente, con su propio parlamento, sus propias instituciones, su propia moneda, su propia Constitución, su propia bandera y su propio ejército. En su economía tiene gran importancia el conglomerado empresarial Sheriff, que desarrolla sus negocios en sectores como los grandes almacenes, la construcción, las telecomunicaciones y la distribución alimentaria. Y cuyo orgulloso estandarte, el Sheriff Tiraspol, campeón de la liga moldava en diecinueve ocasiones desde 2001, se enfrentará al Real Madrid en su estreno por todo lo alto en la Champions League.

Quizá, a estas alturas del artículo, el lector lo haya abandonado, hastiado de lecciones de historia, para abalanzarse sobre el móvil y comprobar las novedades del fichaje de Kylian. No lo puedo culpar. Pero conviene recordar que, más allá de la espuma de los fichajes, una parte de la grandeza del fútbol reside en que una fría noche del próximo otoño el equipo de las trece Copas de Europa acudirá, no se sabe si con Mbappé o sin él, a un territorio fantasma, y el momento quedará grabado para siempre en la memoria de miles de aficionados que jamás soñaron con nada similar. Probablemente habrá que perdonar los devaneos de la prensa deportiva, cuyos titulares no descartarán burdos juegos de palabras acerca de la visita de un Sheriff a otro Sheriff. Sin duda un precio barato de pagar para los transnistrios, a cambio de que los focos se centren, siquiera momentáneamente, en ese olvidado rincón.  

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